En un país que encabeza el ranking latinoamericano por el alto número de presos políticos, resulta un tópico ineludible para quien se mueve en la delgada línea fronteriza entre el periodismo comprometido con valores democráticos y la defensa de derechos básicos en el país. No es por tanto el primer artículo que escribo para exigir justicia por un venezolano detenido de forma arbitraria, pero sí es la primera vez que el apresado por el gobierno de Nicolás Maduro es una persona que forma parte de mi historial más personal.
Puedo recordar con exactitud el día que conocí a Carlos Correa, y la fijación de esa fecha tiene que ver con que fue nuestro primer día como estudiantes de Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello. Era 1 de octubre de 1983.
En un salón de primer año abarrotado, con más de 100 estudiantes, con Carlos tuvimos un primer acercamiento ese mismo día, cuando llovían las presentaciones de nuestros compañeros y compañeras de clase.
Ni éramos caraqueños, ni proveníamos de colegios de secundaria de renombre y ninguno de los dos tenía carro propio. Siendo parte de una suerte de periferia nos conocimos. Creo que dos o tres semanas después nos encontramos de casualidad en la hemeroteca de la Academia Nacional de la Historia, y estoy casi seguro que fue allí donde hubo la chispa genuina de la amistad, una amistad y compañerismo que me acompañaría en las siguientes dos décadas, hasta que fuimos tomando caminos divergentes en nuestras vidas personales y profesionales.
Tuvimos años de una relación inseparable, en aquella UCAB que paulatinamente dejaba de ser un colegio grande para ser una genuina universidad abierta a la discusión. Me eché al hombro las cajas con sus libros cuando fue desalojado de una residencia, luego solidariamente él me dio espacio en su apartamento cuando yo estaba escaso de fondos y no tenía para pagar un alquiler independiente. En segundo año, en las clases de radio con Javier Vidal, acuñamos “CoCa productions”, jugando con nuestros apellidos.
Ambos estuvimos sentados con Juan Carlos Navarro, hoy en el BID, escuchando su consejo de que fortaleciéramos nuestra capacidad crítica y salimos a inscribirnos en la carrera de Sociología en la Universidad Central de Venezuela, donde estuvimos un par de semestres hasta que nos corrió la larguísima huelga de 1986.
Fuimos, literalmente, de puerta en puerta de organizaciones sociales y fundaciones sin fines de lucro, para ofrecernos como voluntarios. No tuvimos éxito, pero nos conectamos con unos locos geniales que hacían encuentros maratónicos en diversos lugares del país y el líder de ese grupo escribía de manera infinita en papelógrafos pegados en las paredes de las salas de reuniones. Estuvimos en diversos lugares del país, encontrándonos con gente grande cuyo énfasis estaba en el proceso de discusión y no tanto en el resultado en sí.
Así anduvimos hasta que dos jesuitas nos vieron el potencial que no resultaba claro para otros. Hablo del recientemente fallecido José Martínez de Toda y de Jesús María Aguirre. El primero nos invitó a Radio Fe y Alegría, cuando la incipiente emisora funcionaba en el tercer piso de un colegio de monjas cerca del mercado de Coche. El segundo nos conectó con el Centro Gumilla y con el boletín Informa (la otra información), que se hacía en la Juventud Obrera Católica.
«Así anduvimos hasta que dos jesuitas nos vieron el potencial que no resultaba claro para otros. Hablo del recientemente fallecido José Martínez de Toda y de Jesús María Aguirre. El primero nos invitó a Radio Fe y Alegría, cuando la incipiente emisora funcionaba en el tercer piso de un colegio de monjas cerca del mercado de Coche. El segundo nos conectó con el Centro Gumilla y con el boletín Informa (la otra información), que se hacía en la Juventud Obrera Católica»
Con Carlos incursionamos en la radio, casi que vivíamos en la emisora; siendo jóvenes y atrevidos recorríamos el boulevard de Sabana Grande en la madrugada, íbamos a los cine foros de la Cinemateca Nacional con el inolvidable Peran Erminy, buscábamos ofertas de libros y éramos un equipo dentro de la UCAB.
Alcanzamos un alto grado de afinidad intelectual, algo que es muy difícil de lograr, escribir un texto a cuatro manos, donde cada quien redactaba un apartado y al unir aquellos textos sólo se sabía la diferencia entre una cosa y otra por el tipo de letra de nuestras respectivas máquinas de escribir portátiles. El trabajo final guardaba una increíble coherencia. Nos sentábamos tipo 10 de la noche con unas cervezas y nos zambullíamos en el texto, cuando algo nos generaba dudas lo discutíamos en caliente y seguíamos tecleando hasta el amanecer.
Hicimos una tesis de grado conjunta, publicamos nuestros primeros libros siendo coautores, compartimos mesa y vino. Gracias a Carlos y a su papá nació mi afición por la comida española que me acompaña al sol de hoy. Recuerdo al viejo cuando fui con Carlos a Puerto La Cruz, botando la casa por la ventana en uno de los restaurantes que manejaba la familia Correa entonces: «Traed una langosta, joder, no todos los días puedo comer con un amigo de mi hijo».
En una mesa del bar El Moderno, de La Candelaria, acordamos fundar Espacio Público en los días álgidos de 2002-2003. Luego decidí montar tienda aparte para dedicarme a la UCAB como investigador de planta a tiempo completo. En 2007, en una gira de intercambio para reunirnos con periodistas y académicos de Estados Unidos, nos tocó aguantar el aguacero de críticas de la izquierda light estadounidense que en nuestras caras nos decían oligarcas para restarle validez a las críticas que ya entonces Carlos y yo sosteníamos ante el avance autoritario del chavismo, en particular tras el cierre de RCTV. Pese a que no estábamos juntos en el día a día seguíamos teniendo una visión compartida del país.
¿Por qué digo todo esto? Básicamente para dejar constancia de que la amistad se demuestra, en verdad, en las horas difíciles. Carlos Correa, mi hermano, pasó a formar parte de la oscura estadística oficial de presos políticos, de personas detenidas de forma arbitraria en Venezuela. Si de alguien puedo dar fe es de él, de su compromiso con los valores democráticos y con la defensa irrestricta de los derechos humanos.