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Tengo 30 años y vivo con mis padres

Vivir con padres

Una generación completa sigue abrigada en el techo que provee su familia. Con el bolsillo estrecho para alquilar dónde vivir, y sin posibilidad alguna de comprar vivienda, acumulan frustraciones y limitantes. Quienes logran independizarse lo hacen por contar con espacios heredadados, sueldos en dólares o luego de emigrar. Mientras tanto, las familias aumentan bajo las mismas cuatro paredes

El Mundial de fútbol de Brasil 2014 coincidió con la licenciatura en Psicología de César Aramís Contreras. Luego de ver a Alemania conseguir el título, se reunió con sus panas y, parafraseando al poeta Thomas Lynch, veían el futuro con la misma nostalgia con la que los viejos miran el pasado. Alguien preguntó: “¿Dónde se imaginan viendo la final de Rusia 2018?” César respondió que en su propia casa.

Pero el año 2017 llegó y él –que trabajaba a Datanálisis y daba clases en la Universidad Católica Andrés Bello– no veía cerca las posibilidades de independizarse viviendo en un país en el que el salario mínimo, al cambio paralelo, era equivalente a menos de diez dólares por mes. A sus 25 años, César soñaba con ir a conciertos y comprar novedades literarias, pero la realidad era que aportaba buena parte de sus ingresos para que en el hogar familiar pudieran completar las comidas. “Para nuestra generación, la que creció con el chavismo, solo pareciera haber dos caminos. El primero es migrar. Y la verdad es que, en los primeros momentos tras hacerlo, tienes que depender de alguien: sea porque le pides asilo, o que te mantienen. Pero sí, hay una opción más real de independizarte pronto: puedes conseguir un trabajo y pagar un alquiler. El otro camino es conseguir un trabajo en el que cobres en divisas o conseguir un muy buen cargo en una muy buena empresa. Y a gente de nuestra edad no siempre le pasa eso”, dice el psicólogo que habla, vaya sorpresa, sentado en la sala del apartamento que desde hace semanas alquila junto a un roommate. Su vida dio un giro: consiguió un muy buen trabajo y pasó de vivir en el hogar de sus abuelos –junto a ellos, su madre, su tía y sus dos primos– en el oeste de Caracas a vivir en un apartamento en el este de la misma ciudad.

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“Hay un fenómeno global que es la extensión de la adolescencia o de la adultez joven, un periodo en el que los chamos aún dependen de sus padres. Pero en el mundo pasa por razones distintas: porque no pueden conseguir trabajos lo suficientemente competitivos, o porque tienen que pasar más tiempo estudiando para lograr un cargo importante. En Venezuela está sucediendo al revés, ya que, por la misma migración masiva, vemos mucha gente joven obteniendo cargos muy importantes y si no lucrativos al menos sí atractivos desde el punto de vista laboral; pero aun así eso no les permite independizarse”, comenta.

El fenómeno se mezcla con un rasgo cultural. Una especie de tribalismo familiar que hace que independizarse sea visto como una traición. Así, aun antes de la crisis, había adultos de 30 años viviendo con sus padres que no salían de la casa sino era directo al matrimonio. El psicólogo explica que “a partir de los 23 años ya empiezas a estructurarte de una forma distinta a la que lo haces en tu casa. Pero no puedes irte. Entonces, hay una sensación de frustración y de estancamiento muy grande”, ilustra.

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Coromoto Mago se imaginó viviendo en su propia vivienda después de graduarse de su primera carrera (tiene tres: Administración, Letras y Educación), a eso de los 23 años. Pero a sus 38 sigue viviendo con sus papás y sus dos hermanas. “Mi familia es muy unida. Siempre han tenido la tradición, sobre todo con las hembras, de que hay que salir de la casa casada. Había que pasar de ser hija a ser esposa. Y yo no me identificaba con eso. Pero también hay un asunto de comodidad: estando en familia se comparten gastos, no eres tú solo el que paga todo”, cuenta.

Los jóvenes padecen la imposibilidad económica de mudarse. Y trabajan para cubrir los gastos de una casa en la que no son jefes de familia pero en la que adquieren responsabilidades –comprar comida, pagar los servicios– de un jefe de familia. Tienen responsabilidades de adultos pero deben vivir con las normas que aún les imponen sus padres.

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“Es una generación que está cansada antes de tiempo, que termina no creyendo que el trabajo y el esfuerzo es remunerado de forma positiva”, detalla César Contreras. La socióloga Orianna Robles Trujillo apunta que también hay alta frustración al no obtener retribuciones. Ella tiene 24 años y enumera los problemas familiares que también se enfrentan en ese rango de edad. “Muchos padres hacen buylling y comparaciones del tipo: yo a tu edad hacía tal cosa. También en la mayoría de los casos vas a tener que seguir adaptándote a sus normas así tengas más de 30 años. Lo cual es desagradable, porque ya eres un adulto pero no terminas de serlo plenamente porque no tienes tu propio espacio”, desliza.

El dinero como muro

En Caracas el alquiler de una habitación ronda los diez dólares pagados al cambio paralelo. Esa no es una opción apetecible para Coromoto. “Me gustaría un anexo o algo independiente. Porque para estar metida en una habitación de una familia que no sea la mía, me quedo en mi casa. Pero un anexo puede costar lo que yo gano en un mes. Mi idea es buscar más trabajo o un trabajo que me pague en dólares”, confiesa. Y todo suena más fácil de lo que es. Cada vez tiene más trabajo, menos tiempo de ocio e independizarse sigue siendo una montaña empinada.

