Opinión

El temita ese de lojanalistas

Se puso de moda la palabrita: el momento electoral impulsó el uso de "lojanalistas" y mientras unos se divierten utilizándola, otros se preguntan si los incluye

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Lo que pasó fue que necesitábamos explicaciones, alguna luz para tratar de entender cómo y por qué habíamos llegado a este punto. La que parecía, con todo y sus defectos, ser la democracia más sólida de la región, de pronto se perdía, se resquebrajaban sus cimientos ante el avance de la voluntad de un hombre embriagado de poder pero lúcido en su plan de abarcarlo todo. Y empezamos a escuchar a los expertos, a los que creíamos que sabían, a esos que parecían tener las herramientas intelectuales para orientarnos en la época oscura y convulsa en la que lo que conocíamos mutaba hacia algo preocupante y que no lográbamos entender a pesar de que, en el fondo, se trataba de algo muy simple. 

Siempre existieron los analistas políticos, nada se ha inventado aquí. Hasta ese momento eran, en todo caso, comentaristas de la realidad en un sistema en el que la información fluía: los partidos tenían sus días fijos de dar declaraciones y lo que no se decía allí se destapaba más tarde en alguna tasca al segundo o tercer whisky.

En los diarios estaban esos personajes que cruzaban de una mesa a otra: hoy tomaban 12 años con adecos y copeyanos y mañana se lanzaban unos modestos JB con alguien del MAS. Todos meneaban los hielos con el dedo índice. Otros preferían las confidencias al amparo de un par de marroncitos. La vida era sencilla y así los reporteros tenían material para su página del día y los comentaristas podían hilar fino en sus elucubraciones.

El advenimiento del chavismo dinamitó esos puentes. Salvo casos muy puntuales, conveniencias de momento, los accesos al partido en el poder se acabaron y ya fue tarde cuando nos dimos cuenta. El país cambiaba y lo que tocaba era preguntar y preguntar para tratar de explicar lo que estaba pasando.

Y sí, el fenómeno Hugo Chávez: millones de caracteres deben haberse escrito para intentar abarcarlo, para alabarlo, para denostarlo, para glorificarlo y también para denunciarlo. Analistas con más calle que academia, periodistas, encuestadores, politólogos, columnas, reportajes, espacios en radio y televisión. Las editoriales casi dejaron a un lado la literatura para dar cabida como nunca antes a los libros que contaban lo que ocurría, lo que ya había sucedido, lo que podría venir de seguir por esta ruta. 

Todos mirando desde afuera. Unos más próximos a las fronteras del poder real, otros tratando de armar rompecabezas.

Algunos hubo, por supuesto, que lograron iluminar un poco: esto es así, esto es asá, el riesgo está aquí y está allá. Manuel Caballero, Fausto Masó, son nombres para no olvidar.

El país dividido, polarizado, con tuercas apretándose cada vez más y en ese afán por sumar fuerzas a la unión de los cada vez más débiles partidos de la democracia, muchos de los analistas del momento se contagiaron de un optimismo militante: esto se cae por su propio peso, el mercado y la economía impondrán sus leyes, esto es insostenible en el tiempo, la comunidad internacional no permitirá que…

“Chávez está técnicamente caído”, fue una de las estupideces más repetidas. Pura ilusión.

Escribo de memoria, generalizando mucho, quizás siendo injusto. Ya no importa. Recuerdo dos momentos: la jefa de la sección de política del difunto El Universal que al regresar de una concentración de calle del chavismo me preguntó –casi afirmando- si había poca gente y cuando le hablé de la multitud congregada soltó dos lágrimas y se dio media vuelta… Y el programa en Globovisión en el que me intentaron convencer de que el gobierno estaba débil de acuerdo a no sé cuáles argumentos de analistas y le respondí al famoso conductor que uno de nuestros problemas era que había mucho “anhelista” basando proyecciones en sus deseos personales y no en la realidad que se palpaba al salir del estudio de televisión. 

Fue, casualmente, la última vez que me invitaron al canal.

No quiero vender la idea de que yo era un avispado: también me convencí en algún momento de que Chávez estaba “técnicamente caído”. Muchos pasamos por eso. Porque costó entender que estaban dispuestos a todo con el único objetivo de mantenerse en el poder. Incluso gobernando sobre tierra arrasada. No les importaba otra cosa. 

