Entrevista

Mario Patiño Torres, decano de Medicina UCV: "Me preocupa la condición de los albergues"

El decano de la Facultad de Medicina de la UCV advierte sobre la urgencia sanitaria que viven hoy en los refugios los damnificados por los terremotos

Fotos: Alejandro Cremades
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Hacinamiento, enfermedades crónicas sin tratamiento, esquemas de vacunación interrumpidos, embarazos adolescentes en aumento y brotes de enfermedades infectocontagiosas son la cara menos visible de la tragedia producida por el doble terremoto del 24 de junio. Hay cerca de 300 mil personas damnificadas, de las cuales, gran parte pasan sus días en los más de 110 refugios del área metropolitana de Caracas. Y ese es el terreno donde la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela (UCV) decidió activarse.

Mario Patiño Torres, decano de esa facultad desde 2023, explica cómo la institución organizó equipos de atención sanitaria integral (médicos, enfermeras, nutricionistas, bionalistas) para intervenir albergues en Caracas y en La Guaira, en coordinación con un Estado que llega a esta crisis con un sistema de salud pública “precarizado».

Esa capacidad de respuesta de la UCV no surge de la nada. Se apoya en una tradición de casi 200 años que hoy convive con una universidad prácticamente sin presupuesto, con profesores que devengan el equivalente a 28 dólares al mes y con una infraestructura deteriorada por tres décadas de desfinanciamiento. Es esa tensión, entre el prestigio acumulado y la precariedad del presente, la que atraviesa la segunda parte de esta conversación, dedicada a los retos de formar médicos en Venezuela hoy, en una carrera que sigue siendo la más demandada del país, con un currículo en transformación hacia un modelo por competencias, y con una realidad migratoria que, contra lo que podría esperarse, no ha frenado el número creciente de aspirantes a los posgrados clínicos de la UCV.

La emergencia después de la emergencia: los albergues

Ya pasó la fase más aguda del terremoto, la de los rescates. ¿Cómo describe el momento que atraviesa ahora el sector salud?

-El sector salud no está preparado. Vamos inmersos en un país con una declaratoria de crisis humanitaria compleja, con un sistema sanitario público muy precarizado. En esas condiciones nos agarró el terremoto.

Sí hubo muchísima ayuda, tanto nacional como internacional, que prácticamente dotó a los hospitales públicos de los insumos que no tenían previamente, y esa disposición de ayuda hay que agradecerla infinitamente. La respuesta tiene que ser una respuesta coordinada; este no es momento para trabajos individuales ni para entrar en antagonismos. Nuestro país y esos 300.000 damnificados nos lo demandan.

¿Cuál es hoy la mayor preocupación?, ¿Los heridos, las amputaciones, o algo distinto?

-Las personas heridas, afortunadamente, fueron atendidas. Ahora viene la fase de rehabilitación; habrá que crear las condiciones, porque probablemente los servicios formales de rehabilitación no vayan a ser suficientes, y después el tema de las prótesis. Ahí hay cantidad de instituciones, tanto públicas como privadas u organizaciones no gubernamentales, trabajando en ese tema.

Pero a mí me preocupa mucho más la condición de los albergues. Tenemos información oficial de unos 110 albergues en el área metropolitana, muchos dispuestos en escuelas públicas que en el mes de septiembre habrá que desalojar. Estamos hablando de cientos de personas en condiciones casi de hacinamiento, conviviendo adultos con niños, tres, cuatro o cinco familias por salón de clases, con enfermedades crónicas como diabetes, hipertensión y problemas cardiovasculares que muchos no pueden seguir tratando porque perdieron sus medicamentos en la tragedia.

¿Qué riesgos concretos ve usted en esas condiciones de hacinamiento?

-No solo problemas cardiometabólicos. Hablamos de muchos niños con esquemas de vacunación inciertos, porque perdieron la tarjeta de vacunación. De mujeres embarazadas que requieren seguimiento a su condición de gestante. De prevención de embarazo adolescente, porque en condiciones de hacinamiento, de convivencia y con mucho tiempo de ocio, está descrito que el embarazo en adolescentes se incrementa muchísimo.

También están los problemas de tipo infeccioso. Las condiciones de hacinamiento promueven la transmisión de enfermedades contagiosas de todo tipo. Ahorita, por ejemplo, hay un número importante de casos de ectoparásitos, de sarna, por decir algo.

Por eso insisto en que las jornadas puntuales, donde atiendes a una población y desapareces, no resuelven el problema de salud, solo lo palean. Le puedes dar medicamento para una semana, pero eso no es lo que se necesita.

¿Cómo se organiza la facultad para atender esto?

-Estamos trabajando en promover equipos de salud para atender los albergues que el Estado nos asigne o que nosotros podamos atender, de manera de garantizar una atención especializada, integral y de mediano plazo; que podamos revisitar esas comunidades y hacer seguimiento a las patologías que identificamos.