“Yo lo estoy pidiendo a gritos, más o menos, desde los 25 años”, responde Rafael Díaz cuando se le pregunta si no siente la necesidad de tener un espacio propio. Tiene entradas en la cabeza, canas, una espalda encorvada y la mirada impotente. A sus 31 años sigue viviendo con su mamá. “Tengo un apartamento a mi disposición en Santa Mónica, que está alquilado, pero los inquilinos no terminan de irse. A mí el dinero no me alcanza para pagar una habitación, comida, servicios, comprarme ropa”. El inmueble al que se refiere lo legó su abuelo materno al fallecer. Entre negociaciones y pleitos legales, los arrendatarios deberían desalojar en diciembre de 2017.

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De conseguir mudarse, Díaz será un privilegiado, especialmente porque no tendrá que pagar renta. Alquilar un inmueble puede oscilar entre 30 y 100 dólares dependiendo de la zona, el tamaño, etc. Algunos en zonas más exclusivas pueden escalar hasta los 500 verdes. Los costos se cancelan a veces en bolívares al cambio del dólar paralelo, montos de espanto, o en mónada extranjera. Rafael no puede costearse eso pero, con sus ingresos como entrenador de fútbol, cree que podría mantener un hogar con hijo incluido.

Admite que con su madre siempre ha estado cómodo. Con ella vive disfrutando de mimos: le cocinan, le limpian y le lavan la ropa. Él quiere ser papá, pero lo tratan como a un adolescente. “A mí mamá lo que le interesa es que yo le dé el dinero de la comida y que pague los servicios que me tocan. Pero no hay conflictos, porque yo vengo aquí es a dormir, yo paso todo el día en la calle”.

“Diría que la situación es inmanejable porque no tenemos mercado primario de viviendas. Las nuevas no existen. El sector privado no está construyendo ni el público. Al no haber mercado las condiciones las fijan los propietarios y ese mercado se ha agotado por la falta de demanda”, explica Carlos Alberto González, presidente de la Cámara Inmobiliaria de Venezuela, en El Interés.

En resumen: casi nadie compra viviendas nuevas y pocos pueden adquirir una usada. Estas últimas son vendidas en un 20 o 30% menos de su valor. Abunda la oferta pero escasea la demanda. “En un mercado sin liquidez ni profundidad, inundado por la oferta y sin opciones de financiamiento, el capital familiar y ahorro de toda una vida representado en una propiedad inmobiliaria también rueda por el suelo”, puntualiza el análisis de Omar Lugo.

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Pero el dinero no solo complica la residencia como espacio vital. También como necesidad animal. “Ahorita es costosa una habitación de hotel. Si quieres intimar con tu pareja, o con quien te dé la gana, la opción más viable es ir a casa de tus padres, lo que no parece muy sexy ni romántico. Y en caso de que se dé, la experiencia no va a ser tan plena como si estuvieras en tu propio espacio. Entonces tienes una generación con problemas para encontrar satisfacción sexual”, apunta Orianna Robles.

El plan B

Hay otro camino: migrar. Pero cada vez se hace más cuesta arriba. Usualmente, los jóvenes que se van lo hacen amparados por el dinero que acumularon sus familiares. La cosa se complica si, por ejemplo, alguien pretende vender sus activos para usar ese capital como respaldo en su migración. Con la caída en los precios de inmuebles y vehículos, producto de la contracción del mercado, no luce tan rentable. Aun así, hay quienes se van literalmente con “una mano adelante y otra atrás”, en autobús, en colas, con precariedad. Una inversión y un sacrificio.

Stevens Manzanilla quería vivir solo desde los 13 años. Creyó que ya a sus 25 eso sería posible. Tuvo una adolescencia difícil: más de una vez se fue de casa por decisión propia y en alguna ocasión lo echaron. A él le gustaba la rumba. Para confrontar su maña de llegar de madrugada, su mamá cerraba la puerta y dejaba la llave pegada después de cierta hora. Stevens se acostumbró a dormir en el pasillo del edificio: arrimado, en una esquina, tal como se sentía en un apartamento que no terminaba de ser suyo y del que no podía irse.

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“A los 28 tuve mi única hija y ya tenía una relación de casi 10 años con mi novia. Cuando ella quedó embarazada, nos casamos. No pudimos lograr una vivienda propia. Es una experiencia bastante dura, frustrante”, relata Manzanilla, que hoy tiene 34 años y una sonrisa irónica: “La vida me castigó con este montón de años sin poder independizarme”.

Es chef, ha trabajado en cruceros y restaurantes caros: sabe lo que es tener dinero en el bolsillo. Pero no el suficiente para comprar un inmueble; después de todo, siempre ganó en bolívares. Por eso se fue a Colombia junto a su esposa e hija, pues allí vivía desde hace un tiempo su hermano mayor. Montó un local de comida pero, entre que no le fue bien y que su esposa extrañó el Gloria al Bravo Pueblo, retornó con sus féminas al hogar materno. Pero, tras unos meses en Venezuela padeciendo una crisis galopante, volvió a Cúcuta y consiguió un trabajo con el que planea pagarse un boleto a Lima, Perú, donde quiere montar un negocio. Su esposa y su hija siguen en Venezuela esperando migrar a ese destino final. El chamo que nunca pudo independizarse en su país ahora es padre de una familia separada que vive en dos naciones. Es el precio de crecer en la Venezuela chavista.

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