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El día que nos quedamos sin la Luna

"Espacio 1999", una serie de ficción de la británica ITC Entertainment en los años 70, nos presentó el escenario catastrófico de perder el satélite terrestre. La trama, convertida en culto, se transforma en espantosa realidad en este relato que revela el secreto mejor guardado de nuestro tiempo: desde el 13 de septiembre de 1999 vivimos bajo engaño // Por Hans Graf Bogran

El día que nos quedamos sin la Luna

Vaya si este inicio de siglo ha resultado todo un engaño. Ni la mismísima Greta Thunberg, la eco-niña sueca ni toda su legión de seguidores, tienen idea de la tragedia que les voy a relatar y que tiene su origen en un accidente de esos que conspiradores y políticos siempre han sabido esconder. Cuando recibí mi titulo de periodista en la UCAB (Universidad Católica Andrés Bello) jamás pensé que la historia de mi vida llegaría mientras atendía mesas en una casa de vinos en California. Fue ahí cuando escuché lo que se suponía era la confesión íntima entre una pareja, que sin advertir mi presencia destapó un descomunal secreto. Aun cuando aquella información ponía en riesgo mi integridad y comprometía mi precaria estabilidad migratoria en aquel país, escuché el relato que me dejó perplejo.

El origen de los eventos catastróficos que se viven en la actualidad arrancó el 13 de septiembre de 1999, cuando los servicios secretos de la reina, el MI5 y el MI6, junto a la Agencia Espacial del Reino Unido, tuvieron que enfrentar una tragedia para la cual la humanidad no estaba preparada: el accidente nuclear que nos dejó sin la Luna.

La conquista del espacio siempre ha estado en las estrategias de los grandes gobiernos del mundo. Fue así como Gran Bretaña lanzó el proyecto Moonbase Alpha (“La base lunar Alfa”), que era la conclusión de un proceso que la reina de Inglaterra había decidido llevar a cabo ante las constantes amenazas de los enemigos de la corona. La mismísima Margaret Thatcher, quien había impuesto regulaciones a la inteligencia británica, respaldó esta iniciativa estratégica y alentó a la reina para su total ejecución. Todo con el hermetismo que caracterizó la gestión de la recordada Dama de Hierro.

El proyecto, que tenía más de 20 años en ejecución, estuvo en riesgo en 1997. En aquel entonces una alerta de seguridad había sido emitida pues se comprometía toda la información sobre la existencia de “La base lunar Alfa”. La ex-princesa Diana había tenido acceso a los archivos secretos y estaba a punto de divulgarlos a gobiernos enemigos de la corona. Se encontró con su novio, Dodi Al Fayed, en París, a quien daría una confesión completa junto a los archivos secretos. Aquella indiscreción, le costó la vida.

El desliz alertó a la reina y la obligó a prepararse para nuevas eventualidades. Así como en 1917 el famoso incidente del Telegrama Zimmermann había dado origen a la fundación de los servicios de inteligencia británicos, la posibilidad de dejar al descubierto todo el proyecto “La base lunar Alfa” propició la creación de una oficina adjunta a la GCHQ (Government Communication Head Quarters): la GCHQ2.

Esta oficina paralela desarrolló diversos mecanismos de protección para mantener en secreto toda la infraestructura de la base que albergaba a mas de 300 personas y que estaba diseñada para recibir, eventualmente, a cerca de 15.000 colonos.

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La GCHQ2 desarrolló el MOON-HDS (MOON Hologram Disguise System), configurado para que desde la base satelital EXODUS III (financiada incluso por la Agencia Espacial Europea) se proyectara sobre la superficie de la Luna, una réplica holográfica de ésta para camuflar las estructuras, cada vez más evidentes, de la base. Bastaba que alguien tuviese acceso a esos archivos que Diana había obtenido, para que cualquiera apuntase un telescopio a la Luna y, para vergüenza de la reina, descubriese aquel proyecto secreto que violaba todos los términos del Tratado sobre los principios que deben regir las actividades de los Estados en la exploración y utilización del espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes, firmado en 1967.

Los archivos secretos perdidos tras la trágica muerte de Diana, nunca fueron ubicados en la escena del “accidente”.

En la historia de la civilización, el encanto por la Luna ha marcado a la humanidad. No se trata solo de los efectos comprobados que tiene sobre la tierra, sino del embrujo que su sola presencia provoca desde que el hombre alzó la mirada al cielo. Imagina uno la sorpresa del hombre primitivo cuando aquel disco plateado, de 3.476 kilómetros de diámetro, desaparecía de vez en cuando para reaparecer luego de a poquito hasta convertirse en un círculo gigante en el firmamento. El miedo hizo que aquel fenómeno natural sin explicación por muchos siglos, mantuviese atemorizado al género humano. Aun hoy en día, ese poder existe.

