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Daniel Santos: los 100 años del inquieto anacobero

Daniel Santos fue un cantante de largo kilometraje, de voz inconfundible y de maneras polémicas. Putañero, vehemente y de ideas políticas revolucionarias, cambió el curso de la canción latinoamericana. Murió el 27 de noviembre de 1992 y Venezuela, que siempre lo tomó como ídolo, no advirtió su muerte por otro intento de golpe de estado que enlutaba aún más las calles. A un siglo de su nacimiento, Clímax lo recuerda

Daniel Santos: los 100 años del inquieto anacobero

El añorado sueño americano existe. No es ficción cinematográfica ni novela de fértil escritor. Y si Daniel Santos viviera, estaría cumpliendo un siglo de existencia, daría fe de que ese sueño comenzó en el país que tanto adversó políticamente.

Su vida estuvo signada por la pobreza y la marginalidad extrema, que empezó en su Santurce natal para luego conquistar riquezas y especialmente fama en todo el continente latinoamericano a punta de golpes físicos, morales y espirituales. Este cantante de particular voz chillona y estilo inconfundible e inimitable. Fue un eterno luchador por la independencia de Borinquen. Nombre con el que se conoce también a Puerto Rico.

El gran público, la masa que lo adoraba y adora por sus cientos de miles de grabaciones, lo conoce más como cantante que como fértil compositor especialmente de temas político. Patriota en defensa del pueblo puertorriqueño, además fue voz de los despechos y amores intensos, acompañados de alguna botella en una cantina de mala muerte —ambiente que conoció y vivió toda la vida, por gusto, por costumbre y por origen que bordó una vida inquietante de anacobero empedernido.

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En 1946, al comenzar el programa de radio Bodas de Plata Partagás, en la RHC Cadena Azul de La Habana, Luis Villarder siempre lo presentaba: “Con ustedes Daniel Santos y el tema ‘Anacobero’». Un día el cantante se presentó bailando y vestido de Tin Tan, el perturbado locutor se equivocó y dijo: «Con ustedes el Anacobero Daniel Santos». Y así quedó. Lo de inquieto fue añadido posteriormente dada su agitada y desordenada vida de mujeriego, buscapleitos y bebedor. Anacobero en lengua ñáñigo —dialecto cubano— significa diablillo y por extensión bohemio. El apodo le quedó como anillo al dedo.

El anacobero en Venezuela

Las estancias de Daniel Santos en Venezuela servirían para hacer libros y películas. En su momento, Salvador Garmendia escribió una novela para el teatro musical llamada: El inquieto anacobero. La primera vez que Santos pisó tierra venezolana en 1947 llegó a un prostíbulo de nombre La casa de la gata, ubicado en Catia. Allí se alojó como si estuviera en un confortable hotel, hacía los shows y presentaciones y regresaba al burdel —lógico tenía a su disposición a todas las trabajadoras del lugar. En otra de sus visitas fue acusado de violar a la hija de una de sus amantes venezolanas. Entre las muchas esposas que tuvo de todo el continente, una era criolla.

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Fue protagonistas de escándalos, cárceles, demandas de contratos, incumplimientos de pago, borracheras y drogas tanto en Venezuela como en los numerosos países que le tocó vivir y de donde lo botaron por las más disímiles razones. Durante una de sus instancias en Caracas, le dio varias entrevistas a Héctor Mujica, quien las publicó con el título: Conversaciones con Daniel Santos. Editorial Cejota. 1982.

Por razones políticas salió de Venezuela en 1958 ya que lo tildaban de comunista. Intentó cientos de veces regresar por querer a este público y los innumerables amigos que tenía. Fue una misión casi imposible. Mientras tanto su fama subía como la espuma. Tenía poder de aglutinar al gran público. Se convirtió en un ídolo de las clases populares e ícono de la cultura latinoamericana. Los discos de este inquieto cantante subían en ventas de manera impresionante.

