Omar Mattar: "London Point es una forma de dejar un legado"
La mirada de un fotógrafo puede mejorar con la práctica y Omar Mattar lo comprobó. Su ojo clínico, ese que desarrolló ejerciendo la Medicina, ahora detalla otros espacios y "London Point", su primer fotolibro, es el resultado de observar de cerca y en silencio. Aquí cuenta su proceso creativo
Omar Mattar es un hombre de imágenes. Su vida parece estar marcada por una mirada. No es casualidad. Sabe que todo ello tiene un origen: «A papá le gustaba mucho la fotografía», dice. En efecto, su primera cámara analógica fue un regalo de su padre cuando apenas cumplió los 14 años.
Como adolescente curioso, jugó con el foco, el click, los ángulos, las sombras y la luz. Pasó de todo. Hizo buenas y malas fotos. Las recuerda con cariño porque le hicieron conectar con algo más. Luego, como si se tratara de un hechizo, esta pasión se durmió: «Empecé la carrera de Medicina y ya no me daba tiempo, así que nunca lo profesionalicé, es la verdad, hasta que llegó la pandemia».
Omar se desenvolvía entre quirófanos y guardias. Sin embargo, durante la pandemia, su trabajo tuvo más de coordinación que de acción. Así que también vivió el desespero del encierro. Fue así como las circunstancias le llevaron a desempolvar la cámara. Era obvio, en sus narices estaba todo por registrarse.
«Yo veía los álbumes de papá del Líbano y de cuando él llegó a Venezuela, y de la fotografía que hizo durante unos años en Venezuela, y me generaba bueno un mix de feelings: alegrías, tristezas, nostalgia. Entendí la importancia de esa fotografía, porque es un legado que tú estás dejando, es una historia», recuerda.
En esta oportunidad, su mirada en el lente se apoyó en un curso. Roberto Mata fue su profesor y con él, cuando los viajes ya estaban permitidos y las mascarillas aún era un requisito, viajó a retratar Londres. De esa aventura, que se trató de afinar el ojo con buenos compañeros fotógrafos, surgió London Point, un libro que muestra lo que vio en esta ciudad y lo que generó en sí mismo. En esta entrevista con El Estímulo nos cuenta la historia y detalles del proceso creativo:
—¿Qué estaba pasando en tu vida que la fotografía se tornó en una forma de escape?
—Mis primeros pasos en la fotografía profesional comenzaron durante la pandemia por COVID-19. En ese momento, tan marcado por el encierro, el miedo y la incertidumbre, especialmente para quienes trabajamos en Medicina, la fotografía se convirtió en una vía de escape, pero también en un acto de libertad. Era quitarme el tapabocas simbólicamente y respirar a través del lente. Salir a hacer fotos fue mi manera de soltar la tensión, de reconectar conmigo mismo y de aprender algo completamente nuevo.
Tuve la suerte de encontrar en la escuela de Roberto Mata un espacio formativo que fue mucho más que técnico: fue un refugio creativo, una comunidad que me ayudó a mirar con intención y a encontrar una voz visual propia. Desde ahí, la fotografía pasó de ser una curiosidad para convertirse en una forma de estar en el mundo.
Una de las fotografías del libro. Foto: Alejandro Cremades.
—¿Qué cosas de tu mirada o métodos de médico aplicas para hacer fotografía? ¿Hay algo de eso en tu obra?
—Sí, sin duda. La medicina me ha entrenado para observar con detalle, interpretar silencios, gestos mínimos. Pero más allá de lo clínico, me enseñó a captar, entender y muchas veces desenmascarar las emociones de cada individuo. Esa capacidad de leer lo no dicho, lo que se esconde detrás de una mirada o de una postura, es algo que sin duda se filtra en mi trabajo fotográfico. En fotografía, esa misma sensibilidad se convierte en intuición visual. Hay una forma de mirar que ya viene condicionada por la experiencia médica: con atención, respeto y curiosidad. Creo que en mis imágenes hay mucho de esa observación paciente, de ese afán por capturar lo que no siempre se ve a simple vista.
—¿Por qué Londres y no Caracas? ¿Qué tiene esa ciudad o qué representa en tu vida?
—Londres no fue una casualidad completa, pero tampoco fue un destino predeterminado. En realidad, el viaje fue parte de un proyecto cuidadosamente planificado por la Escuela de Roberto Mata y Long Distance Photo Expeditions. Nos tomó varios meses de preparación: lectura de ensayos, definición de enfoque, desarrollo de una visión personalizada. Fue una experiencia muy formativa y profundamente reflexiva. De ese proceso nació London Point, mi primer fotolibro. Ahora, ¿por qué no Caracas? Podría decir que fue un accidente, casi un gesto del destino. No fue que evité Venezuela, simplemente, en ese momento, Londres apareció como escenario para mirar el mundo, y a mí mismo, desde otra perspectiva.
