Opinión

Una conversación llena de asombros (en torno a una entrevista a Freddy Bernal)

Quiero aclarar: mi texto no es una carta abierta. Aunque estuve pensando en escribirle una carta abierta a una carta abierta, y decir en esa carta abierta que entiendo esa necesidad de la gente de escribir, con todo su corazón, misivas íntimas a personas particulares que consideramos no están obrando bien en algo y que, para colmo, se comportan de manera testaruda.

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o entiendo, en estos tiempos sentimos una profunda necesidad de drenar la frustración y de hablarle además muy de cerca, cara a cara —metafóricamente— a aquellos que posiblemente nunca nos escucharán… aunque tampoco nunca nos leerán. Y en caso de que lo hicieran, los mocos se limpiarán. Con todo, en las cartas hay algo de reflexión, concordia y verdad. Suponemos quizás que la lectura meditada, silenciosa, profunda de una carta, llama a la deliberación virtuosa. Eso pensamos, eso creemos y buscamos retomar. La reflexión silenciosa, profunda… o algo así. Pero también, con esto de las cartas, digo que ya es hora de que rompamos una lanza por la originalidad. Cónchale, vale, qué fastidio con la moda de las cartas. De verdad. En la repetición del molde, en la colectivización de las formas y de las ideas, está una de las formas del mal. Y ojo, no es cosa nueva, ya Aníbal Nazoa, habló de las famosas cartas abiertas en un texto fenomenal. Acá un fragmento: «Si usted, apreciado lector, aspira hacerse escritor, antes que la novela o el cuento, le conviene estudiar a fondo la Carta Abierta. Porque no pasará mucho tiempo sin que usted se vea obligado a escribir una, por cualquier motivo».

Total que lo que escribo no es una carta abierta dirigida a Freddy Bernal. ¿A Bernal? Sí, resulta que el otro día me tocó escuchar a este señor por radio. Estaba yo trancado en el tráfico de alguna avenida caraqueña, afuera se eternizaba una hilera de personas a lo largo de un supermercado al que habían llegado algunos artículos regulados, y mi celular sonaba, pero yo no lo respondía, por miedo, claro, a que un malandro me tocara amablemente el vidrio con una pistola. Sí, todo esto pasaba mientras en la radio una periodista le preguntaba al señor Bernal si él, cuando iba a los mercados, hacía cola. Don Bernal, muy jocoso —muy jocoso siempre—, comentaba que él no, que no había hecho colas porque la verdad, para ser absolutamente sinceros, él no hacía mercado. La que hacía mercado era su esposa, y él no sabía si su esposa hacía cola; ella no se lo había dicho ni él se lo había preguntado. Le faltó decir: «No chica, hombre que se respeta no hace mercado ni le pregunta a su mujer cómo le fue durante el día». No lo dijo, ojo, el señor Bernal no dijo eso, él es incapaz de tal despropósito. Que quede claro que yo aquí juego a hacer un poco de ficción, usted sabe, soy escritor, pero además quiero ser algo jocoso, como lo fue don Bernal en la entrevista.

No obstante, para continuar con su defensa, debo decir que nuestro alegre entrevistado sí dijo que él a veces va a los mercados, claro que sí. Él va cuando se le antoja un «sancochito». Eso dijo. En esos días inspirados él asiste a los mercados —al de Guaicaipuro principalmente, me parece que contó— y compra sus verduritas y se las lleva a una finquita que tiene por ahí, pequeña, nada especial, un terrenito, tú sabes cómo somos los venezolanos, tú sabes.

Claro que sí, yo sé cómo somos los venezolanos, y sé que el señor Bernal es un hombre del pueblo patriótico revolucionario, que va al mercado a comprar verduritas para el típico y querido sancocho que con frecuencia se lleva a cabo en las finquitas que por tradición todos los venezolanos tenemos en alguna parte del país. Eso sí, ni papel tualé ni harina para las arepas el señor Bernal ha comprado. Nada de eso, las verduritas y ya. Para lo demás, está su señora.

En fin, hubo otras preguntas. Una tuvo que ver con el asunto de la inseguridad. El señor Freddy dijo entonces la cosa más sabia que nadie haya dicho en una entrevista: «Ese es un asunto complejo». Vaya cosa sabia, vaya profundidad. Es lo mismo que cuando uno de nuestros geniales analistas de oposición dice que el gobierno está en crisis. ¡Coño!, ¿de verdad?

El señor Bernal respondió que el asunto de la delincuencia era complejo y delicado, y que él había hecho un estudio de más de 1000 páginas y que se lo había entregado al ejecutivo, o a don Nicolás, o a quién sé yo.

Acto seguido, nos regaló un ejemplo insospechado. Como toda información que venga de alguien experto en la materia fue algo, justamente, que yo no esperaba, que yo no sabía. Bernal explicó que una de las causas de la criminalidad venezolana es la importación de estructuras criminales foráneas, como las maras hondureñas de Los Ángeles o los ejércitos colombianos del narcotráfico. Resulta que nuestros delincuentes venezolanos estaban de los más chéveres siendo como eran, así vernáculamente —folclóricos pues—, cuando cierto día alguien malévolo —no sé, CNN en español— les mostró los modelos foráneos de criminalidad y ellos, pobrecitos, se dejaron influenciar. ¡Caramba! Una vez más nuestros enemigos «foráneos» haciéndonos daño, tanto daño. Y olvídese usted de la miseria, el hambre y falta de educación. Toda esa batería de calamidades queda en segundo plano ante las maras.

Así, el señor Bernal —siempre más o menos jocoso— hablaba con la voz pulida de quien demuestra conocimiento de causa, pero además con el evidente tono de asombro de quien no puede creer el estado de espanto en que andan sumidos los aconteceres del orbe. Bernal sonaba tal como como la Chilindrina en El chavo del 8: «Nuestros criminales han tomado los modelos de las maras de Los Ángeles. Fíjate, fíjate, fíjate…». Sí, me lo imagino con ese tono y con los ojos abiertotes, mirando directamente a la entrevistadora, rampante en su sagacidad, como muchachito que recién descubre alguna extrañeza del mundo, o como el Chapulín Colorado (para seguir con Chespirito), que salta y declara orondo: «¡No contaban con mi astucia!».

El otro día le preguntaba a un admirado periodista que maneja muy bien la fuente de economía, si esta gente que dice gobernarnos se cree en serio todo lo que dice. No me supo responder, aunque creo que en el fondo quería decirme que sí, que sí se lo creen. Por ahí leo, en Internet, en cualquier página de esas que seguramente transmiten información falsa, que los niños y los adolescentes pueden llegar a ser grandes mitómanos. También leo que el mitómano es aquel que se cree sus mentiras… Pero ya va, ¿a qué viene todo esto del mitómano? No, nada, simplemente se me ocurrió. Hubiera podido ponerme a hablar de las propiedades de un buen sancocho y sería lo mismo. Soy yo, que soy loco, soy yo, divagando, contando una conversación amena —porque don Bernal fue siempre jocoso. Una conversación, he de confesarlo, llena de asombros y de aprendizaje. Yo siempre digo que uno aprende algo nuevo todos los días, ¿no? Mi próximo artículo, quién sabe, puede que vaya del sancocho.

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