Guillermo Heberger: el venezolano que transformó su nostalgia en una fábrica de quesos en Bolivia
Un día, caminando por los mercados, este experto en tecnología se dio cuenta que Bolivia no tenía quesos venezolanos. Empezó a aprender y a probar, hasta que logró elaborar el telita. Con apoyo de amigos empresarios, fundó Delicateses El Ávila y ya ofrece variedad de quesos. Por Guillermo Aliaga, oficial de comunicaciones de Migración ONU en Bolivia
Cada mañana, en una pequeña fábrica ubicada en Santa Cruz de la Sierra, en los llanos orientales de Bolivia, los pasillos se llenan del aroma a leche fresca que emana de las grandes ollas en las que Guillermo Heberger prepara uno de los quesos tradicionales de su tierra. Para este migrante venezolano, de 55 años, es el aroma de la nostalgia y la esperanza.
A Guillermo se le escapa una sonrisa cuando recuerda su llegada a Bolivia y los inicios de su emprendimiento, pero no pierde la concentración ni la firmeza en las manos mientras estira el queso artesanal que está elaborando. Ya son seis años desde que inició su negocio, pero la delicadeza y entusiasmo con las que prepara cada queso siguen siendo las del primer día.
Guillermo junto a trabajadores de quesos Delicateses el Avila. Foto: OIM / Gema Cortés
2017 fue un año decisivo para la familia de Guillermo. Su salida de Venezuela no fue una decisión fácil, sin embargo, para ellos se presentó como la mejor opción para su seguridad y su futuro. “Bolivia era la opción lógica”, asegura Guillermo, tras explicar que su madre es oriunda de este país, donde también viven familiares que los orientaron al llegar.
Las expectativas de Guillermo eran grandes desde un principio. También lo acompañaban la angustia y la ansiedad. Al establecerse, no obstante, fue encontrando alivio. Más allá de algunas diferencias culturales, no afrontó problemas de xenofobia o discriminación por ser migrante. Al contrario, muy pronto se sintió en casa. “Me enamoré de Bolivia. Es mi segundo hogar y aquí decidí quedarme”, afirma Guillermo, convencido de que la decisión que tomó hace ocho años fue la acertada. Pero no siempre se sintió así.
Uno de los sueños de Guillermo era exhibir sus productos en tiendas y supermercados. Foto: OIM / Gema Cortés
Aunque encontró rápidamente empleo en el sector tecnológico, gracias a su formación y trayectoria en computación y electrónica, el fallecimiento de su madre al año de instalarse en Bolivia le hizo repensar su futuro.
Una tarde, mientras recorría mercados locales, Guillermo notó algo que despertó una idea tan pequeña como poderosa: Bolivia no tenía quesos venezolanos.
Guiado por la nostalgia de los sabores de su país, empezó a ver tutoriales. “Vi 80 mil videos”, dice Guillermo entre risas. Rápidamente, su nostalgia se transformó en curiosidad, luego en un pasatiempo y eventualmente en una meta personal.
“La primera prueba no me salió tan bien, pero sí me salió el sabor”, cuenta Guillermo. Después de la segunda prueba ya me salió mejor. Y la tercera prueba estaba emocionado porque ya me salió el queso telita, ese tan divino de Venezuela”.
Queso telita, uno de los favoritos de Venezuela. Foto cortesía Carlos Vidal / Archivo
En el camino para perfeccionar su receta, Guillermo le pidió a algunos amigos empresarios que probaran su queso. Ellos, encantados, no dudaron en extenderle la mano para apoyar su iniciativa, que empezaba a tomar forma como negocio. Guillermo materializó su nostalgia enDelicateses El Ávila, con el nombre del cerro emblemático de Caracas, un pilar para el futuro y la señal que necesitaba para continuar su vida en Bolivia.
Guillermo se familiarizó con las normativas y procesos administrativos locales para abrir su negocio, y dedicó tiempo a estudiar al consumidor boliviano para adaptar y diversificar su producto. Su visión y perseverancia dieron frutos rápidamente.
Guillermo ha enamorado a las personas de Bolivia con los quesos venezolanos. Foto: OIM / Gema Cortés
Empezó con el popular queso telita venezolano, pero luego elaboró otras variedades que le abrieron las puertas a otros mercados. El queso provolone/parrillero, por ejemplo, actualmente se ofrece en siete sabores, incluidos ají, orégano, ajo y chimichurri. Es uno de los productos estrella de El Ávila y uno de los favoritos del público.
La fábrica también produce queso mozzarella, ricota y mantequilla, y próximamente lanzará una nueva línea de quesos madurados. “Cuando los clientes prueban los quesos se enamoran del sabor, porque es un sabor diferente que no existía en Bolivia”, explica Guillermo.
Para él, el éxito de su negocio no solo de debe a su determinación y a la calidad de sus productos, sino a la historia detrás de su fábrica y al trabajo que ha invertido. En cada queso, Guillermo entrega un pedazo de Venezuela. Lo ofrece con cariño al país que lo recibió con calidez y brazos abiertos.
Ese espíritu integrador se refleja también en las dinámicas de su fábrica, donde Guillermo emplea a personas de Venezuela y Bolivia, la mayoría jóvenes. “Los migrantes no somos una carga; somos capital humano. Traemos talento, esfuerzo y ganas de construir”, afirma con orgullo.
Haber encontrado en Bolivia oportunidades para emprender le dio a Guillermo algo más que estabilidad económica: fue el camino que le permitió adaptarse, integrarse, y aportar al tejido económico y cultural de la ciudad.
Proceso artesanal de producción de queso mozzarella. Foto: OIM / Gema Cortés
Hoy, Guillermo camina entre las máquinas de su planta, con una mirada que refleja el orgullo de todo lo conseguido en este tiempo. Para él, esta fábrica no es solo un negocio, es un hogar, un proyecto de vida, un puente entre culturas y una prueba de que los sueños no tienen fecha de caducidad. “Me reinventé y me gustó, y aquí me quedo”, dice Guillermo.
Lo que alguna vez fue un pasatiempo, ahora es la fuente de ingresos de Guillermo, quien constantemente busca formas de fortalecer su emprendimiento y proyectar nuevas metas, como ingresar a mercados extranjeros. En este nuevo sueño la Migración ONU (OIM) lo apoyó, al ofrecerle participar en laFeria Internacional de Santa Cruz, la mayor Feria Comercial Internacional de Suramérica. Allí, Guillermo tuvo la posibilidad de conectarse con nuevos clientes y seguir creciendo su negocio.
“Migrar es un reto. Estar en un país nuevo, con costumbre nuevas, realmente es un reto”, reflexiona Guillermo, mientras saca cinco quesos de diferentes sabores para un pedido. No obstante, él ve los desafíos como oportunidades. Por eso, su vida en Bolivia se ha ido construyendo a partir de saber reconocer las puertas que se abren, arriesgarse a cruzarlas y traerse consigo a personas que tienen el potencial de crecer a su lado.
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