Y llegamos a la semana del 10...
El 10 de enero se fijó en el imaginario colectivo como el día de las definiciones. Ya estamos en la semana que se supone marcará el cambio político, con mensajes cruzados, temores y elevadas expectativas
El 10 de enero se fijó en el imaginario colectivo como el día de las definiciones. Ya estamos en la semana que se supone marcará el cambio político, con mensajes cruzados, temores y elevadas expectativas

Así que hemos llegado a la semana definitiva. A la más reciente última frontera. A la semana de los que gritan, de los desmadres en redes sociales, de los que mienten. A la semana de quienes amenazan con o sin poder, al momento estelar de lojanalistas que se sienten obligados a formular conclusiones esperanzadoras y de los otros que niegan lo que todos sabemos. Es el tiempo del desenfreno de los rumores y las paranoias. La hora de los adivinadores, de los numerólogos, de quienes quieren aferrarse a lo que “dicen” los astros sobre el futuro del país porque nada está claro.
¿De verdad nada está claro? ¿Cuántas veces hemos pasado por esto?
Con el 10 de enero a la vuelta de la esquina y con Edmundo González acumulando millas y arriesgándose a una gripe desde el calor del verano austral a la nevada de este lunes en Washington, todo se agita. Todos quieren saber, muchos dicen que saben y se refuerza entre la gente cercana esa combinación de esperanza que sostiene el convencimiento de que “tiene que pasar algo” y al mismo tiempo de miedo, porque si lo piensas en frío o si te cruzas una alcabala de funcionarios encapuchados con armas que parecen soñadas en Star Wars, caerás en cuenta de que los cambios y los procesos políticos no son cosa de fe y oraciones. Ni de palabras bonitas susurradas como si te hablaran al oído.
Eso puede que ayude, pero la vida real pega duro.
Estos serán días de reforzar esas ilusiones o del desengaño, allá cada quien con su “fe”.
También es momento de andar atentos. Estaremos –estamos ya- en medio de mensajes cruzados donde lo que menos importa es la verdad. Fantasmas de las redes, anónimos de oficio e irresponsables con nombre y apellido dicen esto y aquello buscando atemorizar, manipular, simular. Y será peor. Entre el frenesí de Miami-Madrid y los mandones que siempre saben sacar provecho a todo para cercar, controlar y amedrentar, será una semana difícil. O un mes. Quién sabe.
¿Y qué hacemos? Unos te dicen –con insistencia por sus redes- que cuentan contigo y es lógico que lo hagan: han estado ahí echándole bolas, sacrificando mucho. Otros te dicen que “tienes” que salir a la calle a riesgo de todo, te retan, que luego no te quejes… y lo hacen generalmente desde la distancia que, cómoda o no, es distancia al fin: allá no llegan las balas ni las imputaciones por “terrorismo”. Y los que tienen la manija del poder te advierten que ni lo intentes, que ya sabes cuál es la receta para estas ocasiones, que los únicos que tienen derecho a las calles son ellos.
No hay aquí una respuesta única ni obligatoria al qué hacemos. Lo que sí puede ensayarse es un consejo: decide con cabeza fría, confirma las informaciones, contrasta, busca fuentes confiables, no creas en fantasmas, no andes “pagando” por ahí. En fin, no seas conejo, mira que aunque todavía nos estamos dando el «feliz año», todos los diablos andan sueltos.