Opinión

¿Qué tienen en común los terremotos en Venezuela y un pez gigante japonés?

En Occidente, ante un terremoto buscamos en lo moral, en la culpa. En Japón, es un evento sin ego: es la Tierra | Por: Sebastián Lodato

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El martes 28 de julio, el sur de Japón fue sacudido por un fuerte terremoto de 6.8 grados. Siendo que esta nación registra alrededor de 1500 sismos perceptibles al año (y si sumamos aquellos que no «siente» la población, la cifra puede que esté cerca de las decenas de miles), sorprenden testimonios como el de Hiroko Ogata: «He vivido aquí 75 años, pero nunca había experimentado un terremoto tan grande. Pensé que iba a morir».

Sorprende aún más que el evento solo haya dejado 34 fallecidos y las construcciones apenas afectadas. La excepción fue un centro comercial, que no «tumbó» el terremoto, sino una explosión posterior.

Esa semana estuve visitando 4 provincias japonesas distintas y tuve la oportunidad de ser testigo del gran contraste que hay entre la gestión personal y social de este tipo de fenómenos por la población nipona y la venezolana. Lo percibido en la calle fue una sutil preocupación generalizada acerca de lo sucedido y una confianza en la resiliencia de los sistemas sociales y materiales que llevan cientos de años, sino milenios, construyendo.

Para contextualizar, en las primeras horas ya había 4.500 funcionarios desplegados, reportes en vivo de lo sucedido y más de 400 centros de evacuación abiertos. La logística para esto ya estaba preparada desde hace años, porque aquí los sismos no son retaliaciones de la madre naturaleza que ocurren cada vez que «se harta de nuestros pecados», como si fuéramos su centro. Aquí son aceptados como parte de los ritmos naturales y cíclicos de los que formamos parte.

Como dato curioso, logré conversar largo y tendido con un nacional mexicano al respecto y me sorprendió la riqueza de conocimientos que construyeron luego de 1986. Hablan de lo que hay que hacer cuando ocurre un sismo con la misma cotidianidad con la que alguien explicaría una dirección de su barrio o alguna receta culinaria.

Habría que estar viviendo como ermitaño para no saber que los terremotos experimentados el pasado 24 de junio figuran como un punto y aparte en la historia de desastres de Venezuela. Ante la tragedia, salieron a flote diferentes interpretaciones sobre el origen y motivaciones más allá de la ciencia. Unos dijeron que fue un castigo del dios cristiano por el auge de prácticas religiosas alternativas; otros, que debía ser una señal de que el país se estaba “limpiando las malas energías” acumuladas durante los últimos 27 años.

A lo largo de la historia, desde Occidente, se han propuesto diferentes puntos de vista sobre el origen de este tipo de fenómenos, haciendo alusión a un castigo divino u otro análisis donde la humanidad es el ombligo del mundo.

Luego del terremoto de Caracas de 1812, ocurrido en Jueves Santo, numerosos sacerdotes lo interpretaron como un castigo divino por la gesta independentista. Desde los altares se llamó al arrepentimiento y se presentó el desastre como una advertencia de Dios. En ese contexto cobra sentido la célebre frase atribuida a Bolívar: «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca», como una respuesta a esa interpretación religiosa.

Ahora bien, si tuviéramos que llamar a un grupo humano que nos asesore en este tema, uno que haya convivido con los sismos desde que existe como civilización, con edificaciones milenarias que hayan sobrevivido cientos de terremotos, ¿a quiénes llamaríamos? Exacto. Al país del sol naciente.

Los primeros registros escritos de terremotos en Japón datan del siglo VII, en el Nihon Shoki (720 d. C.), pero la evidencia geológica muestra que las islas japonesas han experimentado grandes sismos y tsunamis durante miles de años. Generaciones enteras nacieron, vivieron y murieron sabiendo que, tarde o temprano, la tierra volvería a temblar.

Más allá de su indiscutible liderazgo tecnológico en cuanto a sismos, los japoneses son reconocidos por conservar, al mismo tiempo, una conexión fuerte con las tradiciones, ritmos naturales y espirituales. Caminando por Tokio, en medio de la selva de concreto más imponente, puedes encontrar a la vuelta un templo milenario. Y no hablo solamente de atracciones turísticas, sino de espacios comunitarios que conectan de vuelta con esas dimensiones.

En ese sentido, la explicación más famosa de los terremotos en Japón gira en torno a un enorme pez gato gigante llamado Namazu. Según la tradición, vive en las profundidades de la Tierra, bajo las islas de Japón. Es una criatura tan inmensa que cuando mueve la cola o se retuerce, la superficie del país entero tiembla.

Pero Namazu no es libre. El dios Kashima tiene la misión de mantenerlo inmóvil. La historia dice que mientras Kashima permanezca vigilante, Japón estará en calma. Pero cuando el dios se distrae, se ausenta o afloja, Namazu aprovecha para agitarse violentamente, provocando terremotos.

Aquí hay una diferencia crucial. En la visión cristiana, el terremoto tiende a interpretarse como un acontecimiento con un significado moral: un castigo, una advertencia o un llamado al arrepentimiento. En la tradición japonesa, y en buena parte de los pueblos originarios de América, aunque también existen explicaciones más allá de la ciencia, las fuerzas naturales se representan como inherentes al equilibrio natural del mundo, una manifestación de una fuerza que no puede ser controlada.

Esto nos lleva a la raíz de la diferencia entre ambas respuestas.

La primera gran diferencia está en el origen y la culpa. En Occidente, el terremoto es un evento moral. La culpa recae sobre el ser humano. Si tiembla, es porque algo hicimos mal o nos desviamos. Esto genera una respuesta de introspección culpabilizadora: «¿qué hicimos mal? ¿Cómo nos arrepentimos?».

En Japón, en cambio, el terremoto es un evento sin ego. No es culpa nuestra. Es la Tierra expresándose: «La Tierra se movió porque esa es su naturaleza».

Por eso en Occidente el foco primario es indagar qué debemos hacer como humanos para que no vuelva a pasar, y en Japón, lo primero es pensar en ajustes en nuestra relación con la Tierra. No se trata de cambiar, sino de repensar nuestra relación con el planeta, estar preparados con arquitectura material y social para ser resistentes y resilientes a este tipo de episodios. Aprenden a construir casas que bailen y a entrenar a la población para evacuar en segundos.

Y ahí aparece la paradoja más interesante de todas. Japón es el país más tecnológico y preparado del mundo para los terremotos, pero también es el que mantiene vivo el recordatorio emocional del pez gigante. Esto no es una contradicción. Es una doble capa de protección.

La capa moderna, la científica, les da el control físico: detectan ondas, cortan trenes y construyen ciudades antisísmicas. Y Namazu les recuerda que el control es ilusorio. El pez es tan grande que ningún edificio puede detenerlo del todo. Y es esa aceptación la que les permite construir mejor, porque no enfocan su atención en preguntar un «¿por qué?» que lleva a la culpa, sino en prepararse para el «cuándo».

Quizá lo que nos falta a los occidentales modernos, no es más tecnología ni más rezos. Lo que nos falta es entender que la Tierra no nos juzga, solo se mueve. Y que luchar contra ella, como dijo Bolívar, es una batalla perdida. Lo que debemos es aprender a vivir en sincronía con ella. Ya lo hemos hecho antes: hay grupos humanos que lo siguen haciendo y tarde o temprano nos tocará a nosotros también. -Por: Sebastián Lodato, sociólogo

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