Un fantasma anticipa el fracaso de las negociaciones pautadas para el 1 de agosto. Es simple aritmética: a la mesa le falta una pata. Si nos vamos a la historia reciente, en tanto, el país arrastra un récord de negociaciones fallidas que se resumen en la falta de voluntad de quienes ocupan el poder para allanarse a un nuevo esquema institucional
Esto es lo que nos dicen las encuestas de los últimos meses: si las elecciones presidenciales se celebraran el próximo domingo, María Corina Machado ganaría de forma contundente. En sondeos recientes, aparece posicionada como la figura con mayor apoyo espontáneo en un abanico abierto de opciones. Para una mayoría de venezolanos, según esos estudios de opinión, Machado es hoy la principal referente político del país.
Sin embargo, este domingo María Corina y Edmundo González Urrutia confirmaron, en un comunicado conjunto, que están fuera de la mesa de negociación que arrancará el 1 de agosto y que estarán encabezando la ex presidenta de la Asamblea Nacional 2015, Dinorah Figuera, y Jorge Rodríguez, presidente del actual parlamento y hermano de la mandataria encargada, Delcy Rodríguez.
Sobre este mecanismo, “en cuyo diseño, construcción y funcionamiento no participamos; por lo tanto, no nos corresponde explicar sus alcances ni sus decisiones”, reza el comunicado. Machado y González aclararon que no serán un obstáculo para iniciativas que produzcan avances reales y verificables —recuperación institucional, liberación de presos políticos, garantías sin exclusiones, un cronograma electoral presidencial oportuno y respeto a la soberanía popular—, pero dejaron claro que el proceso no los incluye.
Hay una distinción necesaria aquí. Una cosa es no reconocer la validez de las elecciones del 28 de julio de 2024, dado que ningún organismo independiente las validó de forma plena y, por tanto, resulta legítimo cuestionar el estatus de presidente electo que algunos atribuyen a González Urrutia. Otra muy distinta es ignorar el mapa político que emergió de aquella jornada. En ella, Machado —inhabilitada, pero articuladora del comando de campaña— y González se convirtieron en los principales referentes de un cambio que amplios sectores de la sociedad venezolana demandan. Negar esa realidad no borra el peso simbólico y movilizador que ambos acumularon; solo desplaza el problema.
El espacio de diálogo impulsado por Estados Unidos parte, precisamente, de resucitar a la Asamblea Nacional de 2015 como la voz opositora sentada en la mesa frente a Jorge Rodríguez y el gobierno interino de Delcy Rodríguez. Según el secretario de Estado Marco Rubio, Washington tendrá una participación “muy activa” en esas conversaciones, que buscan avanzar hacia una transición con renovación de instituciones electorales y judiciales. Rubio ha llegado a afirmar que Machado “puede tener un rol” por representar “un elemento importante” de la sociedad venezolana. En la práctica, sin embargo, el formato evita que ella o sus delegados directos sean los interlocutores principales.
Esa decisión parece responder, al menos en parte, a una demanda reiterada del chavismo: “con María Corina no tenemos nada que negociar”. Declaraciones públicas de altos dirigentes oficialistas, como Diosdado Cabello en junio, han sido explícitas al respecto. Generar un mecanismo de diálogo que, por todos los medios, elude a la figura con mayor capital político opositor y eleva a una instancia cuya vigencia institucional lleva años en disputa, no es solo un cálculo táctico. Es un error de origen.
La AN 2015 fue, en su momento, un referente de la oposición mayoritaria; hoy, para amplios sectores de la ciudadanía que quieren un cambio profundo, funciona más como una entelequia que como representación viva del mandato popular de 2024.
Estados Unidos está presente e impulsando el proceso, como ha subrayado Rubio. Pero el objetivo no parece centrado de manera inequívoca en devolver la democracia a Venezuela en los términos que reclama la mayoría de los encuestados: elecciones presidenciales oportunas con las principales fuerzas en contienda. Hay elementos de reconstrucción, de estabilización post-captura de Nicolás Maduro, de gestión de la crisis humanitaria y de apertura a intereses económicos —petróleo, créditos, inversión— que pesan en la ecuación.
Sentar a la AN 2015 como si tuviera el peso político real, mientras se deja por fuera a quien concentra el anhelo de cambio, configura un escenario frágil.
Henrique Capriles, quien nos ha dejado en claro por años que no es un fan de la premio Nobel de la paz, lo advirtió con claridad: cualquier negociación que excluya a María Corina Machado y lo que ella representa “estará condenada a fracasar”.
Anticipar el fracaso de lo que va a comenzar el 1 de agosto no es decir que Machado vaya a boicotear el proceso. Ella y González han dicho expresamente lo contrario. El problema es más estructural: la negociación nace con un déficit de representatividad respecto del país que quiere un cambio. Sin la figura que tiene el principal capital político opositor, el diálogo corre el riesgo de convertirse en un arreglo entre elites que no conecta con la demanda ciudadana. Y una negociación que no conecta con esa demanda difícilmente genera la legitimidad necesaria para una transición real.
Dejar por fuera a quien concentra el principal capital político en una negociación no anula su existencia. Solo hace más probable que el proceso que arranca el 1 de agosto termine, una vez más, sin resolver el fondo del problema.
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