“Michael”, retrato descafeinado de un hombre complejo
“Michael”, de Antoine Fuqua, tenía la doble misión de profundizar en la vida del Rey del Pop y a la vez, mostrar su innegable legado. Y solo logra una de esas cosas, en mitad de una historia llena de clichés y espectaculares números musicales
“Michael” (2026) de Antoine Fuqua es un biopic que aspira a lo imposible: reducir una figura como Michael Jackson a poco más de dos horas. Una proeza que intenta desde dos puntos de vista muy claros. Por un lado, explorando en el drama (y en varios momentos, más melodrama que otra cosa), y por el otro, ejecutando una cuidadosa recreación de la carrera del ídolo sobre el escenario.
El resultado es un viaje musical, exagerado, barroco, cursi por momentos, pero indudablemente emocionante, que no tiene intención de analizar a la figura del cantante como hombre, sino su trascendencia como astro.
Que es válido, pero también incompleto. Mucho más, porque a medida que el Michael de Jaafar Jackson emerge como superpresencia total, la cinta hace todo el intento de evitar cualquier terreno espinoso. De los Jackson 5 al hombre que cambió MTV para siempre, al bailarín prodigioso que sorprendió al mundo entero con sus innovaciones, es más una recopilación de éxitos que una exploración de quién era el hombre detrás de semejantes logros. Y parte de sus fallos residen en esa incapacidad de construir una idea compleja acerca de una figura que el guion pinta por momentos como un santo y también como un héroe trágico.
Claro está, era previsible una perspectiva semejante, siendo que la familia Jackson es la que financia y produce el proyecto.
No obstante, teniendo eso en cuenta, la película sorprende por lo tímida que es, lo absurda en algunas decisiones para mostrar la vida tumultuosa del artista. “Michael” es más cercana a “Back to Black” (2024) y su visión ridícula de Amy Winehouse que a la apoteosis de talento, brillo y entusiasmo de “Rocketman” (2019)” o de “Better Man” (2024). Buena parte del metraje es una puesta en escena sofisticada que disfrutarán los fanáticos, pero no quienes buscan una historia más elaborada.
Visualmente espectacular, con poco que decir
Pese a que es evidente que el director toma el guion de John Logan y lo convierte en un espectáculo exclusivamente para los fanáticos de hueso rojo de Jackson, la cinta no se estrella por completo gracias a su habilidad para conmover. Claro está, hay momentos donde avanza con piloto automático, siguiendo el manual clásico del biopic musical. Pero en otros, logra asomarse a algo más incómodo: la intimidad rota de una familia convertida en maquinaria de éxito.
Buena parte de los grandes momentos de “Michael” rozan la capacidad de la trama para indagar qué ocurrió para que un niño extraordinario se convirtiera en una estrella torturada. Y cuando no se inclina por el melodrama barato, el resultado vale la pena como testimonio de un legado más grande que la vida.
Para eso, la historia va al origen, en Gary, Indiana, donde el joven Michael (Juliano Valdi) crece bajo la vigilancia constante de su padre, Joe (Colman Domingo). Este último, no es exactamente un villano de caricatura, pero tampoco alguien fácil de mirar sin incomodidad. Pero la narración evita cuidadosamente que el patriarca familiar (que Domingo imagina irritante, imponente y peligroso) sea un obstáculo a vencer. Antes que eso, el hombre capaz de erigir un imperio con el talento de sus hijos, es un obsesionado con la disciplina y el triunfo.
Menos matizada y más confusa en su papel como constante apoyo es Katherine (Nia Long), madre afectuosa, que observa ese régimen casi militar con una mezcla de resignación y preocupación. La dinámica es tensa y la película lo sabe: cada escena familiar tiene una energía densa y complicada, como si algo pudiera romperse en cualquier momento.
No obstante, el director no está interesado en explorar qué provocó semejante presión en Michael, todavía un diamante en bruto esperando la oportunidad de ser tallado a obra y voluntad. Todo lo ocurrido en la familia parece más el requisito inevitable de mencionar la brutal infancia del cantante y satisfacer la memoria popular al respecto.
De modo que el ascenso de los Jackson 5 ocurre rápido, casi como un montaje comprimido de sacrificios y recompensas. “Michael” se llena entonces de ensayos interminables, correcciones duras y presentaciones que pasan de pequeños escenarios a espacios cada vez más grandes. Pero no hay la menor intención de profundizar en todo ese proceso, sino que es un eslabón en una cadena de hechos que conducen al núcleo central del argumento: la mudanza a Los Ángeles, puerta al triunfo definitivo y el punto de quiebre en la vida de los Jackson como familia.
El precio de ser todos y nadie
A medida que Michael crece, ahora interpretado por Jaafar Jackson, la película cambia de tono sin hacer demasiado ruido y uno de sus puntos altos es, justamente, integrar esa evolución a la idea visual de Michael adulto. Pero de nuevo, “Michael” falla al no conseguir que todo el acento que que el director pone en lo visual, se traduzca en una experiencia narrativa compleja.
Va sumando ítems a su lista de hechos conocidos sobre Jackson: el control de Joe sigue presente, incluso cuando el artista ya es una figura global. Por otro lado, la idea de independencia se vuelve casi abstracta, un concepto que Michael persigue sin llegar a definirlo del todo.
“Michael” pierde la oportunidad de ser algo más que una colección de puestas en escenas precisas sobre una carrera musical ciertamente histórica. De hecho, por extraño que parezca, Michael Jackson (interpretado en una actuación sobresaliente por Jaafar) parece empequeñecido por su propio mito elaborado para ser una especie de idealización total sobre un hombre que creció y murió frente a las cámaras, además de mucho más complejo que solo una hábil estrella pop.
Lo que provoca que los eventos icónicos aparezcan como postales cuidadosamente reconstruidas. El rodaje de “Thriller” tiene ese aire de ritual pop que todos esperan y Fuqua no arriesga absolutamente nada para mostrar la puesta en escena. Más adelante, el accidente durante el comercial de Pepsi se transforma en un recordatorio brutal de que el espectáculo también puede devorar a sus propias estrellas. Estos momentos están bien ejecutados, pero también se sienten ligeramente encapsulados, como vitrinas de museo más que experiencias completamente integradas al relato.
En realidad, buena parte de “Michael” es una colección de set pieces que bien podrían haber sido parte de una película homenaje sin pretensiones de ficción. Por lo que se echa de menos mayor riesgo, alguna mácula en la figura de Jackson, cada vez más grande, más puro, más inalcanzable a la naturaleza humana. Por supuesto, la película es un gran homenaje para fanáticos y a eso se atiene al final. Pero se lamenta que solo sea eso y no la historia densa, compleja y fascinante que de vez en cuando se deja entrever entre las costuras del férreo control de la historia para ser pura alabanza.
Era un fan de Michael Jackson, pero no uno cualquiera: Jaafar es su sobrino, hijo de Jermaine y de Alejandra Genevieve Oaziaza, nacida en Bogotá, Colombia. Durante dos años trabajó duro para lograr la luminosa versión de su tío en "Michael", que se estrena en Venezuela hoy 22 de abril
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