Viernes 5 am. Recibo un mensaje de un periodista europeo que pregunta “¿cómo están las personas en Caracas?” y que si nos estamos preparando para la guerra. Es un tipo serio, no está de joda. Le respondo que aquí nadie se está organizando para ninguna guerra, que a esta hora lo que hacemos es activarnos para llevar a los hijos al colegio. Se ríe, con un “ha ha ha”. Le suelto que los únicos convencidos de que habrá una invasión son los venezolanos en Miami y Washington (me faltó añadir Madrid).
“Y Maduro”, responde.
Sí, y es lógico. Le conviene estar convencido por muchas razones. Una, para sacar provecho de la situación y concentrar apoyos ante la amenaza. Otra, para no dar papaya.
Estoy a punto de aconsejarle al pana europeo que deje de meterse tanto en tuiter Venezuela, que se está contagiando. Pero la verdad es que ya no hay manera de escapar de las estrategias cruzadas de manipulación y de la locura colectiva. Por unos clicks, por unas interacciones se hace y se dice cualquier cosa. Y eso lo manejan bien en la única guerra verdadera en la que estamos inmersos: la psicológica.
Lo que primero parecía concentrarse solo entre los youtubers venezolanos en Florida y DC -incluyendo, por supuesto, a los periodistas que hoy andan como el Caimán de Sanare- y en canales de televisión que ya deben tener un directorio abultado de expertos retirados de la CIA, el FBI y cuanta agencia de seguridad real o inventada haya en Estados Unidos, hace rato que permeó a los medios más prestigiosos que -como todos- también necesitan clicks.
Esto es lo que uno ve: un diario de fama global publica que la invasión es cosa de pocos días, que eso está listo. Cientos de personas en X lo difunden, lo “analizan”, te lo explican porque tú no sabes leer o la pereza mental te impide hacerlo, extraen con pinza lo que les cuadre con su posición y dos o tres medios tan importantes como el primero hacen su propia versión de la historia para ganarse unos clicks con el trabajo de otros.
Si te tomas la molestia de leer la gran noticia urgente de última hora, te encuentras con un texto que repite más o menos lo mismo de siempre -ya sabes, el contexto- y que cita a dos o tres fuentes anónimas pero que están muy “familiarizadas” con la situación o que son tan cercanos a Donald Trump que ya pueden leerle la mente y no logran resistir la tentación de salir a contar el chisme.
Y eso se da como un hecho.
El ciclo se repite: un par de días más tarde, uno de los dos medios que citó al primero, publica su propia gran revelación con los infaltables personajes cercanos que nunca tienen nombre y que saben todo porque escucharon a Trump hablando dormido. Y esa gran revelación pasa por el mismo esquema de amplificación y manoseo. Y vuelta a comenzar…
La otra cara de la guerra psicológica es el machacante victimismo del lado del gobierno, una estrategia que combinan con desplantes retadores y la aplicación de porrazos selectivos. No te lo tengo que explicar mucho, ¿verdad?
Pero uno hasta podría decir que se están aburriendo un poco. Incluso relajándose. Ya marcharon, hicieron ejercicios militares, activaron a los milicianos, le dieron un uniforme a Fernando Carrillo, desplegaron armas en la costa de Vargas… ¿Y ahora qué más? Quizás de ahí el chiste de Maduro diciendo que ahorita en Estados Unidos es más famoso que Taylor Swift.
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Viernes, Una semana más tarde, vuelve a escribir el pana europeo. «¿Todo sigue igual por allá o ha cambiado algo?»
Respuesta: «Hermano, aquí lo que cambia todos los días son los precios».
«Dicen que el ataque será esta noche», se pone serio. Pero se ríe más tarde cuando le cuento que otro amigo dice que un montón de señoras vecinas lo tienen loco asegurándole que sí, que la cosa será en la noche.
El secreto de la gran potencia es chisme de Whatsapp en Caracas.
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Miércoles. 8:41 pm. Como ya sabemos todos, de aquella “inminencia” de la que hablaban, nada…
Hoy un reportero de ABC News se grabó en un video que sube y baja al vaivén del mar en algún lugar de la costa de Trinidad y Tobago. Intentando meterle emoción al asunto, el enviado a aquel rincón caribeño explica que ha podido ver uno de los famosos barcos de la marina estadounidense desde donde está e intercala un par de secuencias de la embarcación.
Es obvio que la nave de guerra está muy lejos. Tanto que ni siquiera se puede ver su identificación. En el video compartido por ABC News se observan unas pequeñas montañas detrás del reportero y el asunto se presta a confusión: ¿está tan cerca de Venezuela que se ve la costa? ¿Cómo llegó él tan mar adentro sin meterse en problemas o sin que le lanzaran un bombazo? ¿Y el barco de guerra?
No explica. Hace lo mismo que muchos: a partir de un dato -o de un hecho, en este caso- se lanza un recuento de todo lo que ha mandado Trump a este lado del mundo, de las tensiones y los blablablá. Es como si te leyera tuiter pero bajo el sol.
En realidad, hace ya varios días que Trinidad y Tobago anunció maniobras militares conjuntas con Estados Unidos. Y el buque, se lee en un periódico local, no es uno, sino dos. Y navegaban las aguas que dividen la fina frontera entre ambos países. Una imagen de satélite muestra a uno en un punto a 73 kilómetros de Venezuela y a 70 kilómetros de Trinidad. Te lo puedo decir también en millas náuticas, si prefieres: 45 de nuestra costa y 43 de T&T.
El destructor estaba por allá, en el golfo de Paria, y el reportero estaba mirando a buen resguardo desde Trinidad.
Cuando se anunciaron los ejercicios militares conjuntos, Maduro se quejó en público. Es lógico, cualquiera se quejaría. Se están paseando muy cerca. Y lo que es más extraño: al menos durante el día, los medios de la isla no parecían ni muy enterados ni interesados en las maniobras entre las dos fuerzas armadas.
Ese, en cualquier caso, no fue el tema que alimentó la dinámica de los titulares que tienen eco. Hoy la pauta la indicó la agencia EFE, con su titular asegurando que Maduro pidió dos años de plazo a Trump para salir del poder. ¿Qué?
En The New York Times, una nota firmada por tres personas desde Washington, dice lo siguiente: “Según estas fuentes, el Sr. Trump ha dado su visto bueno a los planes de la CIA para llevar a cabo operaciones encubiertas en Venezuela, las cuales podrían tener como objetivo preparar el terreno para futuras acciones. Al mismo tiempo, indicaron, ha autorizado una nueva ronda de negociaciones extraoficiales que, en un momento dado, culminaron con la oferta del presidente Nicolás Maduro de renunciar tras una demora de dos años, propuesta que la Casa Blanca rechazó”.
Se trata de un texto publicado el 18 de noviembre que se ocupa de las posibles opciones de evolución de la situación entre Trump y Maduro. Y más adelante dice: “Funcionarios venezolanos han comunicado a los estadounidenses que el Sr. Maduro podría estar dispuesto a renunciar tras un período de transición de dos a tres años, según fuentes cercanas al asunto. Cualquier demora en la renuncia del Sr. Maduro es inaceptable para la Casa Blanca”.
No hay certezas. No puede haberlas, obviamente. Y menos si todo se basa en fuentes anónimas. EFE sacó el dato de los dos años con pinzas y terminó convertido en titular de otros medios y en discusiones tuiteras. Primero fue que ofreció a la planta insolente del extranjero explotar las riquezas naturales. Y ahora que solicitó un par de años para poner sus vainas en orden antes de retirarse.
Imagínate tú.
Igual, siempre queda margen para la sorpresa: Maduro, el hombre que según X pasa las noches en vela aterrorizado, decidió que ya que iba a estar despierto, lo mejor era hacer una rumba en su cumpleaños: “El próximo domingo cumplo años. Están invitados el domingo al monumental, al gran concierto que vamos a dar. Lo vamos a llenar mucho más que estos que estuvieron el sábado. ¿Cómo se llaman? Vamos a meter más gente que Old School, que Karol G, y vamos a gozar más que ellos. Pero antes de ir al monumental, el 23 de noviembre, todos los vecinos, todas las vecinas, toda la juventud a votar en los centros electorales de los circuitos comunales”.
Marshall S. Billingslea -quien tuvo cargos en el Departamento de Defensa durante la primera presidencia de Trump- hizo algo que parece divertirle: posteó en X una foto del estadio Metropolitano.
¿Arruinó la fiesta? Ya veremos.