«Mami, no te duermas, vigílame. Cuídame», eso le repite Martín, un niño de cinco años, a su mamá cada noche luego del bombardeo de Estados Unidos en Venezuela. Él es vecino de La Boyera, la zona donde impactaron algunos misiles la madrugada del 3 de enero, y escuchó todas las explosiones muy cerca.
«Él se despertó escuchando el sonido de los aviones y luego sonó la primera explosión. Ahora se despierta sobresaltado tres o cuatro veces durante la noche a decirme lo mismo, que no me vaya, que no cierre los ojos», dice Emiliana, su mamá, quien comenta que también escuchó cómo se rompieron los vidrios de sus ventanas.
La noche del miércoles, Emiliana bajó a apagar las luces del porche de su casa, pero antes Martín la detuvo:
—Mami, tengo miedo.
—¿Por qué tienes miedo?
—Porque siento que alguien se va a meter en nuestra casa. Quiero que estemos todos juntos.
Lo que le ocurre a Martín le pasa a otros niños y niñas. El testimonio de padres, madres y representantes corre por grupos de WhatsApp: «Están nerviosos». «Cualquier ruido los alerta». «No sé cómo responder sus preguntas». «No pueden dormir bien». «No sabemos si mandarlos al colegio o no».
Para entender cómo brindar contención en estas circunstancias, El Estímulo conversó con Ariana Prieto, psicóloga especializada en adolescentes y adultos. Esto es lo que hay que entender y sus recomendaciones.
El ataque: ¿qué efectos pueden generar en los niños las bombas?
«Lo primero es la confusión. No terminan de entender qué pasa, dependiendo también de la edad. Muchos pueden confundirlos con fuegos artificiales porque son más pequeños. Entonces, hay que entender si tiene asociados los fuegos artificiales con la celebración, entendiendo que esto es algo que no se puede celebrar, y los padres no lo pueden explicar».
Otros de los efectos que Ariana Prieto menciona son los nervios «porque no hay una respuesta positiva ante eso. Sus padres o representantes están angustiados o confundidos». También la ansiedad y los cambios de estados de ánimo. «Se pueden retraer más, quedarse en silencio». Y lo más frecuente, la dificultad para dormir: «Cuando duermes, estás más indefenso, ir a dormir puede significar que te pueda pasar cualquier cosa».
A esto también se pueden asociar procesos de regresión: «Se empiezan a orinar en la cama, pueden dormir nuevamente con los padres, se les dificulta hablar. Se vuelven un poco más infantiles en ese sentido».
¿Por qué a los niños y niñas les afecta de forma distinta?
Ariana explica que los efectos y reacciones están asociados a cómo ellos entienden el mundo y el conflicto: «Como son más pequeños, tienen menos información y exposición (…) «.
«Uno trata de darle sentido a las cosas que pasan de acuerdo a la información y la experiencia que hemos vivido. Como son más pequeños, han estado menos expuestos a lo que son explosiones, batallas, cosas así más de conflicto, más allá de lo visto por comiquitas que, posiblemente, lo terminen asociando», explica.
«Si en comiquitas veo que hay luchas y hay alguien que sale herido, alguien que se destruye algo, alguien que gana, entonces lo van entendiendo desde esa perspectiva», detalla.
¿Cómo responder preguntas difíciles sin mentir, pero sin aumentar el miedo?
Lo principal es eso: hablar con claridad y sin mentir. Ariana explica: «Hay que preguntarles qué es lo que ellos entienden, por qué dicen eso. A partir de ahí, uno no puede suponer qué es lo que ellos están diciendo. A pesar de que uno dice: «Bueno, claro, tiene miedo a morirse». No, hay que entender qué es lo que quieren decir con eso y a partir de ahí comenzar a explicar».
¿Cómo se explica? De acuerdo a las edades.
—Hay que decirles: «No, no nos vamos a morir mañana. Estamos en un lugar seguro. Las fuerzas de seguridad ya están haciendo algo. Esto fue algo puntual. Hay que mostrarles que en ese lugar están bien. Todo gradualmente. Tampoco hay que exponerlos a: «Mira, lo que pasó fue que hubo muertos». Esos detalles, más violentos, lo menos posible. Pero lo clave es entender a qué se refiere el niño para poder explicar.
Trabajar el miedo nocturno o la dificultad para dormir
Tratar el miedo nocturno puede ser un proceso progresivo y el acompañamiento también empieza por las preguntas. «Hay que preguntarle qué le gustaría, si necesita algo (…) si son muy pequeños, pues acompañarlo a dormir un ratico en la noche y luego informarles. Mira, después de tanto estés tú dormidito, todo seguro, yo me voy a ir».
Otras opciones son dejar la luz encendida y buscar métodos que les ayuden a ellos a no sentirse solos.
Algo clave es hacer que el proceso de ir a dormir sea más recreativo: «Pueden tener un momento donde ellos puedan jugar, puedan leerles un libro, puedan conversar; algo que les ayude a bajar estos nervios y sentir que la casa y el cuarto son un lugar seguro».
Repetirles, en caso de sentirse mal o tener pesadillas: «Puedes venir, puedes llamarme, no estás solo acá».
¿Qué hacer cuando los cuidadores o los padres y madres están desbordados emocionalmente también?
Lo principal sería buscar un espacio para estar solo: «Eso ayuda para tranquilizar un poco y procesar qué está pasando».
—Darte cinco minutos la oportunidad de llorar, si quieres. De gritarle a la almohada para expresar esas emociones que tienes porque contenerlas va a hacer que sea más difícil poder darle contención al otro; porque uno no sabe qué es lo que siente. Darte la oportunidad de identificar qué es lo que sientes, por qué lo sientes, hacerte esas preguntas. Lo importante es buscar un plan de acción, no quedarse en la emoción.
Algunas opciones: conversar con alguna otra persona si está disponible. Buscar otros estímulos, como escuchar música, por ejemplo. Reconocer qué te hace sentir y así buscar la contención.
«Debe ser alguna actividad que te ayude a sentirte conectada con el ahora para que puedas ir dándote este empuje donde dice: ‘Okey, puedo continuar'».
¿Hay algo que los adultos hacen intuitivamente que pueda ser positivo para los niños y niñas en este contexto?
«La búsqueda de compañía. Eso es algo que se está haciendo, que no se están quedando cada uno con lo que está viviendo. Buscas identificar quién está cerca tuyo, que esté pasando por lo mismo, y sea como un apoyo. Una persona que te pueda acompañar y puedas compartir para no sentir que te está pasando solo a ti. Esa red de apoyo es fundamental y es algo que veo que se está utilizando mucho», explica Ariana Prieto.
¿Qué puede hacer un papá o una mamá que piensa que no lo está «haciendo bien» en este contexto?
La psicóloga es clara: «Lo principal es entender que no hay una forma correcta de hacer las cosas. Decir si lo estás haciendo bien o lo estás haciendo mal es desde el juicio y eso hará que sea más complicado poder sobrellevarlo».
Lo ideal es evaluar qué hacer con la información y las herramientas disponibles: «A partir de esa percepción, de esa actitud, los niños entienden que sus padres son humanos también».
Una clave sería no tener miedo a admitir los nervios de la situación: «Ellos pueden pensar si mi papá está nervioso, pero puede manejar la situación, es que yo también puedo estar seguro acá. Claro, regulando un poco qué tanto expresa las emociones».
Acompañamiento psicológico gratuito
La organización Cecodap ofrece canales de atención psicológica para niños, niñas y adolescentes. En este contexto, también están brindando apoyo. Estas son las vías de contacto que ofrecen para ellos: