Opinión

María Corina, Trump y la obsesión por el Nobel

Un verdadero caballero rechazaría de forma cortés el ofrecimiento de María Corina de entregarle su medalla del Nobel. Pero no es el caso. El jueves se reúnen en Washington y ya veremos qué ocurre

maría corina
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Después de un gringo, otro gringo: luego de su reunión con el papa León XIV en el Vaticano, la próxima gran cita de María Corina Machado será con Donald Trump. Se creía que sería el miércoles de esta semana. Pero en la tarde de hoy, la Casa Blanca notificó a los medios acreditados que la cosa es el jueves 15 de enero. Es un momento importante para ella y su causa, pero también podría ser un encuentro que redimensione su figura de forma positiva o negativa: ¿cómo la va a tratar el veleidoso mandatario?

Ya hemos visto, por ejemplo, su actitud con Zelensky, un tipo que vive en un país en guerra contra una potencia y que de tanto en tanto ha tenido que aguantarse el muchacheo y la displicencia de Trump en su búsqueda de apoyo para que Ucrania no termine dominada por el autócrata Vladimir Putin. ¿Qué le espera a María Corina?

Para empezar, ¿Trump la recibirá en la Oficina Oval o le tiene destinado un escenario para visitantes de rango menor? El 31 de mayo de 2005, la venezolana conversó con el entonces presidente George W. Bush en el emblemático despacho, al que acudió como representante de Súmate. Se interpretó, por supuesto, como un respaldo al trabajo por la democracia desde la sociedad civil. A Hugo Chávez el asunto no le gustó en lo más mínimo, así que fue un buen punto para ella.

La lógica indica que el encuentro se produzca en la Oficina Oval. No hacerlo allí podría leerse como una mala señal. Y no hay excusa protocolar que valga: María Corina es premio Nobel de la Paz, cosa que -te guste o no- ya la reviste con el aura de personalidad relevante. Pero además, está el pasado reciente.

El 15 de febrero de 2017, durante su primer período, Trump, sostuvo una reunión en el despacho presidencial con Lilian Tintori, quien viajó a Washington en su campaña por la liberación de Leopoldo López. Marco Rubio y Mike Pence estuvieron allí. Y el 27 de marzo de 2019, Fabiana Rosales -esposa de Juan Guaidó- fue recibida en el mismo lugar y hasta con honores de «primera dama».

Eso, por no sumar a la lista la reunión de Joe Biden con Edmundo González el 6 de enero de 2025, en su condición de «presidente electo», porque ya se sabe del desprecio de Trump hacia todo lo hecho y dicho por su antecesor en el cargo.

Pero vamos a algo más: el adulante Gianni Infantino, presidente de una entidad de reputación tan cuestionada como la FIFA, desde 2018 se ha convertido en un conspicuo visitante del despacho oval… así que no podría concebirse el encuentro con Machado en otro espacio.

La medallita de María Corina

Con tanto problema serio por resolver parece un mal chiste el asunto del Nobel de la Paz. Trump está obsesionado, no hay otra manera de describir la situación. Su insistencia en que nadie en el planeta lo merece más que él, es un reclamo enfermizo y es también el mensaje de un requerimiento. A eso respondió María Corina ofreciendo entregarle su premio, compartirlo con él. Y le llovieron las críticas porque sus detractores -que son muy activos y no le pierden paso- lo calibraron como un gesto servil, lisonjero.

Jalabolas, en criollo.

El Comité del Nobel incluso asumió que debía advertirle públicamente que la decisión es la que es y la titular de este año fue ella y nadie más. Cosa innecesaria el pronunciamiento. Se tomaron de forma literal la expresión de su intención de compartir el galardón con Trump, que quizás en español puede ser entendida en su acepción más bien simbólica.

Pero, ¿realmente es simbólica? No hay intención aquí de asumir el papel de traductor de lo dicho por ella. Es casi un hecho que cuando se reúnan en persona por primera vez -ella en su CH, él con su corbata roja- María Corina le entregará la medalla del Nobel a Trump.

Es casi un deporte nacional -ya extendido por medio mundo- querer decirle a María Corina lo que debe o no hacer. Aquí va un aporte: en esta ocasión debería al menos tratar de hacer la aclaratoria acerca del simbolismo o si -por el contrario- para ella es un hecho que el premio debe ser oficialmente compartido, antes de que él se despache con su discurso petulante.

Porque, estemos claros, el Nobel oficialmente es de ella y la medalla puede colgar en su pared, en la casa de su hija o terminar exhibida en la oficina de Trump junto a, por ejemplo, el trofeo original del Mundial de Clubes que ganó el Chelsea y el «Premio FIFA de la Paz» que le entregó Infantino.

Un verdadero caballero rechazaría el obsequio con cortesía y le diría: «Eso es tuyo, te lo ganaste. Ya tendré tiempo yo de demostrar si lo merezco». Pero, vamos, es Trump. Estará encantado. Y en muchos medios y en las redes, a ella la van a despellejar. Y esto, que parece la mera ñoñería de un narcisista con poder, muy posiblemente determinará el ambiente y el ánimo del encuentro. Y con ello hasta el futuro papel de María Corina cuando se cumplan los planes de la transición gradual y lubricada por millones de barriles de petróleo o cuando -es la otra posibilidad- se quiebre la fructífera relación que hoy tiene Trump con su nueva mejor amiga en Caracas.

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