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Mi adiós a Don Celso De Oliveira

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El pasado sábado mi viejo, un portugués de 85 años, esperaba en una larga fila para poder comprar un cartón de huevos y un pollo. Él es admirable porque todo lo que tiene que hacer, lo cumple con una paciencia incontestable, tal cual Job. En medio de su angustia por la situación país, llegué para acompañarlo y le comenté: “Papá, murió Celso De Oliveira”. Respondió impresionado: “¡No puede ser!”. También es admirable por su capacidad de rememorar episodios antiguos.

Luego me comentó que ha sido uno de los mejores jugadores que vio en Venezuela. Que cuando estaba en el Galicia, era un fuera de serie. “Un goleador endemoniado, era muy técnico”, recuerda. Así describió futbolísticamente mi viejo al gran Celso De Oliveira, un brasileño que, como muchos extranjeros, como mi padre, se sentía más venezolano que muchos de nosotros.

“Recuerdo verlo jugar en una Copa Libertadores. Era de lujo, centraba perfecto”, añade. Debe ser verdad porque la memoria de Albino está intacta, sobre todo cuando revive aquellos momentos gloriosos del fútbol de colonias.

Poseedor del record del gol más rápido hecho en 30 años de historia del fútbol mundial cuando jugaba en el Deportivo Italia, ese episodio es el más pequeño de lo que realmente representaba Don Celso para el fútbol caraqueño. Esposo, abuelo y padre de una familia particularmente hermosa y pujante, el carioca se casó con una venezolana en la época más boyante del país (cobraba cuatro veces más aquí que lo que le podían pagar en Brasil). Dejó atrás la gloria de Vasco Da Gama, la Portuguesa y Fluminense y se convirtió en símbolo de la UCV, el Galicia o el Canarias.

Su legado es enorme. Por más de 30 años formó deportiva e integralmente a muchos niños y niñas de un colegio pudiente como el Claret, siendo su mayor virtud el sembrar la humildad entre sus alumnos, la misma que pregonó a lo largo de la vida con el vivo ejemplo de tratar a todos con mucho cariño y de forma igualitaria. Como lo hizo desde hace unos años en su academia “Todos Estrellas”, donde dejó un sinfín de chicos huérfanos con su temprana partida al cielo. Porque así trataba a los niños, como sus hijos.

Es difícil que alguien relacionado al fútbol no haya conocido a Celso. En Los Naranjos recuerdo verlo trabajar como un muchachito a pesar de su edad, pero lo más atractivo era su eterna alegría, la misma que destacaban quienes le conocían por otra cosa y no el fútbol. “Ese señor era un ángel”, recuerda un amigo cuya madre es la pediatra de los nietos de Don Celso.

Danny De Oliveira recogió la semilla de su padre y hoy día la riega en el fútbol venezolano. Hoy se sienta el hijo de Celso en el banquillo de Metropolitanos, pero desde hace tiempo se forma e imparte sus conocimientos desinteresadamente entre sus colegas y el mismo entorno del fútbol local e incluso internacional. Heredó además el don de gente, algo más importante que cualquier título o profesión.

Duele mucho que se vayan los buenos. Porque no le hemos dado en vida el real valor que tienen sus enseñanzas, sus experiencias, su sapiencia. Hay una riqueza indescriptible en la rica historia que guardan en su memoria y en sus entretenidas charlas, que muy pocos se han dedicado a inmortalizar en algún papel u página web. Lino Alonso, Cata Roque, Pedro Febles, Celso De Oliveira, todos unos tipazos que destacaron en el fútbol pero que dejaron mucho más fuera de ella. Por eso recomiendo a aquellos quienes tienen el privilegio de acercarse a un Nerio Hernández, a un Esteban Beracochea, a un Pocho Echenaussi o a un Pedro Pascual Peralta que extraigan tanto conocimiento y anécdotas de ellos, acerca de un tiempo en que nuestro fútbol era un auténtico lujo.

Pelé rodea la vida de Celso de forma muy cercana. Tan cercana como los que servían el café en la panadería cada mañana. Porque él era así y apreciaba a todos de la misma forma como a El Rey: humilde, sencillo, sincero. Querido, estimado, admirado, jodedor. Él solo presumía de su record (el gol más rápido), una manera de mantener vivo el trascendental logro ante el abrumador paso del tiempo. Te mostraba el recorte de periódico y, si ibas a su casa, la pelota que aquel día se tragó el argentino Sangiovanni, el desprevenido arquero del Zulia que encajó uno de los goles más rápidos de la historia del fútbol.

“Venezuela es mi vida” dijo en una entrevista a El Nacional, y aquí nos empeñamos en no darles el justo reconocimiento a quienes nos honran con su vida. Vaya un cariño sincero a toda su familia en este duro momento.

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