Después de demandas, intrigas, palancas, órdenes y contraórdenes, visas negadas, solicitudes de residencia, pudo entrar al país en abril de 1966 pero con un permiso de tan solo 48 horas. Gracias al recordado intérprete del “Pájaro Chogüi”, Néstor Zavarce, como presidente de Avade, logró que le extendieran el tiempo de permanencia por un mes. Lo aprovechó al máximo con presentaciones en radio, cabarets de moda, shows en clubes privados y grabaciones en televisión —lo que aumentó su fama y dio mucho dinero para los empresarios y su disipada vida. Regresó a Venezuela cientos de veces y hasta se quedó a vivir por larguísimas temporadas.

Puerto Rico y el siglo de su nacimiento

El 5 de febrero se cumplirán 100 años del nacimiento de “El Jefe” como también se le conoce a Daniel Santos. El mote tuvo su origen en uno de los barrios más peligrosos de Medellín hace muchísimos años.

Josean Ramos, periodista y escritor, quien fuera jefe de prensa de Daniel, presentará la nueva edición del libro Vengo a decirle adiós a los muchachos. Es una interesante investigación con documentación que ha recopilado desde hace 25 años, cuando apareció por primera vez. Ramos explica que ahora se incluye otro libro titulado Recuerdos, memorias y otras nostalgias de Daniel Santos. Es unaextensa crónica con información valiosísima y desconocida. “Contiene un álbum de unas 200 fotos, muchas de ellas inéditas, un cancionero patriótico con 20 temas de muchos otros que conseguí inéditos, y también unos manuscritos de Daniel Santos en sus últimos años. Cada vez que él podía se metía a una cantina y escribía partes de unas memorias que yo recopile aquí. Esta es otra investigación, en la que trabajé intensamente desde febrero del año pasado. La primera edición constaba de 198 páginas y esta tiene 480 páginas”, detalló el autor en elnuevodia.com y añadió que descubrió los documentos en unas cajas donde el cantante guardaba sus papeles personales, hasta que falleció el 27 de noviembre de 1992 en su finca de Ocala, Florida, Estados Unidos.

El inquieto pica y se extiende

La impresionante producción de Daniel Santos, tanto como compositor de las letras de su lucha independentista, las alegre bullanguerías, así como el particularísimo estilo de cantar y actuar, porque era todo un actor al interpretar sus canciones, han dado pie para que intelectuales, escritores, periodistas, sociólogos y melómanos hayan dedicado cientos de horas y páginas para intelectualizar su obra.

Por ejemplo el escritor puertorriqueño Luis Rafael Sánchez escribió La importancia de llamarse Daniel Santos (1988),obra compleja para la enseñanza de la literatura hispanocaribeña. A partir de Puerto Rico, este intelectual recorre los lugares del continente donde Daniel Santos llegó a ser un referente latino aclamado por las masas. El mito del cantante es el punto que logra una identidad hispano-panamericana que logra unir geografías variadas y dispersas del idioma español.

Esta obra es una fabulación que se divide en tres partes y la despedida. La recia figura de Daniel Santos que circula por una Latinoamérica sin fronteras donde lo principal es el rescate de la cultura popular en un texto abierto y de fácil comprensión. También está el cantante de boleros y guarachas solapado con el personaje que fue a la guerra y regresó para ser el más fuerte y combativo defensor de la lucha independentista de su querido Puerto Rico.

Tanto Oscar Yanes, en su obra Del Trocadero al Pasapoga, como Salvador Garmendia, en El inquieto anacobero, se refieren a un fragmento de la vida de Daniel Santos cuando en una alta madrugada se dispuso a escribir la letra de “Virgen de la Coromoto, sálvame al Diamante Negro”. Es un ruego desesperado porque al diestro le habían dado una puñalada y estaba en peligro de muerte, lo que causó conmoción entre la población taurina caraqueña.

La diferencia es la ubicación de ese momento. Mientras Oscar Yanes lo escenifica en el hotel Ávila con las negritas de carnaval bailando al ritmo de la Sonora Matancera y tratándose de levantar a Daniel Santos, lo que no era nada difícil de conseguir, Salvador Garmendia lo ubica en un cabaret de dudosa reputación llamado El Tíbiri, después de haber actuado en el legendario Sans Souci.

A un siglo de su nacimiento la leyenda se agiganta y los recuerdos nostálgicos harán sacar una lágrima a más de uno, al abrigo de una botella para semejarse al anacobero más inquieto que ha dado estas tierras americanas.