Alejandro Dumont: en búsqueda de lo extraordinario dentro de lo común
Alejandro Dumont, economista venezolano de formación convertido en fotógrafo, desarrolló desde niño una sensibilidad especial por Venezuela. Esa experiencia le permitió apreciar la singularidad de su gente, y hoy se refleja en su trabajo visual, donde busca destacar lo inusual dentro de lo cotidiano
Hay una sensibilidad distinta hacia tu país cuando de pequeño te hicieron recorrerlo. Conocer sus ríos y montañas, apreciar sus playas y los caseríos de esos pueblos recónditos que te enseñan que Venezuela —más allá de un paraíso natural— la hace su gente.
Alejandro Dumont aprendió a desarrollar esa sensibilidad desde temprana edad. De niño, la ilusión de visitar a Mickey en Disney parecía más lejana, pero la posibilidad de recorrer cada pueblito de Venezuela por carretera era una aventura cercana y palpable.
Su familia belga-venezolana —que además tiene una sensibilidad especial por el arte— le enseñó a comprender a Venezuela desde adentro, a abrazar aquello que hace único al país: sus sabanas, el Amazonas y las penínsulas.
La óptica de su papá, que llegó de Bélgica a Venezuela a los 26 años, lo ayudó a construir una mirada distinta: una que ve cualquier cosa como un asunto digno de admirar y documentar.
Allí comenzó a germinar la semilla de lo que hoy mueve a Alejandro Dumont, un economista venezolano de profesión que se convirtió en fotógrafo y que busca resaltar lo inusual dentro de lo ordinario.
Pescadores. Arapo – Sucre. Foto: Alejandro Dumont
— ¿Cómo te ayudó a desarrollar tu sensibilidad fotográfica tu familia belga?
El lente de mi papá siempre me ha sensibilizado con Venezuela. La diversidad, lo diferente de las personas y de las culturas dentro del territorio nacional —no solo a nivel fenotípico, sino también gastronómico, económico, en el acento, los sonidos— siempre me llamó mucho la atención. Era algo de lo que yo hablaba mucho cuando estaba con mi familia en Bélgica.
Ellos también tienen una idea muy especial de Venezuela. El europeo tiende a exotizar a América: la ven con esta idea del Dorado, donde todo el mundo es más feliz, todo brilla más y los colores son más intensos.
Vicente, mejor conocido como Totoño. Chuao. Foto: Alejandro Dumont
Viendo desde la grada
El comienzo de Alejandro en la fotografía fue orgánico. Hace cuatro años se fue a Austria y luego a Barcelona. Y aunque siempre tuvo sensibilidad por capturar lo extraordinario, su profesión no lo impulsaba necesariamente a tomar una cámara y comenzar.
Sin embargo, su entorno sí lo empujó a desarrollar un criterio editorial. Su papá es fotógrafo, su hermano también, y su círculo social, de una u otra forma, estuvo vinculado al mundo de la fotografía.
“Para mí fue una necesidad. Necesitaba comprarme una cámara y comenzar a crear, porque siempre estaba en lo crítico, viéndolo desde afuera, un poco desde la grada. Y desde la grada es bastante cómodo criticar”.
Para Alejandro, conceptualizar sus ideas antes de presionar el botón es clave. Como un mantra, se pregunta: ¿por qué volteas la mirada?, ¿por qué estás tomando esta foto?, ¿qué quieres?, ¿qué pregunta te estás haciendo?
Flotando. Arapo – Sucre. Foto: Alejandro Dumont
— ¿Cómo defines tu proceso de abordaje al tomar una fotografía?
Mi proceso no es violento, es un proceso que toma tiempo. Trato de entrar con mucha humildad en el espacio íntimo de la persona. Puede ser alguien contemplando, trabajando, haciendo cualquier cosa. Yo me hago parte del entorno hasta que esa persona se siente en confianza y sigue con lo que está haciendo sin inmutarse por mi presencia.
No me gustan las fotos posadas. Prefiero situaciones naturales que retraten la cotidianidad, porque ahí es donde reside lo asombroso, lo extraordinario.
Normalizamos muchas cosas porque nacimos aquí, porque somos venezolanos, caribeños, pero la verdad es que son únicas. Olvidamos que lo más simple, el origen, es lo que realmente tiene valor.
Un viaje sin destino, pero con propósito
Retratar la belleza de la simplicidad requiere un ejercicio constante de observación. No se trata solo de imágenes estéticamente bellas, sino de fotografías que tengan sentido tanto para quien las ve como para quien es protagonista de ellas.
Desde pequeño, Alejandro entendió que la belleza de Venezuela no solo emanaba de las grandes ciudades, sino también de los pueblos escondidos que conservan una esencia propia.
Con esa premisa, emprendió un viaje de búsqueda que, de forma irónica, conecta con la visión utópica de su familia belga, que veía a América como El Dorado. Un trayecto sin destino fijo, pero con un objetivo claro: encontrar la belleza de lo normalizado.
Viajar en solitario, sin juicios ni brújula, lo llevó a conocer realidades que de otra forma no se le habrían cruzado.
Un pueblo en Barlovento captó su atención. Allí, cámara en mano y con su ritual de preguntas, comenzó a retratar la cotidianidad y un grupo de niños se convirtió en su foco.
Buscando la baba en el Río Juan Díaz – Barlovento. Foto: Alejandro Dumont
“Me puse a jugar con ellos, hablamos, me echaron cuentos. Me dijeron que podíamos hacer mil cosas. Yo quería quedarme, pero no había posada; era un pueblo muy pequeño, no creo que llegara a 500 habitantes. Eran tres calles”.
Ese acercamiento confirmó algo que ya intuía: el venezolano no entiende de frialdad.
“La cercanía se traduce en una nobleza infinita. Apenas cruzas la barrera del desconocido, todo empieza a sentirse casi como familia”.
— ¿Sientes que en Venezuela la gente baja la guardia más rápido?
A veces la gente necesita pretender ser alguien, porque puede ser costoso ser uno mismo. En otros lugares todo el mundo está compitiendo por algo, negociando con el ego.
En Venezuela no. Aquí la gente se entrega muy rápido, y lo digo en positivo, desde la amabilidad y la hospitalidad.
Cuenta que en Sucre una señora lo invitó a presenciar una jornada de pesca. Al día siguiente, sin que él lo pidiera, le llevó desayuno: cuatro pescados fritos con casabe.
“Me estaba abriendo las puertas de su casa siendo yo un desconocido”.
Hoy, Nancy —como se llama— es una amiga más.
— ¿Sientes que el idioma funciona como puente para la cercanía?
Latinoamérica es una oportunidad enorme porque compartimos idioma. Un andino del lago Titicaca y un pescador de Sucre son mundos distintos, pero tienen el mismo código.
Por eso quiero seguir explorando lo ordinario como especial. No busco el Auyán-tepui ni la postal turística; busco lo cotidiano.
Saliendo del río. Juan Díaz – Barlovento. Foto: Alejandro Dumont
— De un tiempo para acá hubo una mirada externa que puso más foco en Venezuela, en términos artísticos y fotográficos. ¿Sientes que Venezuela está representada allí?
Esa mirada, de repente, se volvió —y no quiero que se entienda de forma negativa— una tendencia. Pero esa ha sido siempre la mirada que yo he tenido sobre Venezuela.
Lo que pasó fue que, en algún momento, también se convirtió en una tendencia artística y fotográfica, y la celebro como tal.
Desde hace tiempo entendía que mi país es muy especial, que tiene una historia riquísima. Es un accidente afortunado dentro de los procesos de colonización, de independencia y de la posterior migración europea. Es el punto de encuentro de muchos mundos que, de repente, comparten una cédula: todos son venezolanos.
Hay algo ahí, una energía que a mí me mueve mucho. Por eso intento capturarla, documentarla y luego entender qué mensaje quiero transmitir.
Una intensidad que se convirtió en ejercicio
Aunque solo lleva un año tomando fotos, su consumo de referentes visuales y libros fotográficos lo llevó a necesitar pasar de la observación a la creación.
