De niños reímos cuando tenemos ganas, preguntamos lo que no entendemos, lloramos cuando algo nos duele y jugamos sin preguntarnos si alguien está mirando. No pensamos demasiado, simplemente somos. Ese pequeño tesoro se llama autenticidad
Foto cortesía |Composición de imagen Alejandro Cremades
Hay algo que todos tenemos cuando nacemos y que, paradójicamente, al crecer, muchos pasamos buena parte de la vida intentando recuperar.
De niños reímos cuando tenemos ganas de reír, preguntamos lo que no entendemos, lloramos cuando algo nos duele y jugamos sin preguntarnos si alguien está mirando. No pensamos demasiado en cómo debemos parecer. Simplemente somos. Hasta que crecemos.
Entonces empezamos a descubrir que hay maneras de vestir, de hablar, de pensar y hasta de sentir que parecen más aceptables que otras. Poco a poco aprendemos a mirar hacia afuera para saber si estamos haciendo las cosas bien. Y sin darnos cuenta, comenzamos a construir una versión de nosotros mismos que muchas veces tiene más que ver con las expectativas de los demás que con quienes realmente somos.
Ese pequeño tesoro que dejamos atrás tiene un nombre: autenticidad.
Ser auténtico no significa hacer siempre lo que queremos, ignorar a los demás o convertir nuestras emociones en una excusa para actuar sin responsabilidad. Significa algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: vivir de acuerdo con lo que somos, con nuestros valores y con aquello que realmente nos importa.
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El problema es que vivimos en una época que parece premiar justamente lo contrario.
Las redes sociales nos muestran vidas aparentemente perfectas. El mundo profesional nos invita a competir, destacar y demostrar resultados. La sociedad nos propone modelos de éxito que muchas veces confundimos con felicidad. Y nosotros terminamos comparándonos con personas que ni siquiera conocemos.
¿Cuántas decisiones tomamos porque realmente las queremos y cuántas porque creemos que deberíamos quererlas?
Quizás estudiamos algo porque era lo que nuestra familia esperaba. Elegimos un trabajo por su prestigio, aunque no nos apasionara. Permanecemos en una relación por miedo a decepcionar. Compramos cosas para sentir que estamos avanzando. Buscamos reconocimiento y aprobación, mientras dejamos para después aquello que verdaderamente nos hace sentir vivos.
Y así podemos pasar años siendo exitosos en una vida que no necesariamente sentimos como nuestra.
Abraham Maslow lo expresó de una manera contundente: si llegamos a ser algo distinto de aquello que realmente podemos llegar a ser, difícilmente encontraremos la felicidad.
Por eso creo que una de las preguntas más importantes que podemos hacernos no es “¿qué quiero tener?”, sino “¿quién quiero ser?”
No se trata de renunciar a nuestras aspiraciones materiales. Tener una buena profesión, alcanzar metas, viajar, comprar una casa o disfrutar de los frutos de nuestro trabajo también forma parte de una vida plena. El problema aparece cuando el tener termina ocupando el lugar que debería ocupar el ser.
Porque podemos tener mucho y sentirnos vacíos. También podemos tener poco y sentir que nuestra vida tiene sentido.
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Ahora bien, la autenticidad requiere valentía. A veces significa decir que no cuando todos esperan un sí. Cambiar de rumbo cuando descubrimos que el camino que elegimos ya no nos representa. Reconocer que hemos cambiado. Dejar de intentar impresionar a quienes ni siquiera están pendientes de nosotros.
Y también significa hacer espacio para aquellas cosas que quizás no producen dinero, prestigio ni reconocimiento, pero que nos devuelven la sensación de estar vivos.
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Una conversación sin prisa. Una caminata. Un libro. La música. Una afición. El tiempo con quienes queremos. Aprender algo nuevo simplemente porque nos da curiosidad.
Quizás por eso los niños pueden enseñarnos tanto sobre autenticidad. Todavía no han aprendido a vivir pendientes de la aprobación de los demás. Su risa no necesita explicación y su curiosidad no necesita permiso.
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Los adultos, en cambio, tenemos que reaprenderlo.
Con los años he llegado a pensar que la felicidad no consiste en conseguir finalmente todo aquello que nos propusimos, sino en asegurarnos de que, mientras lo intentamos, no dejamos de ser nosotros mismos.
Porque de poco sirve llegar muy lejos si para hacerlo tuvimos que alejarnos de quienes somos.
Tal vez ese sea uno de los mayores desafíos de la vida adulta: cumplir con nuestras responsabilidades sin convertirnos en esclavos de ellas; escuchar a los demás sin dejar de escucharnos; aspirar a más sin sentir que lo que somos hoy nunca es suficiente.
La autenticidad no siempre será el camino más cómodo ni el más aplaudido. Pero probablemente sea uno de los pocos que nos permiten mirar hacia atrás y reconocer nuestra propia vida.
Por eso, si tuviera que dejarte hoy una sola pregunta, sería esta:
¿La vida que estás construyendo se parece realmente a la persona que eres?
Si la respuesta es sí, sigue adelante.
Y si no lo es, quizás este sea un buen momento para comenzar a recuperar ese pequeño tesoro que algún día tuvimos todos y que nunca debimos haber perdido: el valor de ser nosotros mismos.
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