Antes del viernes 23 de enero de 2026, Michael Penfold era conocido por el gran público como un prestigioso académico y analista político. Su decisión de integrar la Comisión para la Convivencia y la Paz, designada por la presidenta encargada Delcy Rodríguez, ha generado una oleada de críticas, muchas de ellas virulentas. Sencillamente se le descalifica y se sostiene, sin prueba alguna, que forma parte de una componenda “normalizadora” del actual status quo.
No es la primera vez en el país que un intelectual o académico acepta participar en instancias promovidas por el chavismo, pero el contexto actual —tras la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses el 3 de enero y la asunción de Rodríguez como presidenta interina— ha intensificado las reacciones. En X, comentarios negativos abundan: se le tacha de «normalizador», de prestarse a un diálogo desbalanceado o de priorizar intereses sectoriales sobre principios democráticos.
Algunos lo vinculan incluso a figuras opositoras, en particular se le relaciona con Henrique Capriles, sugiriendo que su presencia responde más a cuotas políticas que a un compromiso puramente ciudadano y prodemocracia, como el propio Penfold sostuvo en un hilo en X sobre su decisión de participar de esta iniciativa de Miraflores.
Esta avalancha de críticas merece una reflexión serena. Es comprensible el escepticismo: Venezuela lleva décadas sumida en una crisis que a veces se asemeja al perro que da vueltas y vueltas, tratando de morderse su propia cola. Muchos ciudadanos, especialmente aquellos que han sufrido directamente las consecuencias del autoritarismo, ven con desconfianza cualquier iniciativa que involucre diálogo con sectores del oficialismo.
Esta nueva comisión, presentada en una fecha nacional emblemática como el 23 de enero, tiene una composición que incluye voces cercanas al chavismo y figuras independientes, pero sin una representación amplia de la oposición y con descalificaciones indirectas para el sector que representa María Corina Machado, la principal figura opositora en este momento. Es una iniciativa que de entrada luce asimétrica, si lo que quiere es buscarse diálogo y encuentro.
El madurismo sin Maduro
En este contexto, es necesario preguntarse: ¿por qué Penfold concentra gran parte del malestar? ¿Acaso él es el responsable principal de la permanencia de un «madurismo sin Maduro»? La respuesta parece apuntar a un fenómeno de desplazamiento emocional y político. Muchos opositores han tenido que «tragar grueso», como se dice popularmente, ante realidades incómodas que desafían narrativas y expectativas previas al 3 de enero.
Ha sido este primer mes de 2026 intenso en emociones, esperanzas y anhelos políticos para una gran parte de la población. La intervención estadounidense, que culminó con la captura de Maduro y su traslado a Nueva York para enfrentar cargos por narcotráfico, fue celebrada inicialmente por amplios sectores opositores como un golpe definitivo contra la deriva autoritaria de los últimos años.
Sin embargo, el respaldo explícito del presidente Donald Trump a Delcy Rodríguez como mandataria interina ha generado desconcierto, incluso estupor, en especial entre quienes esperaban que desde la Casa Blanca se entronizara a Machado, una vez Maduro no estuviese al mando. Por el contrario, Trump ha elogiado repetidamente a Rodríguez.
En conversaciones telefónicas descritas como «excelentes» y «cordiales», el mandatario estadounidense la ha calificado de «persona estupenda» y «terrific person», destacando avances en la estabilización del país y la cooperación en temas como el petróleo. Estas declaraciones responden a una lógica pragmática en Washington: Rodríguez es vista como una tecnócrata más moderada que Maduro, abierta a facilitar el acceso a las vastas reservas petroleras venezolanas y dispuesta a reformas económicas alineadas con los intereses de Estados Unidos.
Penfold como pararrayos
Aquí radica el núcleo del malestar desplazado. Trump, como decisor clave en el panorama actual, ha optado por una apuesta impensada, entenderse y lograr cooperación con elementos del chavismo en el poder, priorizando estabilidad y beneficios económicos sobre una ruptura inmediata y total con el statu quo construido en torno a Maduro.
Esta realidad, inesperada en verdad, ha frustrado expectativas de una oposición que soñaba con un cambio radical respaldado por EEUU.
No obstante, criticar abiertamente a Trump resulta incómodo para muchos opositores venezolanos. Durante años (si sumamos el primer período de Trump), la administración estadounidense fue vista como aliada en la presión contra Maduro: sanciones, recompensas por captura y reconocimiento de liderazgos alternos.
Cuestionar ahora al presidente Trump equivaldría a acusarlo de sostener una dictadura, de priorizar intereses geopolíticos y económicos sobre principios democráticos. Sería reconocer que la «solución» externa no alineó con las aspiraciones internas de una transición plena hacia la democracia.
En este escenario, Penfold se convierte en un chivo expiatorio conveniente. Como académico sin poder ejecutivo real —a diferencia de Trump, quien sí tiene la capacidad de influir en el destino venezolano—, es más fácil dirigir hacia él la frustración acumulada.
Sus manos no deciden si el gobierno de Rodríguez se extiende indefinidamente; las de Trump, sí. Sencillamente, Penfold no controla las palancas del poder militar ni económico que mantienen el statu quo. Ha decidido interactuar con éste ciertamente, pero cualquier consultor político estaría tentado de hacerlo, porque en el fondo son personas que intentan hacerle ver a quienes sí tienen poder, otros puntos de vista o acciones que quizá no están en la mesa de las decisiones.
Nada de esto implica absolver a Penfold de responsabilidad. Participar en comisiones como esta conlleva riesgos: puede diluirse en gestos simbólicos o servir de fachada para una normalización que postergue las reformas democráticas que la mayoría de la sociedad demanda. Pero en todo caso, se le debería juzgar a futuro, no descargar sobre él la frustración actual de que la transición democrática soñada, impulsada por un centro de poder externo, sencillamente tomó otro curso.
El anatema contra Penfold revela más sobre nuestra polarización que sobre él mismo. En Venezuela, hemos interiorizado el conflicto como identidad: cualquier puente tiende a ser visto como traición. Mientras en las redes se drena ira contra un académico -bastante respetable y riguroso, por cierto-, el poder real avanza en direcciones que no siempre coinciden con nuestras expectativas democráticas.