Frozen 2 y las princesas que no se enamoran de inmediato

Se estrena la secuela de la taquillera historia de Elsa, Frozen 2. El debate sobre la representación de la feminidad se enciende de nuevo, incluyendo las referencias a la sexualidad y los conservadurismos

En algún momento de los últimos veinte años, las princesas Disney pasaron de ser estereotipos acartonados a verdaderos símbolos femeninos con una considerable importancia dentro de la cultura pop. De hecho, la percepción sobre la mujer que denota y reflexiona los arquetipos que sostienen al grupo de personajes, tiene una directa relación con la ya clásica idea del monomito, que sugiere que todas las historias han sido contadas de una u otra forma y que nuestro amor por algunas surge del reconocimiento inevitable de su valor como parte del imaginario colectivo. De modo que las princesas Disney ya no son trivializaciones sobre la figura femenina —que lo fueron, en algún punto de su evolución— sino reflexiones sobre los diferentes estadios de la mujer como metáfora.

¿Parece una idea excesiva para un producto popular? No lo es tanto, si asumimos que las mitologías modernas tienen una relación directa con la forma de narrar historias que surgen de hábitos intelectuales más antiguos. Mientras Luke Skywalker recorre la galaxia para encarnar el ciclo del héroe y Batman se convierte en el enésimo antihéroe de una larga línea de personajes atormentados por dolores y tragedias personales —que incluye desde a Hércules hasta Edipo— , las princesas Disney encarnan las lentas transformaciones de lo femenino a medida que la simbología asociada a cada una de ellas crece, evoluciona y crea algo nuevo.

En el libro Tinker Belles and Evils Queens: The Walt Disney company from de inside out (2000), Sean Griffin teoriza sobre el hecho que el colectivo gay siempre se ha identificado con las premisas Disney

Quizás por ese motivo, Frozen (Jennifer Lee y Chris Buck, 2013) resultó paradigmática. No sólo porque se convirtió en un símbolo de una nueva forma de contar historias dentro del estudio, sino por el hecho de mostrar de forma original a su heroína. Elsa de Arendelle, reina por derecho propio, traumatizada por un poder inexplicable y en la búsqueda de su identidad, tuvo el privilegio de comenzar una lenta revolución que permitió que las princesas Disney se liberaran de la carga de un motivo romántico y tradicional para sostenerse.

Un año antes, Merida en Brave (Brenda Chapman y Mark Andrews) lo intentó sin demasiado éxito: la historia de la princesa rebelde que sólo quería ser libre en medio de imposiciones dinásticas no llenó las expectativas ni llegó a ser un éxito de taquilla y crítica.

Pero Frozen se convirtió no sólo en un inmediato suceso de boletería y público, sino también en un mensaje a la industria: el poder de las heroínas. Hasta entonces, resultaba impensable que una de las clásicas princesas Disney pudiera sostener una historia sin un interés romántico de por medio y, sobre todo, sin coincidir con el canon habitual en cómo el estudio suele mostrar a los personajes.

Frozen 2

Para su regreso, Frozen 2 no sólo elabora una idea más profunda sobre la capacidad de Elsa para descubrirse a sí misma, sino sobre la percepción del poder secreto —misterioso y aún por definir— que le sostiene como Reina y también, como una singular heroína de poderes inexplicables. Porque Elsa de Arendelle es quizás la primera princesa Disney cercana a la noción del héroe tal y como se concibe en la actualidad.

Luego de ser coronada Reina y abrazar su poder en toda su magnitud, la regente de este reino pequeño, cabeza de familia y también una mujer en busca de la individualidad, regresa en una aventura en la que tampoco el amor romántico es el centro o el motivo de todas las acciones, sino la evolución espiritual y la extraña capacidad de la narración para elaborar metáforas complejas sobre Elsa, los lazos que le unen al pasado y a su familia pero sobre todo la singular capacidad para cuestionar el origen del miedo, la fragilidad y al final la fuerza en su interior.

