La fuente y la fe: el agüita de José Gregorio que todos quieren llevar a casa
En la plaza de La Candelaria, la fe corre como agua entre las manos. Junto a la estatua del primer santo venezolano, devotos de todas las edades cuentan sus experiencias. Así es como el "agua milagrosa" une a desconocidos
Antes de que las manos mojadas lleguen a la parte trasera del cuello, a la frente, a los hombros, las muñecas o la cara, la mirada devota queda sostenida frente a la imagen inmensa de José Gregorio Hernández, el primer santo de Venezuela.
Desde que se habilitó la fuente donde reposa su estatua, frente a la iglesia Nuestra Señora de La Candelaria, los comportamientos son los mismos: unos cierran los ojos, oran y hunden las manos en el agua que todavía parece limpia. Otros la observan, sonríen y después de mojarse las manos, se persignan y siguen su camino. Hay quienes lanzan miradas de renuencia, con pena de acercarse a echarse su agüita y mostrar públicamente su fe.
Escondido tras los pocos árboles que hay en el lugar, alguno lanza una foto de lejos y dice: «Hay que mostrársela a Ana, que no pudo vivir este momento».
Madre e hija mojando sus manos en la fuente. Foto: Daniel Hernández.
Lo cierto es que todos caben en esa plaza: el que está sano y el que no. El que camina y el que se mueve en silla de ruedas. El que nació hace 15 días y está en brazos de su madre, y el que acaba de salir del colegio y lo buscó su abuela.
Ahí se congregan, frente a una fuente de la que no sale agua bendita per se, pero que casi todos consideran que es «milagrosa». Josué Cabarcas resguarda la fuente desde su inauguración y vio la transformación de la plaza en primera persona. «Hace tres meses comenzó esto», dice con orgullo porque es devoto del doctor José Gregorio. «Él me salvó. Yo tuve un accidente en moto, quedé mal, quedé para estar en silla de ruedas y durante la operación, que estaba entre dormido y despierto con la anestesia, yo lo vi. Tenía su sombrero. Me salvó y ahora yo lo cuido a él».
A sus 25 años, Josué nunca había visto a tanta gente moverse por la fe, pero le tocó. Cree que más de 1.000 personas se han acercado. No lo sabe con exactitud, pero en su celular tiene registro fotográfico que le permite hacer estimaciones: «Es para la minuta que lleva el jefe».
Hasta el martes 21 de octubre por la tarde, muchos todavía llenaban sus botellas de plástico para llevarlas a casa. Foto: Daniel Hernández.
La fe se presenta de distintas formas. Hay quienes la consideran una energía interna, algo que abre posibilidades a lo imposible o lo perdido. Para esos, la fe es una manifestación introspectiva, silenciosa, más privada. Pero quien moja sus manos o bebe de esta nueva fuente, ese que se pone de puntillas para alcanzar el fondo, cree que el milagro y la bendición ahora habitan y se mueven en su cuerpo.
Algunos de los que hacen vida en la plaza no lo entienden. La incredulidad se hace obvia en sus caras y el más atrevido, un policía que resguarda el lugar, suelta: «¿No les dará asco?». La respuesta, si observas, también es obvia: no. Por eso también están esos para quienes no fueron suficientes unas gotas y, sin preguntar, comenzaron a llenar botellas de Gatorade, Minalba o refresco para llevarse un poquito de agua a sus casas.
El agua de la fuente no es bendita como tal, pero durante la inauguración se bendijo el espacio. Foto: Daniel Hernández.
En los últimos días, Josué vio salir de la plaza a varios con potes de hasta cinco litros llenos. Los más modestos solo llevaron una botella pequeña del «agua milagrosa». Fue tan masivo que entre el lunes y el martes la fuente solo se quedó con dos litros y tuvieron que reponer el líquido para que no se dañara la bomba de presión. «Ahora me toca regañarlos. Yo solo sigo órdenes, pero se ponen tercos. Hace rato uno se escapó con media botella de un litro llena».
Al terminar de hacer el comentario, otra mujer llega y pregunta, casi a modo de ruego, mientras muestra una botella pequeña: «¿Y esta? ¿Así tampoco se puede?». Con pena, la respuesta de Josué es la misma: «No, madre, no puedes sacar agua».