Dicho eso, tengo un vínculo muy fuerte con mi país, y de hecho, he hecho trabajos fotográficos muy significativos en Venezuela: Kamarata, Delta del Orinoco, La Guaira, el Cementerio del Sur, Mérida. Cada uno con una carga emocional y visual muy poderosa, pero London Point nació en ese cruce inesperado entre lo planificado y lo emocionalmente inevitable.
—¿Cuál fue la experiencia más significativa al momento de hacer estas fotos? ¿Tienes una específica?
—Sí, hay una imagen en particular que guarda un lugar muy especial para mí. Fue tomada en la Tate Modern en Londres. La luz de la tarde entraba en haces perfectos desde las altas ventanas del fondo, proyectando sombras largas y precisas sobre el piso, como si el tiempo mismo estuviera cayendo en líneas.
Desde una posición elevada, observé cómo las personas se movían algunas solas, otras en pareja o en grupo, cada una siguiendo su ritmo, su propósito, su misterio. Esperé el momento justo, sin apuro. Quería que las figuras humanas no rompieran la armonía de la luz, sino que la habitaran. Y cuando ocurrió, disparé.
Esa imagen, para mí, resume la esencia de lo que quiero transmitir con London Point: la belleza de lo cotidiano, la arquitectura del instante, el diálogo silencioso entre luz y sombra. Me emociona cada vez que la veo, porque siento que fue un regalo: uno de esos momentos en los que el entorno, la luz y la intuición se alinean de manera perfecta.
Fotografía en el Tate Modern Museum, donde Omar pudo conversar con la vigilante. Foto: Alejandro Cremades.
—¿Con esa fotografía ocurrió alguna anécdota particular?
—Sí, con la del Tate Modern Museum, justamente. Estando yo tomando las imágenes, como a las seis de la tarde, que es la hora en que cae el ocaso, subo al último nivel del museo para terminar de dar una vuelta e irme, porque ya lo estaban cerrando, y me llama la atención una vigilante inglesa. Me dice: «¿Era usted el que estaba tomando la foto allá abajo a las personas saliendo?». Y le digo que sí. Me responde: «¿Sabía usted que usted no podía hacer eso? Esa es una cámara profesional y de alguna manera usted puede obtener un provecho económico. Este es un museo que no recibe dinero, prácticamente no cobramos por la entrada, el poco dinero que nos entra es del Estado y es bastante limitado. Nosotros nos sostenemos con el dinero que entra de terceros, como es el caso de usted, que es fotógrafo. Yo estaba llamando al vigilante que estaba al lado suyo, pero la radio no me funcionó. Él nunca se enteró que yo le estaba llamando. Usted ya hizo su fotografía, yo no le voy a decir que la borre».
Yo le echo la historia de que vengo de Venezuela con la Escuela de Roberto Mata y una cantidad de fotógrafos compañeros, que estamos haciendo un fotolibro, que no tiene sentido comercial, sino que será un obsequio que le daremos a nuestros seres queridos. Ella se ríe y me dice: «¿Sabes qué? Sigue por este pasillo y cruza a la derecha que hay un ventanal enorme. Ve para allá y toma esa foto… Ya tú vas a ver el manejo de las luces». Al final, ella entendió el objetivo.
—¿Cuánto tiempo te tomó llegar al concepto del libro? ¿Y cuánto tardaste en la producción?
—El proyecto me llevó varios meses de trabajo, incluso antes de tomar la primera fotografía. Fue un proceso muy introspectivo: entender qué deseaba ver, interpretar y expresar a través de Londres. Para eso, dediqué bastante tiempo a estudiar el trabajo de grandes fotógrafos como Elliott Erwitt, Saul Leiter, Sergio Larraín, Michael Wolf, David Alan Harvey, Ho Fan, Henri Cartier-Bresson, entre otros. La lectura de sus ensayos, entrevistas y obras me ayudó a ubicarme: a entender hacia dónde quería ir y, sobre todo, qué quería decir visualmente.
Todo este proceso fue guiado de la mano de mis profesores Ricardo Peña y Julio Estrada, quienes me acompañaron en la búsqueda de una visión más consciente, personal y coherente. Fueron claves para que este trabajo tuviera dirección, profundidad y honestidad visual.
La producción del libro tomó un tiempo similar, alrededor de cuatro meses, entre toma, selección, edición y revisión. Cada imagen pasó por varias etapas, buscando coherencia narrativa y cuidando hasta el más mínimo detalle. En mi caso, el trabajo tuvo una capa adicional de complejidad, ya que el libro incluye los textos del escritor Karl Krispin, con quien colaboré estrechamente. Además, hubo que trabajar en la traducción de esos textos al inglés, asegurándonos de conservar los matices y la sensibilidad del original. Fue un proceso exigente, sí, pero también profundamente formativo y gratificante.
Omar desde su infancia tuvo una conexión con la fotografía, pero durante un largo tiempo pausó su afición. Ahora promete no dejarlo atrás. Foto: Alejandro Cremades.
—Si tuvieras que elegir una región de Venezuela para hacer fotografías similares, ¿cuál sería y por qué?