¿Necesita Elsa una orientación sexual? ¿Por qué una mujer no puede ser simplemente soltera sin que se insista en cuestionar su sexualidad o su modo de vida?

La búsqueda de la sombra de la Reina Blanca

En 1977, Star Wars de George Lucas mostró al mundo la que quizás es el símbolo femenino más poderoso de una generación: Leia Organa no necesitaba una contraparte masculina para enfrentar a un villano enmascarado y conocido por su crueldad ni tampoco, una historia romántica para sostener una historia compleja. Y aunque tuvo ambas cosas a medida que la trilogía de la space opera más famosa de la historia el cine se volvió un icono popular, la princesa de Alderaan jamás fue una mujer en desgracia, un personaje frágil o uno que necesitara sostener su fortaleza sobre la base de una historia tradicional.

Además, Leia fue uno de los primeros personajes femeninos de la cultura pop en batallar con su Sombra, esa figura junguiana que asume la oscuridad antagonista como una expresión secreta de la personalidad colectiva y los hilos que le unen con algo más íntimo. Leia Organa también era un personaje poliédrico, con dolores, terrores y la posibilidad de la caída en la oscuridad. Y fue esa tridimensionalidad lo que heredó a las mujeres que vendrían después de ella en imaginaria pop.

Froze 2 es una película de Disney y además del trasfondo metafórico hay muchísimas risas y predecibles conexiones emocionales entre los personajes

Darth Vader, en mitad de la batalla por la voluntad y el poder de Luke, recordó que Leía también era poderosa, una jedi que aún no había conocido la magnitud de sus poderes, en el tercer acto de Return of the Jedi (1983). “Quizás ella le tiente la oscuridad”, murmura el clásico villano dejando claro que la Princesa, hermana y también metáfora del lado luminoso de la fuerza, debía lidiar con las sombras en su interior.

Con Elsa ocurre algo semejante y Frozen 2 reflexiona sobre la posibilidad de la oscuridad del personaje, y le brinda la oportunidad de llevar a cabo un doloroso, lento y al final extraordinario camino del héroe en busca del origen de sus poderes.

Para Elsa, de la misma manera que para Leia, la posibilidad de la luz y la oscuridad en su interior es muy cierta. Mientras Leia se esforzaba por comprender la forma como La Fuerza actuaba en su vida y le unía a Luke e incluso a Vader, Elsa lucha contra un tipo de capacidad que no sólo la hace distinta a su querida hermana Anna sino que la lleva al límite del dolor y el miedo, en muchas formas y maneras distintas.

Frozen 2

Cuando se aventura hacia lo desconocido en busca de su origen, se enlaza con una idea más antigua que ella misma y encuentra la redención, Elsa no sólo se eleva por encima de las ideas sobre el bien y el mal típicas en historias semejantes a la suya, sino que se convierte en un icono sobre el recorrido hacia un tipo de poder personal más duro de comprender y sobrellevar.

Por supuesto, Frozen 2 también es una película de Disney y además del trasfondo metafórico hay muchísimas risas y predecibles conexiones emocionales entre los personajes. Pero incluso en lo trivial, la historia continúa siendo poderosa, significativa y fresca: la relación entre Anna y Elsa madura, a medida que la menor de las hermanas deberá lidiar con una relación romántica realista, llena de altos y bajos.

El cambio de ritmo con respecto a las historias sobre princesas y sus corazones rotos es notorio y es evidente que Disney encontró el tono justo para construir un discurso realista, amable y profundo sobre las mujeres, a la vez que continúa analizando el entorno de sus heroínas favoritas, su poder y su trascendencia.

Elsa de Arendelle tuvo el privilegio de comenzar una lenta revolución que permitió que las princesas Disney se liberaran de la carga de un motivo romántico y tradicional para sostenerse

Si con Frozen, el estudio logró crear mujeres adultas lidiando con todo tipo de conflictos adultos —que podría extrapolarse a todo tipo de ideas sobre la identidad sexual, personal y espiritual— en su secuela, la historia de las hermanas que encuentran un punto en común para lidiar con sus pequeños y grandes conflictos consigue una forma nueva de asumir la idea de la feminidad hasta crear una percepción de la mujer con poder en busca de su propia historia.

