“Godzilla Minus Zero”: el mito japonés en todo su esplendor y también con todas sus fallas
“Godzilla Minus Zero” es una espectacular reinvención de la longeva saga japonesa que, a pesar de sus esfuerzos, no termina por igualar la complejidad de la original de 2023. Con todo, la cinta logra explorar la idea del trauma bélico y el miedo al futuro, sin olvidar a sus enormes bestias fantásticas
“Godzilla Minus Zero” (2026) comienza con una premisa levemente tenebrosa: el tiempo no cura las heridas de la violencia. Han transcurrido dos años después de los eventos que relató su predecesora de 2023, por lo que analiza el trauma como una forma de belleza. El paisaje del Japón devastado es el de una pesadilla de colores desaturados, que deja la sensación a su paso de que el mundo se recupera con esfuerzo de un cataclismo que no comprende del todo.
De la misma manera que la saga de la que procede, la película no olvida que es una metáfora sobre los horrores de la guerra, resumidos y contenidos en la idea de un monstruo terrorífico, aunque mucho más fácil de manejar que la derrota territorial y cultural que sufrió el pueblo japonés durante la Segunda Guerra Mundial.
En especial, porque la cinta, que vuelve a dirigir Takashi Yamazaki, intenta que esa sensación de tragedia apenas superada marque el ritmo de lo que es sin duda, una monster movie cuidadosamente planeada.
De hecho, la verdadera dimensión de “Godzilla Minus Zero” se comprende cuando se observa el lugar que ocupa el pasado en la vida de sus protagonistas. Ambientada en 1949, el argumento encuentra a Japón intentando reconstruir territorio, conciencia y sentido patriótico. Kōichi Shikishima (Ryunosuke Kamiki) y Noriko (Yuki Yamada) han conseguido formar una familia junto a Akiko (Sae Nagatani), la niña que han adoptado.
Su hogar representa una posibilidad de futuro en medio de un país que continúa recuperándose de las consecuencias de la guerra y de la devastación provocada por Godzilla. Esa pequeña estabilidad adquiere una importancia considerable porque permite que la película establezca aquello que está en peligro antes de devolver a sus personajes al centro de una pesadilla. Más interesante todavía: mostrar hasta qué punto “Godzilla Minus Zero” está consciente del hecho de que toda la franquicia del colosal titán analiza temas mucho más sutiles y complejos, que solo la batalla contra un monstruo a escala colosal.
Al otro extremo, Kenji Noda (Hidetaka Yoshioka), responsable de vencer a Godzilla años antes, ocupa ahora un puesto destacado en la estructura gubernamental encargada de responder ante catástrofes extraordinarias. Por lo que es a través de él que la cinta sigue el punto central de su premisa: una criatura gigantesca ha arrasado Matsumoto y amenaza con extender la destrucción. De modo que junto con un equipo de choque, comienza a considerar una alternativa tan peligrosa como desesperada: recuperar a Godzilla y convertir a ambos monstruos en enemigos.
“Godzilla Minus Zero” dobla la apuesta de la anterior y deja claro su ambición. Un riesgo que asume desde un espectáculo visual ambicioso y algunos traspiés de guion.
«Godzilla Minus Zero», más grande, más rara
A partir de ese giro, “Godzilla Minus Zero” deja claro que su intención es imitar la fórmula de “Godzilla Minus One”, pero llevada al límite del espectáculo y el necesario equilibrio con el drama. Todo el guion exagerado, tenebroso y sin duda más retorcido que el de la original (ambos escritos por el director), tiene más interés en mostrar el horror que en explorar el espectáculo. Pero no lo logra siempre y de hecho, el vaivén entre las veces en que falla en hacerlo termina por ser la mayor debilidad en la producción.
En sus mejores escenas, tiene como principal virtud conservar el equilibrio entre las diferentes partes del relato: tanto el drama como la monster movie en estado puro se sostienen en un relato complejo que amplía el universo de la saga.
Sin embargo, en los peores, la película es un desorden de escenas que van desde la vida familiar de los aterrorizados ciudadanos que huyen de las criaturas de veinte metros de altura a las interminables batallas cuerpo a cuerpo de las bestias. No hay un nexo común entre ambas y buena parte de la cinta naufraga cuando intenta combinar la idea de que, mientras los titanes intentan vencerse el uno al otro, la vida humana depende de su capacidad para lidiar con un hecho superior que le excede y que no puede controlar.
Por supuesto, la metáfora entre la condición de la guerra como contexto total que arrasa con víctimas inocentes es obvia. Y aunque fue la misma línea argumental de 2023, la secuela no logra que sea ni tan interesante ni original.
Antes que eso, “Godzilla Minus Zero” es incapaz de unir todo su mensaje en algo coherente. Por lo que la gran sensación en la primera hora, es que el director quiere dejar claro que el ser humano debe sobrevivir a un caos extraordinario por la mera esperanza de hacerlo.
Paso a paso, la llegada de monstruos cada vez más peligrosos (y la anunciada batalla entre ellos), se convierte en una amenaza que no lleva a ninguna parte, más que a la obvia conclusión. Habrá un cataclismo que sacudirá el mundo y del que solo podrán sobrevivir los que asuman que el mundo es cruel, complicado y duro por necesidad. Y aunque es una vuelta de hoja a las habituales películas en las que el desastre lo es todo y las víctimas humanas solo parte del contexto, lo cierto es que “Godzilla Minus Zero” no logra que ese interesante concepto sea algo más que un escenario que se insinúa sin profundizarse.
Lo realmente importante para la película son, cómo no, sus criaturas y su capacidad para matarse a dentelladas la una a la otra.
Pesadilla en la ciudad
“Godzilla Minus Zero” es una experiencia física que curiosamente parece desprovista de verdadera emoción. Eso a pesar de que Yamazaki abre la película mostrando a varios científicos mientras intentan escapar del desastre ocurrido en Matsumoto. La decisión mantiene al espectador cerca de quienes están viviendo la catástrofe y transforma el espacio urbano en un escenario donde cualquier decisión puede resultar fatal.
Esta elección resulta especialmente efectiva porque evita presentar a las criaturas como simples figuras destinadas a protagonizar imágenes espectaculares. En realidad, toda la película insiste en el hecho de que las criaturas son enormes posibilidades de dolor y de desastres, equiparables a terremotos, huracanes y conflictos bélicos. Pero, a pesar de sus esfuerzos por mostrar los edificios destruidos, las personas atrapadas y el desconcierto de quienes intentan sobrevivir, “Godzilla Minus Zero” falla porque no logra reflexionar realmente en el sentido del horror.
Antes que eso, el argumento enfoca buena parte de su energía en dejar claro que las bestias son el centro motor del relato, aparezcan o no aparezcan en pantalla.
Toda película de Godzilla es tan buena como la atención que presta a cualquiera de sus personajes de menos de veinte metros. Y aunque “Godzilla Minus Zero” lo hace, se basa demasiado en insistir en la diferencia entre la dimensión de los seres gigantescos y la fragilidad de quienes intentan detenerlos. Más allá de eso, dice poco sobre el drama humano que intenta que sea el centro de su premisa, mientras la cámara apunta a sus bestias con un interés total. Una decepción considerable, luego que Takashi Yamazaki demostró hace tres años que una película de monstruos podía ser también sobre la condición humana.
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