Opinión

La normalidad que queremos

"Normalizador" se convirtió en un insulto, en una acusación, pero dándole la vuelta al término, aspiremos a la normalidad, a tener un país donde sea normal que el agua llegue por las tuberías

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normalidad
Foto: Daniel Hernández

Normal es lo habitual, lo ordinario. Una cosa es normal, se dice, cuando se halla en su estado natural. Es lo que leo en el diccionario. Normalidad es la “cualidad o condición de normal”. Lo contrario de normal es anormal y lo contrario a normalidad, obvio, anormalidad.

Si algo no ha sido y no es la vida venezolana de estos años es, precisamente, normal. Y creo que la mayoría de nosotros quiere que lo sea, que nuestra vida se normalice. Acaso las excepciones a ese deseo colectivo, abrumador, de cambio sean las minorías que se beneficia de la anormalidad, sea porque se lucran o porque se aprovechan. No es mi caso y tampoco el de la gente que conozco y trato.

Encuentro raro, anormal, si se me permite, que como secuela de la colección de anormalidades a las que vamos acostumbrándonos, “normalizador” se haya convertido en insulto, sinónimo de “colaboracionista” que equivale a cómplice, como les decían, por ejemplo, los franceses a sus compatriotas que colaboraban con los nazis o al mismo gobierno en Vichy del Mariscal Petain, héroe en la Primera Guerra y títere en la Segunda, tutelado por el invasor extranjero.

Para ser “normalizador” no basta ser partidario de la normalidad, hay que tener el poder para imponerla y aquí, más allá de la declaración, los actos de real o presunta intención normalizadora por parte de los que mandan, que sí los ha habido, me parecen insuficientes, sumamente cautelosos e invariablemente mirando para los lados, con los que parecen tener más cuidado que con la acera del frente.

No dudo al decir que como venezolano aspiro a la normalidad. Y eso ¿qué es? Pues me conformaría, por ejemplo, con que se cumpliera la Constitución que es la regla de lo normal en cuanto a funcionamiento del Estado y a la relación de éste con los ciudadanos y que cuando no sea así, o a uno le parezca que no es así, haya una instancia para reclamar o buscar justicia.

Normal sería que los estudiantes de nuestras escuelas y liceos tuvieran clase cinco días a la semana y los docentes una remuneración digna de la importantísima labor que les encomendamos. O que los hospitales pudieran atender a los enfermos decentemente y que no hubiera que esperar meses, o más, por una cirugía. Y que no tuviéramos, en este país, déficit de maestros y de médicos. O que no fuera noticia que por fin salió el Boletín Epidemiológico, porque la publicación de estadísticas públicas en general se ha convertido por rara, en anormal. Normal sería la vacunación de todos en todos los establecimientos educacionales, como por cierto recuerdo haber vivido en mi infancia. Normal sería que las universidades públicas tuvieran el presupuesto que necesitan y que no dependieran de créditos adicionales para su gasto ordinario, es decir normal.    

Normal es que usted abra el grifo y salga agua, anormal es que nunca sepamos si va o no a haber agua ni cuándo llega. Y que además sea potable, inodora, incolora e insípida. Normal es que el servicio eléctrico sea constante no intermitente, con zonas con apagones, con racionamientos sin transparencia o con varias horas cada día sin luz. Para que la nevera funcione y no se dañen los alimentos que caro costó comprar, para ver televisión y usar internet normalmente. Para que pueda haber industria, comercio, agricultura. Normal es que haya una moneda y no varias: la divisa, el bolívar, la del cambio BCV, la otra y la “promedio” que tampoco es una sola porque depende de quién calcule. Y así, la lista es larga. El trabajador y el empresario, el productor y el consumidor, en el campo y la ciudad, en la capital y en las regiones, en cada ámbito de nuestras vidas hay una normalidad que aspiramos.

Y en cuanto a la vida cívica, democráticamente normal sería que no hubiera presos políticos ni exiliados, que el poder público tuviera, de verdad, a plenitud, la distribución territorial y la separación funcional y la autonomía que corresponden. Que nos podamos informar libremente de lo que pasa y expresarnos sin miedo a represalias. Que todos podamos organizarnos con libertad para la participación política, social, económica e incluso vecinal porque condicionarla es arbitrario y además, inconstitucional. Que cuando un gobernante o un partido nos parezca que lo hacen bien podamos votarlos y si no que podamos libre, pacíficamente cambiarlos por otros y que nuestra decisión se respete. Sabemos que eso es posible e incluso mejor, porque lo mayores recordamos haberlo vivido.

Esa es la normalidad que yo aspiro. No sé si eso sea ser “normalista” como antes eran los maestros, o normaliano que es palabra inexistente en el idioma. Normalizador no soy, pero quisiera y podré ser cuando, como ciudadano participe, vote y decida. Entonces tendré mi nosecuanmillonésima alícuota de poder normalizador, como deseo.   

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