Pero los “anhelistas” seguían en lo suyo, convencidos de que su misión era esparcir optimismo como candidato en campaña, fortalecer con su supuesta autoridad intelectual el trabajo de las fuerzas democráticas que intentaban sin éxito desalojar a una “revolución” que siempre los consideró enemigos que debían ser aplastados. 

Y vimos todo lo que vimos y lo que vivimos. 

El tiempo de lojanalistas

Ya con la continuación del chavismo encarnado en Maduro, tantos años después, irrumpieron especialmente en tuiter las voces de una nueva camada de analistas con más academia que calle y más libros que tascas, que encontraron en las redes su espacio natural para compartir observaciones sobre la complejidad política y social de vivir y haber crecido en la Venezuela empobrecida y lamentable que recibieron por herencia. 

Jóvenes, entusiastas, bien preparados, con método, se lanzaron a analizarlo todo: mira lo que dijo este, mírale la cara que puso, esta foto revela tal cosa, esta medida indica que la vaina va por aquí. Bien intencionados, muchas veces acertados, otras totalmente ingenuos; frescos, sin el cartón ni los vicios de los dinosaurios, capturaron la atención, resultaron interesantes y ganaron seguidores, likes, retuits, se hicieron sus espacios propios, aprovecharon las herramientas de las redes y hoy algunos de ellos se convirtieron en referencia para muchos y hasta los entrevistan de vez en cuando por Zoom. 

En paralelo, hubo quienes optaron por ser más radicales que Marta Colomina, la profesora que al menos se preocupaba por acumular datos para sustentar sus duras observaciones salpicadas constantemente por el uso de la palabra “rrrégimen”. Esos han ido más allá de los desplazados “anhelistas” que todavía arrastran sus bigotes en tarimas internacionales o en salones de Miami y Madrid. Esos entendieron el negocio de polarizar en las redes y algunos hasta decidieron que no importa mentir ni tergiversar porque el objetivo es viralizar. 

Otros encontraron un rincón singular a partir de la “oposición” que se inventó en alguna sala situacional de Miraflores. Son los “analistas” de esa mentira. Los analistas e “intelectuales” del chavismo siempre estuvieron, pero esta es una especie más reciente: disfraces que pretenden convencernos de que somos tan pendejos como para creer que adversan al gobierno y cuyo trabajo principal consiste en atacar de manera sistemática todo lo que se hace y dice desde la oposición, especialmente en este momento electoral.

También los hay que se proyectaron desde las redes sociales analizando y analizando pero con un objetivo escondido: conseguir contratos de asesorías, sumarse a algún lobby porque hay plata por ahí rodando y pendejos que creen que ciertas decisiones importantes se toman a partir de tendencias de tuiter. 

Y aunque sería necio negar la existencia de investigadores e investigadoras independientes, lo que abunda es la especie de analista que es más hincha y barrabrava. Y si no iluminas, si no esclareces y tu motor es una intención que ya casi ni puedes ocultar, entonces eres otra cosa.

Fan del cuento “Joselolo”, de Ángel Gustavo Infante, de la cuenta “El Correo del Guaire” y de cualquier intento divertido de reproducir en texto la oralidad urbana, comencé a englobar a los analistas de nuevo y viejo cuño bajo el término “lojanalistas”. Sólo por joder en tuiter. Sólo por no usar las comillas. Sólo por ensayar una manera de resumir el hastío ante tanto tuitero dando manija y ahora, cuando el clima electoral hace evidente las posiciones y chorrea los maquillajes, la palabrita inventada hace ya algún tiempo, pegó con fuerza. 

No sólo coronó, sino que el uso derivó en una etiqueta que se aplica hasta con una carga de ironía -en ocasiones innecesariamente violenta- sobre un grupo en particular en función de la posición política de quien la utiliza.

Y eso es lo que molesta: hay quien debe tener la conciencia de pertenecer al grupo de lojanalistas. Hay quien se pregunta si es o no es. Todos creen saber de quiénes se habla cuando ven alguna referencia a lojanalistas. Hay quien en su corazoncito alberga, quizás, un leve temor de ser uno o una de lojanalistas. Y la duda los mata: ¿he pasado tantos años estudiando, acumulando diplomas y pontificando para que ahora me identifiquen como parte de lojanalistas?

Mira, pues sí. Sonríe, ya casi eres un meme.

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