Política

Delcy Rodríguez y su 13 de abril

Si tuviese que escogerse una fecha como punto de inflexión en el “nuevo momento político”, tal como definiera la presidenta encargada Delcy Rodríguez a la Venezuela post-Maduro, esta sería el 13 de abril de 2026. No sólo fue la conmemoración del regreso al poder de Hugo Chávez en día similar de 2002, sino la puesta escena propia que parece alejar una eventual transición en el país

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delcy rodríguez

La presidenta encargada Delcy Rodríguez no sólo dio un discurso para conmemorar el retorno a Miraflores de Hugo Chávez el 13 de abril de 2002, sino que la puesta en escena, el tono y los símbolos que desplegó, ayudan a caracterizar una suerte de giro dentro del nuevo momento político: más que una tecnócrata, como se suele caracterizar a Rodríguez en los círculos de poder en Washington; ella mostró su garra chavista y al hacerlo aleja el escenario de la perspectiva de que en Venezuela vaya a ocurrir una apertura democrática.

El acto de este lunes en Caracas, convocado por el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) para celebrar el Día de la Dignidad Nacional y el Día de la Milicia Bolivariana, no fue una rutina protocolaria más. Fue un ejercicio deliberado de reconexión con el legado de Hugo Chávez, un alejamiento relativo del madurismo y una reafirmación del núcleo duro del modelo político-militar que la propia Rodríguez había intentado matizar en sus primeras semanas de gobierno.

En sus primeros cien días como mandataria proyectó una imagen de pragmatismo y apertura: mensajes a la nación en los que reconocía la catástrofe económica, hablaba de “reconciliación” y aparecía vestida con blazers azules o blancos, colores que en la narrativa mediática se leían como señal de moderación. Washington la veía —o quiere verla— como la figura capaz de desmantelar gradualmente el madurismo sin romper del todo con el chavismo. Ese mismo 13 de abril, sin embargo, Rodríguez dio un giro visible y audible.

La vestimenta no pasó inadvertida. En lugar de los trajes azulados de corte formal y taller que había usado en actividades públicas a lo largo de este 2026, símbolo de la “nueva era”, la Delcy Rodríguez apareció con atuendo rojo predominante y un estilo más cercano al obrero-militar: boina, camiseta roja y encima una camisa arremangada; junto a esto un porte más en sintonía con la era Chávez.

El discurso mismo reforzó esa reconexión. Delcy Rodríguez rememoró con detalle los días 11, 12 y 13 de abril de 2002: el golpe, la resistencia chavista y el retorno de Chávez. Citó profusamente al “comandante eterno” y describió el 13 de abril de 2002 como “una verdadera fiesta democrática” en la que el pueblo y la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) actuaron juntos. El eje narrativo no fue la continuidad del último gobierno (el de Maduro, del que ella fue parte), sino el regreso a las fuentes chavistas de 2002.

Fue, en esencia, un intento de legitimarse no desde el madurismo —asociado al colapso de la vida nacional en todos los ámbitos-, sino desde el Chávez originario, aquel que aún conserva mayor capital simbólico entre sectores populares y militares.

Este giro retórico contrastó abiertamente con el llamado a la “convivencia” que la propia Delcy Rodríguez había lanzado semanas atrás. El 13 de abril su tono se endureció. Insistió en la “fusión cívico-militar-policial” como eje de la estabilidad nacional y afirmó que, con esa unión, “nadie podrá vencerla”. La reivindicación del modelo militar-policial fue explícita: la FANB y los cuerpos de seguridad no aparecieron como un actor más del Estado, sino como su columna vertebral.

Por otro lado, la ausencia de autocrítica fue absoluta. Rodríguez reconoció la gravedad de la crisis pero atribuyó la responsabilidad a las sanciones estadounidenses. A fin de cuentas, todo es culpa de las sanciones, es tal la tesis central en su discurso. El relato oficial sigue siendo el mismo de cuando Maduro estaba al frente de Miraflores.

Esa narrativa, aunque necesaria para mantener la cohesión interna del chavismo duro, choca con la imagen de “cambio” que Rodríguez había intentado construir para negociar con la comunidad internacional, y especialmente con Estados Unidos y la Unión Europea.

Y la guinda del pastel, en esa jornada, fue el anuncio con la designación del general en jefe Vladimir Padrino López como nuevo ministro para la Agricultura Productiva y Tierras.

Padrino, figura central del madurismo durante más de una década y rostro visible de la represión según los informes de la Misión de Determinación de los Hechos de la ONU, había sido removido del Ministerio de Defensa apenas un mes antes, en marzo de 2026, como parte de la “reconfiguración” que buscaba diluir la herencia directa de Maduro.

Su regreso al gabinete, sin experticia en el tema agrícola, no puede leerse como un detalle administrativo. Su reincorporación sugiere que Delcy Rodríguez, a pesar de sus gestos iniciales de apertura, no puede prescindir de los tótems del poder del chavismo. La presencia de Padrino en el gabinete envía un mensaje claro: el núcleo militar sigue intacto, no habrá investigaciones ni castigos.

El mensaje final parece ser este: la estructura de poder militar-policial no se toca.

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