Entendemos que nosotros no somos el Estado, que la universidad no tiene la capacidad de respuesta que tiene el Estado, pero todo el apoyo que necesiten lo va a tener de parte de la facultad en áreas como orientación, generación de política pública, acompañamiento, entrenamiento. La universidad tiene el talento; lo que queda es que ese talento sea usado, que se solicite para ponerlo al servicio del resto de la población. Pero tú no puedes ir a atender cualquier albergue por tu cuenta. Todos estos albergues tienen un «padrino», alguna institución pública, y uno necesita su autorización para ir como universidad o como facultad de medicina a atender a esa comunidad.

ucv

¿Ya están trabajando dentro de los albergues o todavía esperan autorización?

-Sí, hay unos pocos albergues en los que ya estamos trabajando desde hace varias semanas. Acá en Caracas hay dos albergues formalmente asignados a la facultad: uno muy cercano a la Ciudad Universitaria y otro en la zona de Valle-Coche, con entre 200 y 500 personas cada uno. En la medida en que se hagan solicitudes adicionales, iremos constituyendo los equipos para dar respuesta, con ese mismo formato de atención sanitaria integral hecha por especialistas (pediatras, internistas, nutricionistas, enfermeros).

Además de Caracas, la universidad completa (no solo Medicina, también las facultades de Ingeniería, Arquitectura, Humanidades y Educación, Ciencias Económicas y Sociales) intervino desde muy temprano en Naiguatá, una comunidad especialmente afectada, con psicólogos, educadores, ingenieros, arquitectos y trabajadores sociales.

Habrá que sostener esto en el tiempo. ¿Cómo se resuelve la parte logística con el tema de los medicamentos, el transporte, los insumos?

-Desde muy temprano, la Federación de Centros Universitarios tuvo la iniciativa de crear un centro de acopio en la universidad, que llegó a ser uno de los más grandes del país. La razón es la credibilidad de la universidad como garante de que esos recursos iban a llegar a quien correspondía. Esa primera etapa de mucha gente donando ha ido disminuyendo, por razones obvias, pero el centro de acopio sigue funcionando; los insumos médico-quirúrgicos están gestionados ahora en la Facultad de Farmacia. El problema es que esto es una condición de mediano plazo. Los albergues no se van a vaciar el mes que viene y las donaciones no son eternas. Justo hoy tuvimos una reunión con una ONG de venezolanos en Colombia que logró acopiar miles de toneladas de insumos en el país vecino, para ir creando un vínculo con la facultad de cara a cuando se agoten los recursos que ya tenemos.

En cuanto a logística, la universidad y la facultad no tienen ni un solo vehículo disponible para este fin más allá del que yo pueda usar de forma propia. Y estamos hablando de equipos de 30 o 40 personas para trabajar en un sitio como Naiguatá. Siempre dependemos de algún voluntario o algún aliado que nos facilite el tema logístico para poder cumplir con la labor de asistencia sanitaria.

¿Hasta cuándo puede sostener la facultad este esfuerzo, considerando que en septiembre deben retomar la actividad académica?

-La universidad, en septiembre, tiene que retornar a sus funciones originales y volver a hacer docencia, hacer investigación, que es lo que corresponde como institución, eso sin dejar de atender a estas comunidades. La atención a las comunidades es justamente la extensión universitaria, el otro componente de nuestro trabajo. Ahorita estamos abocados casi estrictamente a la contingencia, y las actividades académicas y de investigación que se pudieron suspender están suspendidas para atenderla.

Doscientos años de historia, un presupuesto que no alcanza

Esa capacidad de movilización que hoy pone a cientos de estudiantes, docentes y especialistas al servicio de los damnificados se apoya en 250 años de educación médica venezolana y en casi 200 de existencia de la propia facultad, que en 2027 cumplirá dos siglos desde que Simón Bolívar y José María Vargas la fundaran, apenas días después de proclamar los estatutos republicanos que dieron autonomía a la Universidad Central de Venezuela. Pero ese acervo convive, según el propio decano, con tres décadas de deterioro presupuestario que hoy ponen a prueba a la institución tanto como el terremoto.

Usted habla de una universidad con mucho prestigio pero prácticamente sin presupuesto. ¿Cómo se sostiene eso?

-Siempre hay que reconocer primero la fortaleza de la educación médica venezolana. Tiene más de 250 años de historia, desde 1763, cuando se creó la cátedra prima en lo que para ese momento era la Real y Pontificia Universidad de Caracas, que luego se llamó Universidad Central de Venezuela. El primer posgrado clínico de América Latina nace en esta facultad, en 1941, y la formación de los profesionales de la salud venezolanos es reconocida a nivel global. Sobre ese acervo, por supuesto, uno identifica las debilidades que han ido apareciendo en las últimas tres décadas, producto del cerco presupuestario que han tenido nuestras universidades públicas y autónomas, que son la sede de todas las facultades de medicina del país.

Pese al deterioro tanto de la infraestructura como del personal docente, tengo la certeza de que seguimos formando profesionales de salud de calidad, reconocidos como buenos profesionales. Y hablo de «profesionales de la salud» porque la Facultad de Medicina de la UCV no forma solo médicos, sino que tiene seis escuelas —Medicina Luis Razetti, Medicina José María Vargas, Enfermería, Bioanálisis, Nutrición y Salud Pública—, con más de 3.900 estudiantes de pregrado.