Lo cierto es que la Luna tiene un influjo tremendo sobre nuestra vida. El MI6 y la corona británica lo sabían en los albores del siglo XXI. Por ello en medio de todas las amenazas producidas por la arremetida de los gobiernos totalitarios, la caída del muro de Berlín, los continuos conflictos en Medio Oriente y los informes secretos sobre la expansión del socialismo/comunismo en Latinoamérica, la respuesta fue inmediata y quedó registrada en el informe: «Proyecto Base Lunar Alfa (alternativas para la subsistencia de la raza humana)».

Sin embargo, aquel 13 de septiembre de 1999 la comunicación con la base lunar Alfa se vio interrumpida tras la súbita explosión de un depósito de desperdicios nucleares ubicado en la cara oscura de la Luna. Con una fuerza tres veces superior a la de la bomba de Hiroshima, aquella detonación hizo las veces de un gran cohete y lanzó al espacio al satélite de la Tierra. 311 pioneros que ocupaban la base quedaron a la deriva, sin rumbo fijo, fuera de su órbita milenaria.

Allan Carter, jefe de pilotos de la flota de Águilas, estaba haciendo vuelos de evaluación cuando ocurrió la tragedia y optó por regresar a la Luna en lugar de retornar a la Tierra, en medio de aquella hecatombe. Quizá algo intuía el tercero al mando en la base.

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Hace 21 años la base lunar Alfa, enclavada en el cráter Platón, seguramente activó todos los protocolos de seguridad/supervivencia establecidos, a sabiendas de que cualquier retorno sería prácticamente imposible. Arropados bajo la convicción científica de que la ausencia del satélite lunar habría afectado la vida en la Tierra, cualquier regreso constituía un riesgo inminente para el personal de la base.

Desde aquel 13 de septiembre de 1999 la Tierra se ha convertido en un hervidero de problemas, de reajustes climáticos, de huracanes, de terremotos y de tormentas permanentes. Vaguadas como la vivida en el estado Vargas ese mismo diciembre en Venezuela, han sido la constante desde aquella fecha. Las mareas sin control, los ciclos de cultivo en total anarquía han desatado hambrunas; las temperaturas a capricho destruyen el balance de ecosistemas frágiles; todo lo que pasa son signos de esa ausencia lunar que todos ignoran.

Los astros, confundidos sin un ciclo lunar, han terminado por volvernos a todos piscianos bipolares. La humanidad ha caminado al borde de la locura en estos primeros años del siglo XXI y cosas que nunca imaginábamos iban a repetirse ocurren, pero con un poder mayor al que nuestras mentes pueden asimilar. El holograma solo ha servido para no desatar el pánico terrícola, pero el miedo está latente en cada “ciclo lunar”.

Arriba en el cielo, la obra maestra del MI6, Scotland Yard, la Agencia Espacial Británica y algunos colaboradores secretos, se mantiene intacta. Incapaz de regular o regir nuestra vidas como lo hacia el satélite original, la proyección holográfica diseñada para disimular la estructuras de la base lunar es, desde hace 21 años, la Luna misma.

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Aquel 13 de septiembre de 1999 la Luna partió para no volver. Hemos vivido bajo un engaño, una charada desarrollada por la inteligencia británica y amparada en nuestra ignorancia. La confianza de la reina en sus servicios de inteligencia dirigidos por “C”, no la libraba del insomnio. El protocolo de la base lunar daba por obligatorio el envio de un mensaje en frecuencia pública y abierta en caso de cualquier emergencia mayor; recibir ese aviso perturbaba constantemente el sueño real.

No contaba la reina con que ese mensaje que dejaría al descubierto el secreto mejor guardado de la Corona, provendría desde un viñedo californiano y no desde la base lunar. Un anónimo mesonero, al tiempo que recogía los platos y copas tras una larga noche de fiesta privada, escuchaba el relato del “prófugo real”. El ex-príncipe Harry, cargado de litros de alcohol e intoxicado por el resentimiento y la ira por la muerte de su madre, finalmente le contaba a su esposa actriz todos los detalles de aquel informe secreto que nunca había aparecido en el “accidente” de París y que había llegado hasta sus manos.

Mientras tanto, la Luna está allá afuera perdida en el espacio. No sabemos si sus tripulantes siguen vivos, si han colonizado algún otro planeta o si al final el comandante John Koenig y la doctora Helena Russell vivieron felices para siempre.