Internacionales

Carta desde el futuro a propósito de Bolsonaro, Trump y Chávez

Con la inminente asunción presidencial de Jair Bolsonaro el próximo 1ro de enero de 2019, Brasil se encuentra en una encrucijada similar a la de mi país en 1999, luego de que Hugo Chávez ganara en Venezuela la elección a la presidencia y se preparara para asumir el cargo en febrero de ese año. En aquél entonces, los venezolanos votamos bajo un sistema democrático, regido por una constitución redactada en 1961 luego de caer la última dictadura militar, para elegir un presidente por los próximos cinco años. Pocos se atrevieron en ese momento a imaginar que el teniente coronel retirado Hugo Chávez se perpetuaría en el poder. Su régimen fue el primero de una nueva categoría que florecería con el alba del siglo XXI: la dictadura disfrazada en formas democráticas.

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Texto: Andrés Schäfer | Fotografía: AFP

El uso de las reglas de convivencia republicanas para destruir la República es un viejo comportamiento de la especie humana. Abordar este fenómeno como expresión de la maldad o mala fe de las izquierdas, las derechas, o los oportunistas de siempre, es improductivo: solo lleva a la mineralización de las posiciones propias y a descartar que uno mismo pueda ser cómplice de un proceso similar. Por eso el PT de Brasil no tuvo problemas en apoyar al chavismo, así como algunos opositores venezolanos se alegran ahora, por revanchismo, de que Bolsonaro ponga a la izquierda en jaque. El auge reciente de líderes autoritarios y populistas, que se mueven jugando con la legalidad, acaso sea la respuesta del agotamiento ideológico tanto del socialismo como de la religión del mercado. Las manifestaciones características de estos nuevos autoritarismos se repiten, pero también las de quienes se les oponen.
En el caso de Chávez y Bolsonaro, ambos son oficiales del ejército, paracaidistas para más señas. El primero encabezó en 1992 un cruento alzamiento militar; no conforme con esto, y estando en la cárcel, participó unos meses después como conjurado en un segundo golpe militar. Por su parte, Bolsonaro es un apologista de la dictadura militar brasileña y ha expresado su desprecio por la democracia, reivindicando la tortura y el asesinato político. Es decir, ambos personajes son absolutamente inaceptables en un marco democrático y republicano. Aunque claro que no son iguales.
Tampoco son iguales Lula da Silva y Carlos Andrés Pérez, el presidente venezolano que Chávez y los militares intentaron derrocar y (sólo de ser necesario, decían) asesinar en 1992. Pero tanto Da Silva como Pérez fueron líderes democráticos que entregaron el poder cuando les tocó, aunque eso los llevara posteriormente a la cárcel, tras sendos juicios de abierto cariz político. Mientras que Chávez y Bolsonaro (así me temo) son el tipo de líderes autocráticos que crean un régimen a su imagen y semejanza, y la dinámica social de su ascenso arroja similitudes. El rasgo común de los líderes del nuevo cesarismo del siglo XXI, es que llegan al poder por mecanismos democráticos. Pero su proyecto es acabar con el sistema republicano.
Nuestra familia recién había llegado a EEUU cuando apareció el incompetente empresario y rutilante estrella de reality TV Donald Trump en el horizonte electoral. Mi esposa y yo reconocimos inmediatamente un clon de esta especie. Cuando advertimos a nuestros amigos norteamericanos la alta probabilidad de que Trump ganara, no lo creyeron. Trump era a fin de cuentas un fantoche. Y esta situación es una de las primeras señales de que nos encontramos ante el surgimiento de un César al frente de un movimiento aluvional cuyo objetivo es tomar el Estado por asalto: su ascenso es vertiginoso, pero ante todo, previsiblemente sorprendente. Es, siempre, una figura que viene del margen y llega con la marca de lo marginal. Se le toma por un mal chiste, hasta que es demasiado tarde. Sus arquetipos son Hitler y Mussolini.
En el principio era el verbo, dice la Biblia, porque el lenguaje es el espacio de encuentro con el semejante, el foro donde surge el logos. Pero el discurso autoritario es transgresor y soez. Es desaforado en el sentido de que hace estallar los límites del foro y se coloca fuera de él. Está poseído por la hybris y siembra la rabia y la ira entre los ciudadanos, que se entregan a odios irreconciliables. Todos hemos perdido amigos y familiares en la pesadilla que es la Venezuela de Chávez. Algo parecido está sucediendo en los EEUU y en Brasil. El locutor procaz genera una corte de exégetas que interpretan y relativizan sus desmesuras, las cuales –aseguran- no deben ser tomadas al pie de la letra. “Vean lo que hace, no lo que dice”, nos dijeron de Chávez; “no se lo tomen literalmente, tómenlo en serio”, nos aseguraron con Trump. Pero no son enunciados excluyentes. El nuevo profeta habla literalmente, y hay que tomarlo en serio porque va a hacer lo que dice.
En este sabotaje del pacto civilizatorio, el lenguaje se usa para deshumanizar y anatemizar a todo el que no esté con el líder, al otro. Los que nos oponemos al chavismo somos los “escuálidos”, unos “disociados” que constituimos el “excremento” y la “escoria” de la sociedad. Trump se burló de un reportero discapacitado, despreció el dolor de los padres de un soldado americano musulmán muerto por un coche-bomba en Irak, se jactó de ser un abusador de mujeres. The New York Times ha contabilizado 487 personas, lugares y cosas que ha insultado. Bolsonaro apoyó en el Congreso la destitución de la presidenta Roussef, dedicando su voto al oficial responsable de torturarla, y quiso humillar a una colega parlamentaria diciéndole que era demasiado fea para ser violada. El lenguaje del desafuero es el de la canalla.
Cada uno de ellos discrimina a la gente entre patriotas y antipatriotas: es el preámbulo a la guerra civil. La cual sucede inevitablemente, aunque sea en el plano simbólico. Pero de lo simbólico a lo real hay sólo un pequeño paso.