¿Qué tan grave es la situación presupuestaria en cifras concretas?

-El presupuesto de la Universidad Central es prácticamente cero. Del total que se solicita, se asigna un 2% o 3%, y de ese 2% o 3% lo que se entrega efectivamente es mucho menos. Y aun así, la Universidad Central de Venezuela sigue siendo la primera de Venezuela y está en el puesto 31 del ranking de América Latina.

Imagínate si la Universidad Central y el resto de nuestras universidades autónomas recibieran el presupuesto que por ley les corresponde. Las capacidades están; si tuviéramos el acompañamiento en recursos, la capacidad de producir conocimiento se incrementaría muchísimo más, porque el talento existe.

¿Y los profesores cómo sostienen su trabajo en esas condiciones?

-En el caso del docente, porque dona su trabajo pedagógico. Eso no es justo. Un profesor, en cualquier parte del mundo, vive dignamente de su ingreso universitario. Esa no es nuestra realidad. Un profesor universitario venezolano devenga unos 28 centavos de dólar al mes. Eso explica por qué muchos tienen que buscar fuentes adicionales de ingreso. En mi caso, nunca he tenido problema en decir que he financiado históricamente mi trabajo en la universidad con mi ejercicio privado como médico internista, y no es una queja, lo hago con gusto, pero no es justo. Hay profesores en una situación de muchísima precariedad, sin seguridad social.

Si un empleado administrativo u obrero gana menos que un profesor, imagínate su situación. Nuestros empleados vienen a trabajar dos días a la semana, permisados, porque el resto del tiempo tienen que buscar cómo generar ingresos adicionales. ¿Funciona adecuadamente una institución donde los empleados trabajan dos días a la semana? La respuesta es no. Espero que en algún momento el Estado atienda y dignifique el trabajo pedagógico, no solo en la universidad, sino en general.

Formar médicos en Venezuela hoy: currículo, migración y vocación

A pesar de todo esto, ¿sigue siendo Medicina una carrera atractiva para los jóvenes venezolanos?

-Sin duda, excesivamente atractiva. Medicina es la carrera más demandada de la Universidad Central de Venezuela. La universidad tiene un mecanismo de ingreso, una prueba de mérito académico, en la que concursan un poco más de 20.000 estudiantes, de los cuales la mitad o dos tercios aspiran a estudiar Medicina. Estamos hablando de unos 10.000 o 15.000 estudiantes para poco más de 200 cupos, que es la capacidad instalada de nuestra facultad.

En total tenemos unos 4.000 y tantos estudiantes en las seis escuelas —trece carreras en total—, pero el grueso está en las dos escuelas de Medicina.

¿Y en los posgrados? ¿Se nota el efecto de la migración de médicos?

-Nosotros tenemos tres años en la gestión de la facultad, desde 2023, y en estos tres años hemos visto un incremento cada vez mayor en la demanda de aspirantes a posgrado. Ofertamos unos 600 cupos para posgrado clínico, con un llamado anual, y en los últimos diez años hemos tenido entre 1.500 y 1.800 aspirantes para esos 600 cargos. Probablemente en los últimos cinco años de la década anterior hubo una merma importante, por razones que todos conocemos, pero en los últimos años cada vez son más los egresados que aspiran a hacer posgrado en la Universidad Central.

El año pasado fueron 1.800 aspirantes; este año, pronto se convoca el examen y deben inscribirse entre 1.500 y 1.800. Y no son solo médicos venezolanos, vienen muchos médicos extranjeros también a hacer posgrado en nuestro país, por lo atractivo y por la calidad que nos caracteriza.

Se suele decir que el médico venezolano es particularmente empático, incluso comparado con médicos formados en otros países. ¿A qué atribuye usted ese rasgo?

-La empatía es el rasgo que caracteriza a la mayoría de los médicos venezolanos, ese grado de identificación con el paciente que genera confianza, y que además es terapéutico. Eso no es casual ni genético, sino que es producto de un proceso de formación. Antes, buena parte de esa formación en valores estaba en lo que se conoce como el «currículo oculto», no declarado en ningún documento, aprendido por aprendizaje vicario, viendo actuar al maestro.

Hemos tenido, desde los inicios de la medicina venezolana, referentes de muchísimo impacto. Tenemos un santo formado en esta facultad, que dio clases en esta facultad (José Gregorio Hernández). Y también podemos nombrar a José María Vargas, el padre de la medicina venezolana, a Luis Razetti… la lista es interminable.

Lo que estamos haciendo ahora es poner esa empatía en blanco y negro, en los nuevos currículos por competencias. Yo, como docente, tengo que garantizar que mi estudiante desarrolla empatía, compasión —que no es lástima, sino respeto a la dignidad de un ser humano— y puntualidad. Venimos de una tradición de mucha carga afectiva, construida en nuestra historia, que ahora además está declarada en los currículos. Eso es lo que le da al médico venezolano ese rasgo diferencial. No está en la genética, está en el corazón de las escuelas de Medicina que forman médicos en nuestro país.

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