Opinión

¿Y ahora, quién podrá defendernos?

Cuando el peligro se cernía sobre los personajes de la famosa serie, resonaba el grito desesperado: “¿Y ahora, quién podrá defendernos?”. Era la señal para invocar al Chapulín Colorado, el héroe de antenas rojas creado por Chespirito. En la vida real, y así lo vivimos en Venezuela, no hay salvadores que aparezcan de la nada

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En la serie de mi infancia, que Venevisión repite en las tardes una y otra vez, con su martillo y su famosa frase “¡no contaban con mi astucia!”, el Chapulín Colorado llegaba al rescate entre tropiezos y situaciones cómicas. Sin embargo, como recordarán generaciones enteras de televidentes latinoamericanos, las cosas con él nunca salían bien del todo. Sus intervenciones, llenas de buenas intenciones pero marcadas por la torpeza y el azar, a menudo complicaban más el panorama antes de resolverlo de manera parcial y risible.

Esta invocación de un producto de la cultura de masas es, en el fondo, un recordatorio de que los salvadores externos prometidos rara vez cumplen las expectativas de manera mágica y efectiva.

No pocos venezolanos pusieron sus esperanzas en que el plan de Donald Trump era restaurar la democracia en nuestro país. Después de años de crisis institucional, autoritarismo y sufrimiento económico, la segunda administración Trump parecía ofrecer la posibilidad de un cambio estructural. La presión militar y diplomática estadounidense era interpretada por muchos como el empujón definitivo para acabar con el chavismo y abrir paso a un gobierno democrático legítimo.

La captura y extracción de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 pareció, en un primer momento, confirmar esas expectativas.

Sin embargo, una revisión atenta de los discursos y acciones de la Casa Blanca en los meses previos al 3 de enero revela una realidad distinta. La palabra “democracia” no estuvo presente de forma prominente en el discurso de Trump desde que comenzó la presión en agosto pasado con el despliegue naval y marítimo en el sur del Mar Caribe.

Claramente, el mandatario estadounidense hablaba de seguridad para Estados Unidos. Por eso debía atacarse al narco y garantizar la seguridad energética de la región. Los buques de guerra, las declaraciones oficiales y la estrategia comunicacional giraban en torno a la lucha contra el narcotráfico –vinculado al Cartel de los Soles– y la estabilización de suministros energéticos vitales para el mercado estadounidense y global.

Aunque muchos quisieron verlo de esa manera, no se trataba primordialmente de una cruzada por los valores democráticos, sino de una operación pragmática de seguridad nacional para Estados Unidos.

Lo que se ha vivido desde el 3 de enero, con la cinematográfica captura y extracción de Maduro hacia Estados Unidos para enfrentar cargos por narcoterrorismo, y el subsiguiente giro de realpolitik que han tomado los acontecimientos con el inesperado entendimiento entre Trump y Delcy Rodríguez, ratifica plenamente lo que ya hemos dicho en texto anteriores en El Estímulo: nadie vendrá a salvarnos.

En columnas previas a estos eventos y en análisis posteriores, se ha advertido sobre los peligros de depositar expectativas desmedidas en actores externos. Los hechos recientes, incluyendo el reconocimiento formal por parte de Washington del gobierno encabezado por Delcy Rodríguez, confirman esa tesis con una claridad dolorosa.

Trump, como cualquier otro mandatario extranjero, vela en primer lugar por los intereses de su nación. Los líderes que se embarcan en misiones altruistas para restaurar democracias en el mundo pertenecen o bien a otra época histórica, como en ciertos momentos de en la segunda mitad del siglo XX, o simplemente existen en las películas de Hollywood.

La historia está repleta de intervenciones que, bajo banderas nobles, escondían cálculos geopolíticos y económicos. En el caso venezolano, el pragmatismo ha prevalecido. El acercamiento de la Casa Blanca con los herederos del poder en Miraflores responde a objetivos concretos: control de flujos migratorios hacia la frontera sur estadounidense, acuerdos en materia petrolera que alivien presiones globales de energía y colaboración en la lucha antidrogas. La realpolitik ha desplazado escenarios de redemocratización que pasan por unas elecciones inmediatas.

En este momento, tras el reconocimiento de Trump del gobierno de Delcy Rodríguez, y lo que implícitamente significa -que no tendremos elecciones competitivas y transparentes a la vuelta de la esquina- el desafío para los venezolanos es cómo ser partícipes activos de una redemocratización que no parece prioridad ni para Washington ni, obviamente, para quienes controlan actualmente el poder en Miraflores.

Esto nos lleva a otra tesis que se ha comentado aquí con insistencia: una eventual transición a la democracia no le será regalada o servida en bandeja de plata a los venezolanos.

En este contexto, cobra especial relevancia el rol de María Corina Machado. Ella por sí sola no podrá defendernos o salvarnos como sociedad, ciertamente, pero su liderazgo puede ser catalizador o movilizador como lo demostró en 2024. Pero es necesario que la premio Nobel de la paz salga de los salones de Washington y reenfoque con urgencia su agenda y estrategia.

En este tiempo, Machado deberá caminar por el filo de la navaja utilizando su voz y su liderazgo carismático para nuclear un gran amplio frente por la democracia. Este esfuerzo debe ir mucho más allá de las estructuras de Vente Venezuela. Se trata de reconstruir un tejido político, social y gremial amplio, inclusivo y diverso, cuya bandera central sea la redemocratización de Venezuela.

Es imperativo incorporar a partidos de la oposición tradicional, movimientos ciudadanos independientes, sindicatos, gremios empresariales, organizaciones de derechos humanos, universidades, iglesias y sectores de la sociedad civil que han permanecido fragmentados o escépticos.

En este proceso, Machado debe evitar a toda costa la discusión estéril (en este momento) sobre candidaturas y postulaciones personales. El núcleo central debe ser activar la voz y la movilización social en pro de elecciones libres. Se trata de exigirlas y demandarlas por vías estrictamente pacíficas, haciéndose oír de manera constante tanto dentro como fuera de Venezuela.

La presión internacional es importante, pero no determinante. Lo que ocurra en Venezuela no dependerá de un Chapulín Colorado que mágicamente aparezca a defendernos, esto tendrá lugar con una base social movilizada y articulada dentro del país, aprovechando la ventana actual en la que se percibe cierta flexibilidad en un aparato represivo que se sabe observado desde Washington.

Manifestaciones pacíficas de cualquier dimensión, foros ciudadanos, campañas comunicacionales y alianzas gremiales deben converger en un reclamo unificado: calendario electoral claro, observación internacional creíble y garantías para todos los actores. Machado debe ser parte central de esto, pero no con la bandera de que tal cosa ocurra porque ella merece ser candidata, sino porque con su liderazgo puede movilizar a la sociedad para unas elecciones libres, que, si ocurren, ella debería poder participar libremente.

Y a fin de cuentas, no será un Chapulín Colorado el que vendrá a darnos la democracia. Como sociedad nos toca seguir demandándola desde cada espacio posible. La experiencia histórica muestra, a partir de otras transiciones democráticas en el mundo, que los cambios duraderos nacen de la combinación entre presión interna sostenida y condiciones externas favorables, pero nunca solo de estas últimas.

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