Opinión

La prosperidad ilusoria

La reducción del cupo de divisas para los viajeros es una nueva manifestación del agotamiento del modelo extractivista-rentista que pudo mejorar las condiciones de vida de las distintas capas de la sociedad venezolana con base en el reparto de la otrora abundante renta petrolera, pero que en esencia no alteró las relaciones sociales de producción. Pero ahora que los precios del petróleo se han desplomado y el país no cuenta con suficientes recursos, el gobierno está en aprietos para asegurar las importaciones esenciales, pagar la deuda externa y cancelar las indemnizaciones por expropiaciones.

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Venezuela es un país con un fuerte arraigo extractivista que depende en alto grado de la captación de una renta y no del esfuerzo productivo para generar el ingreso en divisas que le permita satisfacer sus necesidades. Gran parte de la renta que se obtiene de la extracción de petróleo y minerales se destina a importar lo que bien pudiera producirse internamente. Cuando hay abundancia de divisas el poder de compra externo de la moneda nacional tiende a sobrevaluarse y así resulta más barato y rentable importar que producir. Pero cuando cae la renta y no hay capacidad ni para importar ni para producir, reaparecen los problemas de escasez, acaparamiento y especulación que azotan a la población.

El principal obstáculo para superar esta falsa ilusión de riqueza y prosperidad es cultural. A este espejismo contribuye la certificación de 300 mil millones de barriles de petróleo que convierten a Venezuela en el país con las reservas de petróleo más grandes del mundo. La idea de que en cualquier momento se pueden recuperar los precios del petróleo brinda una ilusión de autosuficiencia y seguridad que exacerba la cultura extractivista-rentista y posterga los esfuerzos por construir un nuevo modelo productivo.

En Venezuela, la alternativa no petrolera ha girado en torno a la extracción a gran escala de minerales para elaborar insumos básicos, pero esto termina siendo la reedición del modelo extractivista, cuya esencia explotadora del ser humano y depredadora de la naturaleza no representa una verdadera opción. Sin embargo, sus defensores se empeñan en justificar el impacto ambiental y social a través de los supuestos beneficios económicos que la extracción y procesamiento de minerales genera. Pero al revisar la contribución de la extracción de minerales y las industrias básicas al PIB, al ingreso fiscal y en divisas, a la generación de empleo digno, estables y bien remunerados, vemos que es tan exiguo su aporte que ni siquiera puede ser utilizado como pretexto para mantener su actividad, toda vez que son más los daños ambientales y sociales que ocasiona, que los beneficios económicos que genera.

La ineficiencia energética que caracteriza a estas actividades industriales es una de las causas más importantes de la prolongada crisis eléctrica que todavía afecta a buena parte del país, particularmente a las pequeñas ciudades y pueblos que se ven sometidos a frecuentes e inesperados apagones. Un tercio de la energía hidroeléctrica que se genera en Guayana es devorada en procesos productivos cada vez más obsoletos e ineficientes, mientras que en los hogares venezolanos y centros productivos los frecuentes apagones y violentas fluctuaciones de energía funden los artefactos electrodomésticos, las maquinarias y los equipos, generando cuantiosas pérdidas y un creciente malestar.

Por si fuera poco, el extractivismo minero también genera un grave impacto sobre las cuencas o cabeceras de los ríos, particularmente el Río Caroní, que es justamente el de mayor potencial hidroeléctrico del país, en cuyo caudaloso curso están construidas las tres centrales más importantes que generan dos tercios de toda la electricidad que surte al país. Este potencial está seriamente comprometido por la sedimentación que genera la actividad minera, la cual tiende a aplanar la pendiente del río, debilitar su caudal y mermar así su potencial hidroeléctrico.

En el mundo de hoy, la riqueza y prosperidad auténtica de las naciones se sustenta en una actividad productiva cada vez más intensiva en la generación y uso de conocimientos científicos y tecnologías. Este cambio de paradigma está ocurriendo de manera acelerada y ya ha dejado sentir sus consecuencias en el agotamiento del modelo extractivista-rentista y de industrialización básica a través del cual se insertó a Venezuela en la economía internacional. Proveer minerales e insumos básicos a las grandes potencias industrializadas para que los transformen en productos de mayor valor agregado y luego nos los vendan a un precio mucho mayor no representa una verdadera opción de crecimiento y desarrollo para Venezuela. Esta realidad nos emplaza a una profunda revisión y ruptura con el modelo extractivista en sus versiones de capitalismo rentístico y neo-rentismo socialista, sobre los cuales ha cabalgado a lo largo de un siglo una recurrente promesa de prosperidad que, al derrumbarse los precios del petróleo, termina siendo una quimera, un desvarío, una ilusión

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