El castillo, la Reina solitaria y los pequeños espacios silenciosos

A Disney le llevó varias décadas crear una historia donde la protagonista no necesitara un hombre a su lado para demostrar su inteligencia, voluntad y fuerza. La personalidad atípica de Elsa, además, despertó y promovió un nuevo debate sobre la identidad de las mujeres en la cultura pop y lo hizo a través de la versión del símbolo con multiplicidad de análisis sobre su individualidad como algo más que un atributo casual.

Durante los últimos años, las redes sociales han debatido la posibilidad que esta Elsa fuera también el símbolo de minorías, algo que ubica al personaje en el centro de una singular discusión por completo nueva para personajes Disney. Un cuestionamiento que abarca todo tipo de implicaciones y preguntas más allá de lo simbólico que pudiera resultar que una princesa de Disney tuviera una orientación sexual distinta a la que insiste una cultura tradicional. Porque Elsa, que huye de un pueblo que le teme y la señala por los poderes que la hacen única, representa una serie de posibilidades interesantes que llevan al personaje a una dimensión por completo nueva.

Las princesas Disney ya no son trivializaciones sobre la figura femenina —que lo fueron, en algún punto de su evolución— sino reflexiones sobre los diferentes estadios de la mujer como metáfora

No es un asunto sencillo: después de todo Frozen (uno de los mayores fenómenos de taquilla de Disney desde hace décadas) es en sí mismo un replanteamiento sobre la libertad y la necesidad de liberarse de ataduras físicas y emocionales. Desde la archiconocida canción «Let it go, let it go» hasta ser el primer cuento de hadas en donde nadie tiene un especial interés en comer perdices y darse una visita al altar, la película es una oda para demostrar que hay un renovado reconocimiento de la mujer que puede triunfar sola.

¿Necesita Elsa una orientación sexual? Esa parece ser la pregunta que se hace la campaña que insiste en que el personaje no sólo debe tenerla sino además, que sea notorio y rompa el inevitable paradigma de la princesa heterosexual. No obstante, la respuesta es otra interrogante simple: ¿Por qué Elsa —lo que representa— debe limitar la concepción de la mujer a una única visión? ¿Por qué una mujer no puede ser simplemente soltera sin que se insista en cuestionar su sexualidad o su modo de vida?.

Guiños, temores y metalenguaje en el mundo de la fantasía

Planteamientos ideales y filósofos aparte, Disney parece lidiar de nuevo con que sus productos reflejen de manera fidedigna las obsesiones y temores de la época. No se trata de una disyuntiva reciente para la compañía. Desde su fundación, la casa ha resumido —para bien o para mal— las pulsiones de las distintas décadas que le ha tocado representar casi por carambola.

En el libro Tinker Belles and Evils Queens: The Walt Disney company from de inside out (2000), Sean Griffin teoriza sobre el hecho que el colectivo gay siempre se ha identificado con las premisas Disney, a pesar que la compañía se ha cuidado muy bien de afirmar o negar la especie. Aun así, durante los años treinta se insistió en que el ratón Mickey era una apología a la vida gay y que incluso las fascinantes villanas teatrales y dramáticas eran sin un duda una mirada al universo Drag Queen.

Lo cierto es que la obsesión cultural con los símbolos y arquetipos que maneja Disney trascienden épocas y fronteras. Como si los productos cinematográficos de la compañía dieran cabida a toda una visión sobre el hombre y la mujer tan primitiva como esencial.

Y quizá por ese motivo, la gran explosión de asociaciones e interpretaciones alternativas sobre el mensaje subyacente en la cinematografía Disney comenzó a ser muy obvio en la llamada segunda Edad Dorada de la compañía, que comenzó a principios de los años noventa y alcanza el milenio. Este evidente revival de la empresa tuvo un gran figura central: Howard Ashman, dramaturgo abiertamente gay y responsable de cientos de guiños a la comunidad LGBT en todas las obras en las que participó —como por ejemplo haber dotado al personaje de Úrsula en La Sirenita de un parecido más que evidente con el travesti Divine— .