“Necesitaba depositar esa intensidad en un ejercicio, y la fotografía se volvió una especie de terapia”.
Reconoce que el proceso también trae decepción: una foto que hoy emociona puede no gustar una semana después. Pero ahí encontró un camino de exploración interna, más que una búsqueda de respuestas, un diálogo.
La fotografía se convirtió en catalizador, sin la presión de vivir de ella. Y también en un acto de exposición.
“Quiero que la gente que sepa de fotografía me destruya. Por eso la grada era cómoda: nadie te ve”.
Sancocho de cabeza de macabi. Chuao. Foto: Alejandro Dumont
— ¿Cómo identificas esas comunidades que sabes que pueden tener ese encanto inesperado para comenzar un proyecto fotográfico?
En el caso particular de Venezuela fue agarrar mi carro y lanzarme solo. Un poco romántico, sí. Inocente, cuando me hablan de la seguridad. Obviamente uno se genera ciertos criterios, pero la verdad es que mucho sucede en la vía.
Yo busco lo puro, lo desnudo, lo auténtico. La gente en su faena, en su día a día. Esa naturalidad a mí me maravilla.
Busco esos espacios donde la gente se muestra tal cual es.
Cuando me metí en el pueblo de Juan Díaz, en Barlovento, mi expectativa era absolutamente nula. Y la verdad es que todo se vuelve inesperado, porque yo no estoy ahí con una agenda, nadie me está esperando.
Apenas logras cruzar la barrera del desconocido, la gente se abre en exceso.
— Después de recorrer Barlovento y Sucre, ¿cuál es el elemento diferenciador de las comunidades que visitaste?
Todas se diferencian entre sí, y eso es hermoso. En algunas está muy marcado el elemento afrodescendiente: las formas, el color, el fenotipo, la ropa, la comida, el acento, los sonidos.
Hasta la pesca es distinta. Son mares completamente diferentes, a pesar de estar dentro de la misma costa. Todas esas diferencias son muy marcadas y me dan ganas de entender más, porque hay otros con cédula que son completamente distintos: comparten una nacionalidad y un idioma, pero de resto son mundos diametralmente separados.
— ¿Qué puedes destacar de Venezuela que para el venezolano sea común?
Creo que está en la diversidad. En Europa también hay diversidad, pero existe cierta homogeneidad.
La diversidad de color y cómo nosotros la hemos naturalizado —y eso lo celebro—, porque creo que la humanidad debería avanzar hacia allá, sin negar que en Venezuela también hay racismo. A mí eso me maravilla y me toca profundamente.
— Tienes una obsesión con el agua, ¿no?
Sí, tengo algo con el agua, porque termina siendo el vehículo de tránsito de la historia.
La historia llega más rápido a través del agua. Si me voy a la cima de una montaña, probablemente también hay historia, pero no sé si tanta. En cambio, el agua permite que las cosas se muevan.
En el agua encuentro esa riqueza: el tránsito, el comercio, los mercados, la relación con el transporte, con la fuente y con la comida.
Pescador. Arapo – Sucre. Foto: Alejandro Dumont
— ¿Qué otra parte de Venezuela te llama la atención?
La Guajira, porque es una comunidad que está al margen. También Ciudad Bolívar, que es un lugar un poco marginalizado, y que entra dentro de lo ordinario porque esa es la inmensa mayoría del país. Venezuela no es solo Los Roques y Canaima.
— ¿Cómo decides qué es lo que vale la pena retratar?
Cuando tomo la decisión de publicar —porque fotos puedo tomar muchas— busco aquello que realmente se distingue.
Como esa pelota de teipe hecha por los niños en Barlovento. Algo que era invisible y que, de repente, para mí se convirtió en el centro de la historia.
Pelotas improvisadas. Juan Díaz – Barlovento. Foto: Alejandro Dumont
Cuando le muestras la cámara a alguien, la gente suele sonreír y mirarte porque cree que quieres retratarla así, sonriendo. Pero probablemente yo le esté tomando una foto a tu cuello, porque tiene unas características que me parecen bellísimas, con una camisa medio rota. Eso es lo que a mí me parece espectacular.