Al abandonar el espacio común del entendimiento el semejante es desterrado. Y con esto, también desaparece el referente. El límite entre verdad y mentira se difumina, porque para el cesarismo la diferencia entre ambos es irrelevante. Lo que importa es la sumisión. La palabra como instrumento de poder, y a fin de cuentas, como arma militar.
Por esto el autócrata en ciernes la emprende contra los medios de comunicación, todos acusados de propagar “fake news”. Que es precisamente lo que hacen los nuevos totalitarios y sus medios de comunicación en la era de la web social y de la democracia participativa real. Cuando Hugo Chávez abrió su cuenta en Twitter en 2010, hizo de Venezuela uno de los cinco mayores mercados en el mundo para esta plataforma, e inauguró la era del gobierno a través de 140 caracteres en tiempo real, marcando la agenda noticiosa con su omnipresencia 24/7. Por un proceso de desgaste, los medios de comunicación van cayendo, uno a uno. En Venezuela, han sido adquiridos por empresarios afines al gobierno “socialista”, neutralizados bajo amenazas, o cerrados. El llamado cuarto poder es fagocitado porque el cesarismo necesita una única representación que suplante a la realidad. Un pueblo de Potemkin epistemológico.
La implosión del lenguaje viene acompañada por la de las instituciones. Para estos proyectos, es imprescindible acabar con ellas, porque le ponen límites al discurso y al ejercicio total del Poder. Por lo tanto el Poder Ejecutivo aspira a someter al Legislativo y al Judicial. Lo primero que hizo Chávez fue convocar a una Asamblea Constituyente, la cual asaltó (literalmente, con la Guardia Nacional) al Congreso que le era adverso y preparó el camino para su reelección a perpetuidad. Las instituciones fueron progresivamente reemplazadas por una institucionalidad cautiva del Presidente. Algo de esto está sucediendo en EEUU, con la designación de jueces extremamente conservadores en los tribunales Federales y en la Corte Suprema al amparo de una mínima mayoría simple en el Senado. Estas situaciones se producen casi siempre en la zona gris de lo legal.
Todo nuevo gobierno tiene el poder de introducir nuevos temas y enfoques en la discusión pública, pero estos líderes van más allá: colocan enfoques marginales en el centro, haciendo de lo inaceptable y del tabú algo discutible y por lo tanto aceptable. Y la discusión será siempre en sus términos. Por ejemplo, Trump anunció hace unas semanas su intención de violar la Constitución para contradecir por decreto presidencial la 14va enmienda, que garantiza la nacionalidad a todos los nacidos en suelo americano. No cabe duda de que nadie puede cambiar la Constitución por decreto pero de pronto el país se encuentra discutiendo el carácter sagrado o no del ius solis como principio definitorio de la nación americana, y no el problema principal y desaforado del Presidente queriendo anular la Constitución. Algo similar sucedió con Chávez en Venezuela, donde la discusión se dio alrededor de si los detalles de la nueva Constitución eran democráticos o no, y no de la ilegalidad de la Asamblea Constituyente.
No sorprende entonces que Bolsonaro ya haya demostrado su disposición a cooptar al Supremo Tribunal Federal y acorralar al Congreso. De suceder, intentará que la discusión verse sobre detalles y justificaciones de tipo pragmático, y no los principios fundamentales de la República que estarán siendo violados, es decir, sobre los crímenes que con esto se estarán cometiendo. Ya se menciona el truco utilizado en Venezuela y otros países: aumentar el número de plazas en el Supremo Tribunal y rebajar la edad de jubilación de los magistrados.
La misma naturaleza de este tipo de liderazgo hace que la oposición caiga fácilmente en la disidencia estridente, desquiciada (unhinged, como la ha llamado Bob Woodward), maximalista y sin programa político. Que vea el árbol en lugar del bosque. Se refugia en los canales de noticias por cable y habla del nuevo rey todo el día. Es una posesión que los consume. Su crítica feroz y constante se vuelve irrelevante porque no tiene efecto. La desesperación la impulsa a salidas aventuradas, como en Venezuela. O al exilio y la muerte, cuando el régimen pierde capacidad de tolerancia. Sus rencillas internas son a veces más enconadas que la lucha contra el opresor. “Chávez los tiene locos”, se burlaban los chavistas; TDS, o Trump Derangement Syndrome, es el despectivo diagnóstico conservador para los críticos de Trump. Los bolsonaristas encontrarán su propia enfermedad mental para calificar a los opositores.
