Opinión

¿Se repetirá con María Corina Machado la historia de Juan Guaidó?

María Corina Machado enfrenta un escenario político complejo que, a primera vista, podría parecer un eco del vivido por Juan Guaidó en 2019. Sin embargo, existen diferencias sustanciales entre ambos casos que podrían determinar un desenlace distinto para quien ha sido bautizada como “la dama de hierro”

maría corina
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María Corina Machado no está detenida, pero su libertad de movimiento sí está severamente restringida. Tras las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, en las que bajo su liderazgo la oposición recopiló actas que demostrarían la victoria de Edmundo González Urrutia frente a Nicolás Maduro, la principal referente de la oposición ha debido operar desde la clandestinidad.

El gobierno ha intensificado la represión en contra de sus seguidores, arrestando a coordinadores regionales de Vente; su equipo de mayor confianza debió refugiarse en la embajada de Argentina y finalmente salió hacia Estados Unidos, y aunque a ella no se le ha silenciado por completo, su capacidad de acción política dentro de Venezuela está limitada.

La presencia física de María Corina en las calles, símbolo del primer semestre de 2024, en manifestaciones y actividades públicas, ha sido reemplazada por una estrategia de comunicación internacional durante el último año que, sorprendentemente, el gobierno no ha podido o no ha querido bloquear del todo.

Machado mantiene contacto fluido con periodistas, líderes políticos y actores internacionales, especialmente en Estados Unidos. En sus intervenciones en medios de prensa y como invitada por distintos influencers y formadores de opinión ha enfatizado una línea de cuestionar no sólo la legitimidad del gobierno de Maduro sino de denunciar las actividades económicas ilícitas que a su juicio caracterizan a quienes detentan el poder en Venezuela.

Sin embargo, su aislamiento dentro de Venezuela plantea preguntas sobre si el chavismo logrará neutralizarla políticamente, como ocurrió con Juan Guaidó.

La comparación con Guaidó, quien en 2019 fue reconocido por más de 60 países como presidente interino de Venezuela, parece inevitable y ha sido explotada por voceros oficiosos del chavismo, pero las circunstancias de ambos son notablemente distintas.

La principal diferencia radica en la legitimidad electoral de Machado, primero en unas primarias y luego en las elecciones de 2024. Este respaldo popular, verificado por la oposición y reconocido por varios gobiernos internacionales, contrasta con la legitimidad de Guaidó, que emanó de su rol como presidente de la Asamblea Nacional y de una interpretación legal sobre lo que se definió como un vacío de poder legítimo en Venezuela tras las cuestionadas elecciones de 2018, que gran parte de Occidente no consideró válidas.

Otra diferencia significativa es la construcción del liderazgo de Machado. A diferencia de Guaidó, cuya ascensión fue impulsada en gran medida por el apoyo externo, particularmente de Estados Unidos, Machado ha cultivado un movimiento de base, desde abajo hacia arriba, que conectó con sectores populares y derribó barreras sociales y regionales.

Su campaña en 2024, aunque no pudo ser la candidata, fue un fenómeno político catalogado como “la campaña admirable”. Recorrió el país y encabezó a la sociedad con deseo de cambio a través del voto, algo que Guaidó no logró en la misma dimensión e impacto.

Además, Machado cuenta con una trayectoria política más sólida y consistente. Mientras que Guaidó, un político joven y poco conocido antes de 2019, asumió un rol para el que no estaba preparado y cometió errores como la falta de independencia y la mala gestión de recursos, María Corina ha sido cuestionada por muchas decisiones suyas, pero a lo largo del tiempo – por más de dos décadas- ha demostrado ser persistente e indoblegable.

Machado demostró capacidad de liderazgo y de conexión emocional con los venezolanos. Sin embargo, luego del 28J se le demanda una estrategia que no dependa de un actor externo y que mantenga viva la apuesta del cambio, en un escenario político diametralmente distinto a lo que fue la experiencia en la primera mitad de 2024, donde pese a obstáculos y amenazas ella podía moverse por el país.

¿Podrá el chavismo acabar con su imagen e influencia política?

El gobierno ha intentado, hasta ahora sin éxito total, neutralizar simbólicamente a Machado. Su inhabilitación para participar en las elecciones de 2024 fue un golpe significativo, pero no logró apagar su influencia. El gobierno ha recurrido a tácticas como el acoso, la represión de su entorno y, según lo que pudo verse en enero de 2025, un confuso intento de secuestro.

Sin embargo, destruir la imagen pública de Machado sigue siendo un desafío para el poder actual. Su liderazgo está anclado en una legitimidad popular que trasciende las élites políticas y que se reforzó con el proceso electoral de 2024. Lo cual la diferencia completamente de Guaidó, que sencillamente se desinfló al no contar con el espacio de la Asamblea Nacional.

En el caso de Machado, el gobierno no ha podido silenciar su voz ni perjudicar su imagen pública, pero un año después del 28J, MCM ha sido debilitada por la propia permanencia de Maduro en el poder, lo cual representa una derrota simbólica y fáctica para ella.

Sin embargo, también desde el imaginario sociopolítico, María Corina Machado sigue siendo un símbolo de resistencia y esperanza entre no pocos venezolanos, y esto explica la estrategia gubernamental que busca desacreditarla.

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