—Yo he escuchado que se la estaban llevando para venderla. Lo vi por TikTok—, comenta Maigualida Hernández, quien llegó para ver la imagen y, claro, mojarse las manos y pasarlas por su cuello.
Una foto o una mojadita de manos. Todos se llevan algo relacionado con el doctor José Gregorio Hernández. Foto: Daniel Hernández.
«Él a mí me ha hecho dos milagros. A mi hija la salvó cuando tuvo un accidente de tránsito, ella no podía caminar y él le sobó la cabeza y se recuperó. Estaba vestido de blanco. Ella me dijo: «Maigua, yo lo vi»», cuenta. El segundo fue el de ella: «Yo pasé varios meses con dolores intercostales por una culebrilla y luego de una petición familiar, que hizo mi hermana, se me curó. Estoy mejor».
—Eso que tú ves aquí es la fe. La sonrisa es la fe. El llorar es la fe. El que no cree, se respeta, pero en mi corazón yo siento algo muy grande—, dice Maigualida.
Todos los que creen en el doctor José Gregorio Hernández hablan de sus propios milagros. No necesitan una confirmación de la Iglesia; su experiencia es suficiente. Es transversal el sentimiento: ese doctor los sana y los acompaña desde chiquitos. Por eso hunden sus manos en la fuente, y hasta el que tuvo pena pasajera, echa la mirada hacia atrás y dice con honestidad: «¡Ya va! ¡Déjame devolverme! ¡Yo me quería mojar las manos!».
Familias llegan juntas a pedir por sus enfermos. Foto: Daniel Hernández.
Elizabeth Belisario es una de las mujeres que recibió un «no» de Josué cuando quiso llenar de agua su botella. De José Gregorio Hernández habla con algo más que fe. Sus favores los relata con amor y respeto, como si se tratara de un amigo que le ha tendido la mano toda la vida: «Él a mí me ha hecho tres milagros».
El primero ocurrió cuando su hijo Luis, entonces de 17 años, sufrió una peritonitis y estuvo grave durante varios días en el Hospital Pérez de León de Petare. Allí unos médicos no determinaron a tiempo que estaba sufriendo una apendicitis y se complicó. Elizabeth rezó mucho y recuerda haber dicho en sus oraciones: «No te lo lleves, él no te hace falta. Déjalo aquí y será buen estudiante, buen esposo y buen padre».
—Cuando yo dije eso. En mi cabeza pasó la imagen chiquita de José Gregorio que está en mi casa, vestido de blanco, lo vi como un reflejo. Y mi hijo, al despertar, me dijo: «Mami, ¿sabes quién siempre estuvo al lado mío? José Gregorio».
Luis, otra vez, fue el segundo milagro de Elizabeth; y la tercera fue Gaby, una de sus nietas, quien sufrió un accidente de tránsito en Chile que motivó una operación en su cráneo.
«Así quedó la cabeza de mi nieta luego del accidente. Te la muestro para que veas que él sí hizo el milagro». Foto: María José Dugarte.
«Mi hijo tuvo COVID y no me dijo nada. No me escribió durante varios días y cuando me contó, me dijo que lo vio reflejado en los vidrios de la clínica mientras los limpiaban. Y a Gaby yo se la encomendé porque casi se muere», recuerda.
Todos el que se acerca tiene algo que agradecer o pedir. Foto: Daniel Hernández.
Relatos como los de Elizabeth y Maigualida van y vienen. En esa plaza casi nadie se conoce, pero se cuentan las historias familiares relacionadas con el médico. Y ahora es más que un sitio de esperas y encuentros casuales, y la fuente es más que un sitio para dejar los lamentos. A su alrededor hay testimonios de fe, peticiones y agradecimientos que se hacen en voz alta o se presentan en forma de ramo de flores.
Nadie está seguro, pero Elizabeth lo afirma: «Yo creo que él nos escucha. Yo creo que está aquí con nosotros».
Josué seguirá protegiendo el agua de la fuente porque los tercos, como los llama, buscarán llevarse un poco. El agua del santo ya tiene su efecto: reúne botellas plásticas, pero también una infinita variedad de experiencias que hablan de la profundidad y el poder de la fe en medio de la incertidumbre.
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