Otro rasgo común es el uso de la violencia y su glorificación. El saludo de Chávez era el puño izquierdo golpeando la mano derecha, y amenazaba regularmente con el uso de la violencia por parte de sus seguidores, en caso de no poder llevar a cabo sus planes “por las buenas”. Apenas asumió el cargo, grupos de choque tomaron las ciudades creando zonas “liberadas” en las que reprimían toda manifestación de disenso. En EEUU, Donald Trump no ha vacilado en aprobar actos de violencia de civiles contra quienes lo adversan, o contra periodistas. Las milicias americanas se hicieron visibles en episodios como el de Charlottesville, o usurpando funciones de policía migratoria en la frontera. Esta situación es promovida por el culto al porte indiscriminado de armas bajo el manto de un “derecho natural”. Y no otra cosa persigue Bolsonaro cuando quiere algo similar para Brasil, que tiene una vieja tradición de paramilitarismo. Estos grupos (y no importa que se autodenominen “colectivos” o “milicias”, porque son paramilitares a secas) son un ejército a la sombra que constituye una base de poder al margen del monopolio de la violencia por parte del Estado. El objetivo será el mismo que en Venezuela: hacer de las Fuerzas Armadas el brazo armado del partido de gobierno.
Hay diferencias importantes entre los tres países, sin duda. La primera es que Chávez vistió ropaje de izquierdas, algo que no pueden hacer Bolsonaro ni Trump, quienes provocan un mayor rechazo entre los temperamentos democráticos del mundo. Por otra parte, tanto en Brasil como en EEUU la oposición contra el autócrata es muy articulada y la esfera pública entiende muy bien la naturaleza del nuevo régimen que se quiere imponer. En ambos países las instituciones aparentan mayor solidez. Pero eso mismo creímos nosotros en Venezuela y nos tranquilizamos en su momento con la idea de que teníamos una tradición democrática que haría impensable una dictadura como las del Cono Sur del continente en los años setentas. Nos tocó presenciar boquiabiertos cómo esa tradición era demolida en cámara lenta.
Las instituciones son el punto decisivo y la diferencia fundamental. Si los venezolanos hubieran defendido sus instituciones Chávez no hubiera podido adelantar el proceso que a la postre significó la desgracia de nuestra nación. Pero más importante aún, las instituciones venezolanas, y quienes las representaban, le fallaron al país, por oportunismo, pusilanimidad o simple mediocridad en dos momentos fundamentales: al sobreseer los juicios a los militares golpistas del año 92, Chávez entre ellos, quienes han debido ser juzgados ante tribunales civiles por los delitos cometidos contra la República; y al permitir la convocatoria anticonstitucional a una Asamblea Nacional Constituyente en 1999. Los primeros tres años del chavismo gozaron del beneficio de la duda o el apoyo entusiasta. Pocas y solitarias voces se opusieron. Era un fenómeno nuevo. Ahora ya no hay esa mala excusa.
Jair Bolsonaro debe ser confrontado con toda la fuerza de las instituciones y la opinión pública ahí donde quiera violar la ley o cambiarla a su antojo. Nada puede ser más sagrado en estos momentos que la Constitución que Brasil se dio en democracia, en 1988, tras 21 años de dictadura militar. Los sectores reaccionarios de la sociedad van a lograr avances en sus aspiraciones, sin duda. Eso será amargo, pero mientras forme parte del juego democrático, tendrá que ser aceptado. Sin embargo, anular derechos básicos, como el derecho a la vida, o trastocar el Estado de Derecho y la separación de poderes, deben ser enfrentados con toda resolución.
Las experiencias con Chávez y con Trump nos enseñan que –más que un líder- es necesaria la unidad política en sentido amplio para luchar contra el totalitarismo y que por lo tanto es imprescindible moderar el protagonismo competitivo propio de un régimen democrático en funciones; también, que hay que saber escoger las batallas. La vida de la democracia depende de esto. Brasil ya sabe el futuro que tiene por delante. Basta con que se mire en el espejo de Venezuela.]]>

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