—Ya he elegido varias localidades en Venezuela para trabajar fotográficamente, como mencioné previamente: Kamarata, Delta del Orinoco, Cementerio del Sur, Mérida y La Guaira. Cada una de estas zonas tiene una energía particular, pero debo confesar que estar en Kamarata o en el Delta del Orinoco despierta algo muy profundo. Hay una fuerza especial, una energía que se siente en el aire, en la luz, en la conexión con el entorno.
Particularmente en el sur de Venezuela, en el estado Bolívar, hay una atmósfera única. Su gente, especialmente las comunidades indígenas, transmiten una emocionalidad muy auténtica: sus sonrisas, su inocencia, su picardía, su positivismo. Todo eso se convierte en parte de la imagen, aunque no esté en el encuadre. Y si a eso le sumas la geografía que los rodea, majestuosa, indómita, casi onírica, se genera un cuadro perfecto, donde la fotografía es casi inevitable.
—¿Cuánta participación tuya hubo en la creación de las historias que escribió Karl Krispin? ¿Fueron ideas compartidas o individuales?
—Las imágenes nacieron primero. Cuando se las mostré a Karl, él empezó a proponer textos que complementaban y explicaban las fotos. Fue un proceso de conversación entre dos lenguajes. Cada uno mantuvo su espacio creativo, pero hubo mucho diálogo. Las palabras y las imágenes se encontraron en el mismo tono.
Las historias cortas de Karl Krispin acompañan estas imágenes, añadiendo una capa de reflexión que profundiza en el significado de cada escena. Sus palabras complementan la experiencia visual, ofreciendo al lector la oportunidad de adentrarse en una visión íntima y única de una metrópoli llena de misterio, encanto y vida oculta bajo su agitada superficie.
—Si tuvieras que elegir un concepto amor, amistad, duelo ¿cuál elegirías y qué colores intentarías resaltar con tu fotografía?
—El duelo, pero no como tragedia, sino como proceso de transformación. Visualmente, me interesa trabajar con azules profundos, ocres apagados y grises suaves, colores que no gritan pero que cargan mucha emoción. Tonos que permiten sugerir sin decir.
Más fotos del archivo de «London Point». Foto: Alejandro Cremades.
—¿Cuánto cambió tu fotografía una vez empezaste a formarte en esta área?
—Muchísimo. Antes disparaba por impulso, por emoción. Luego de formarme, aprendí a canalizar esa emoción con intención, a esperar la luz, a componer con más conciencia. Sigo guiándome por lo que siento, pero ahora sé cómo traducirlo visualmente.
—Si hoy no fueras médico y empresario, ¿solamente la fotografía sería tu labor?
—Creo que sí. Pero no como un trabajo de producción, sino como una manera de estar. Me gusta la idea de vivir observando, caminando con calma, construyendo imágenes. Aunque probablemente seguiría sanándolos, solo que con luz y encuadre en lugar de recetas y diagnósticos.
—¿Por qué hacer un libro? ¿Qué sientes que ha generado tu obra en otros?
—El libro me parecía la forma más íntima y respetuosa de compartir este proyecto. Algo físico, que uno pueda tocar, hojear, detenerse. No quería velocidad ni likes, quería pausa. Y lo que más me ha conmovido es cuando alguien me dice que vio en esas imágenes algo que también sentía. Que se reconoció en una ciudad que nunca ha visitado. Eso es poderoso.
Además, hay algo muy personal en todo esto: para mí, el libro también es una manera de dejar un legado. Siempre he creído que una vez que te vas de este mundo, hay que dejar una huella, algo que le diga a quienes vienen después quién fuiste, cómo miraste, qué sentiste. London Point es eso para mí: una marca visual y emocional de un momento específico en mi vida, una forma de trascender desde lo íntimo.
«Hay una forma de mirar que ya viene condicionada por la experiencia médica: con atención, respeto y curiosidad». Foto: Alejandro Cremades.
—¿Cuál es tu temática favorita para fotografiar?
—Lo cotidiano que pasa desapercibido. Esos momentos silenciosos que, si no estás atento, se pierden. Me atrae mucho lo no evidente, lo mínimo. Creo que ahí hay mucha belleza.
También me identifico profundamente con el minimalismo: la idea de decir mucho con poco, de dejar que el espacio respire, que el vacío tenga voz. Me interesa lo que sugiere más que lo que muestra. A veces una sombra, una línea o un objeto aislado puede hablar más de que una escena cargada. Ese equilibrio entre lo simple y lo significativo es algo que siempre estoy buscando.
¿Dónde ver las fotografías de Omar Mattar?
Omar Mattar tiene un archivo fotográfico en Instagram: @omf_photography y también su página web. Además, próximamente, el Centro Venezolano Americano (CVA) realizará una exposición del libro a finales de junio, en las que se podrán ver todas las fotografías en un formato más grande: «Vamos a hablar de cada fotografía y los escritos de Karl Krispin y se va a repetir la misma exposición a finales de año en la Universidad Católica Andrés Bello».
Del mismo modo, la serie «Point» continuará, pero esta vez con la mirada puesta en las calles y personas de Nueva York.
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