La magia enclosetada
La relación con su familia en Bélgica hizo que Alejandro mirara desde otro foco el encanto venezolano.
“Yo tengo el recuerdo de llegar a Bélgica para el cumpleaños de mi abuela y que mi familia, que había viajado a Venezuela en los 90, me pidiera que pusiera música venezolana. A mi tía se le erizaba la piel”.
Allí Alejandro recuerda que entendió que todos los seres humanos somos un libro por abrir, una cabeza por descubrir, un diamante en bruto. Y Venezuela no se exime de ello.
El hecho de ser belga-venezolano también lo ayuda a abstraerse un poco de la mirada normalizadora que, muchas veces, le damos al país.
Hay planes que son naturales en Venezuela: ir a la playa y que te inviten una cerveza o un plato de comida, entrar a la casa de alguien y que te traten como a un familiar siendo un desconocido. Son cosas que suceden y que, con el tiempo, se vuelven ordinarias.
Los procesos migratorios que han atravesado los venezolanos también hacen que aquello que parecía habitual empiece a extrañarse, y que, de repente, lo que antes se rechazaba ya no se vea como algo negativo.
Morocho jugando béisbol. Juan Díaz – Barlovento. Foto: Alejandro Dumont
Alejandro cuenta que su idea con la fotografía es que tenga un “elemento de sensibilidad universal”. Que haya personas en Austria que puedan compartir la magia que tiene Venezuela y viceversa, porque también quiere expandir este ejercicio a otras regiones como Europa, Asia y Latinoamérica.
“Hay un lenguaje a nivel social y cultural que me nutre y que observo constantemente”.
— Si tuvieras que explicar Venezuela con una serie fotográfica de la vida diaria, ¿qué escenas no podrían faltar para tu concepto?
Contraste. Yo voltearía a darle relevancia a eso que en verdad normalizamos dentro de una realidad profundamente contrastada. Es decir, desde el sancocho, el pescador, el del casabe, hasta el hecho de tener dos niñeras ayudándote con un niño.
Una fotografía que logre representar eso sería una forma de mostrar esta Venezuela.
Una Venezuela desigual, porque es una realidad latinoamericana, más allá de la realidad particular que estamos viviendo hoy.
— ¿Tienes pensado sacar un libro con todas las fotografías y anécdotas vividas?
En este momento el ejercicio que estoy haciendo es un viaje fotográfico que, al mismo tiempo, voy escribiendo. Yo tomo la foto y estoy muy conectado al presente; ya cuando salgo, que estoy congestionado de muchas cosas y también muy emocionado, escribo palabras clave en el celular, como bullets. Cosas que no se me pueden olvidar.
Luego, cuando me siento frente a la computadora, escribo todo lo que viví y todo lo que vi. Ahí sí entra un poco esa nostalgia con un acento extrañable, cuando todavía no te ha dado tiempo de extrañar.
Después publico en Instagram, porque se vuelve una especie de plataforma que te da visibilidad, pero no es el fin.
Me inclinaría más hacia editoriales que quieran apoyar el proyecto.
Ahorita estoy creando todo esto precisamente para generar esa exposición.
Chica mirando el río. Parque Henry Pittier. Fotos: Alejandro Dumont
La exposición tiene como intención precisamente compartir este diálogo, abrirlo y entender qué puede entender el otro. Enfrentarme al juicio del crítico.
Aquí puedes ver más sobre el trabajo fotográfico de Alejandro Dumont:
Grupo de jugadores de béisbol. Juan Díaz – BarloventoCiro jugando con su espada. ChuaoNancy Arapo – SucrePescadores zarpando. Arapo – SucreUn corte de pelo rebelde. ChuaoPescadores recogiendo la red. Arapo – SucreCiro jugando con una espada ChuaoJardin de la casa de Soledad. ChuaoPescadores. Arapo – Sucre
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