Pero la cosa no acaba allí: luego de la muerte de Ashman (falleció de SIDA, algo que Disney jamás ocultó) los supuestos guiños a la sexodiversidad se multiplicaron: desde el supuesto travestismo del genio de Aladdin hasta la conocida canción «Hakuna Matata» (Vive y deja vivir), que más de un medio especializado ha insistido se trata de toda una declaración de intenciones sobre la sexualidad y la naturaleza de la relación entre Timón y Pumba.

Sin embargo, el punto álgido de la polémica sobre los mensajes que Disney envió —o no— en sus películas fue que el animador Andreas Deja, una de las leyendas de la compañía, reconociera sin tapujos que su homosexualidad había influido en los personajes que diseña y anima. «Hace años, Oprah Winfrey vino a mi oficina y se fue directa a una escultura que tenemos de Scar», recuerda el dibujante en una entrevista que concedió al periódico The Advocate Frontiers. «Me preguntó: ‘¿Tú le has animado? ¿Y es gay? Todos mis amigos dicen que lo es’. No sabía cómo responderle, porque había gente de Disney delante, y dije: ‘Podrías pensarlo, porque es muy teatral, le encanta ser malo…’”. Y añade: «Creo que, al celebrar la excentricidad, hay algo en los villanos que apela a los fans gays».

Frozen 2

Elsa no es el primer personaje a quien se le atribuye directamente algún tipo de orientación sexual. Ya en 2013, el New Yorker sacó del closet a los personajes de Plaza Sésamo, Epi y Blas (Beto y Enrique, en su versión castellana) como una polémica portada que aún se recuerda por ser el antes y un después en la manera como se comprende el género y la sexualidad en los productos dedicados al público infantil.

Más adelante, en la taquillera Cómo entrenar a tu dragón 2 su director, el abiertamente homosexual Dean Deblois, dotó a uno de sus personajes de una orientación sexual que no se molestó en ocultar y que además remató con una frase para el recuerdo: «Esto es por lo que nunca me casé. Bueno, y por otra razón…».

La pregunta que surge de inmediato es que si toda esta nueva naturalización de la orientación sexual desde el producto infantil tendrá como consecuencia que la industria reaccione en consecuencia.

La respuesta parece ser no.

En medio de la polémica sobre la sexualidad de Elsa, Jennifer Lee, co-directora de Frozen, respondió sobre el asunto en una entrevista muy ambigua que concedió al periódico The Big Issue hace un par de años. La directora no sólo intentó evadir el tema sino que además, se negó aclarar el tema dejando más preguntas que respuestas. «Sabemos lo que hicimos. Pero al mismo tiempo creo que una vez que lanzamos la película, pertenece al mundo, así que prefiero no decir nada y dejar a los fans que hablen ellos. Será lo que ellos quieran que sea».

Además de todos los temas éticos, morales y el análisis filosófico sobre la trascendencia de un personaje Disney, la empresa no está lista para enfrentarse a su público más conservador. Más de una vez, Disney ha tenido pruebas de lo que podría suceder de no actuar con mano izquierda ante presiones culturales ultra conservadoras: Hace unos cuantos años, cuando la compañía ofreció derechos y garantías a las parejas gay bajo su nómina, la derecha cristiana comenzó un boicot que se extendió por meses y afectó ventas y productividad. La reacción volvió a producirse cuando se permitieron las bodas gays en los parques Disney.

¿Se arriesgará Disney a perder su influencia, impacto y poder dentro de una industria cada vez más competitiva y dura? ¿Podría asumir el costo de crear un nuevo símbolo a costa de todo un Imperio comercial basado en complacer a una cultura tradicional?

De nuevo, la respuesta a cualquiera de esos cuestionamientos parece ser no: Lo más probable es que Elsa siga reinando sola por unas cuantas décadas más.