Si este 19 de julio, al ser Argentina derrotada por España, hubo respeto y ovación, hubo historia, el 7 de julio cuando lloré con Messi las cosas fueron distintas. Ese martes, en los octavos de final, Argentina estuvo a punto de quedar eliminada ante Egipto. Un equipo que, en el papel, no debería haber supuesto una amenaza existencial para el campeón defensor. El partido fue angustioso, sucio, lleno de imprecisiones y de momentos en los que el balón parecía negarse a entrar.
Egipto, bien plantado, contragolpeando con velocidad y aprovechando los espacios que dejaba una Argentina que ya no era la misma de Qatar 2022, llegó a ponerse 2-1 arriba en el minuto 78. El estadio contenía la respiración. Messi corría con la cabeza gacha, buscando una jugada que le era esquiva.
Poco antes de que el árbitro pitara el final del tiempo reglamentario, Argentina empató 2-2 gracias a un gol de Julián Álvarez en el minuto 87. Se fue a la prórroga. En el minuto 112, Messi recibió un pase largo, controló de espaldas, giró y habilitó para lograr el 3-2 definitivo. El estadio explotó. Messi, en cambio, se derrumbó.
Se quedó de rodillas en el césped, con las manos en la cara, llorando. No era alegría desbordada. Era alivio. Era el llanto de alguien que, por unos minutos, vio cómo su despedida del Mundial podía convertirse en una tragedia pequeña y cruel: eliminado en octavos por un equipo que, en cualquier otro contexto, habría sido un trámite.
Ese día lloré con Messi. El Messi que rompe en llanto ante el alivio de haber evitado la derrota.
Perder en una final, aunque duela, tiene una dignidad, un aliento. Se pierde ante el mejor, ante un rival a la altura de la historia que uno está escribiendo. Pero perder ante Egipto en octavos de final, después de haber defendido el título durante cuatro años, habría sido una herida distinta. Más difícil de explicar y procesar. Lo sabía Messi y lo sabían millones de hinchas.
Durante varios minutos, mientras el plantel argentino festejaba por el triunfo, Messi permaneció arrodillado. Algunos compañeros se acercaron a abrazarlo. Él seguía llorando. No era solo por el partido. Era por todo lo que ese partido casi le robó: la posibilidad de despedirse con un mínimo de grandeza.
Ante España, Argentina perdió 1-0 en el tiempo suplementario. Fue un partido duro, intenso, pero nunca humillante. Los jóvenes españoles que marcaron la diferencia —varios de ellos formados en Barcelona— jugaron con una mezcla de respeto y ambición. Crecieron viendo videos de Messi, del Messi que universalizó su fútbol con la camiseta del Barcelona FC.
El fútbol, a veces, es generoso con los grandes. No siempre los deja marcharse cuando quieren, pero al menos les permite marcharse cuando aún queda algo de la imagen que construyeron durante años. El 7 de julio, Messi estuvo a punto de perder ese derecho. El 19 de julio, aunque perdió la final, al menos pudo caminar hacia el vestuario sabiendo que su último partido en un Mundial no fue una humillación, como pudo haber sido una derrota ante Egipto.