“Aquí” de Robert Zemeckis: una fallida épica sobre la vida
Robert Zemeckis toma la novela gráfica de Richard McGuire acerca del paso del tiempo y la convierte en una épica sobre el amor y la trascendencia. También, en un experimento visual a gran escala que, por momentos, resta protagonismo a la capacidad de la cinta para conmover. Un fallo que, a pesar de la ambición del cineasta, hace de la producción una obra menor en su filmografía
En “Aquí” (2024), toda la acción transcurre en el salón de una casa familiar de la clase media norteamericana. El único plano, muestra los cambios a través del tiempo, con la minuciosidad de un observador obsesionado. De la huella de un dinosaurio al paso de una aldea indígena, hasta finalmente avanzar a lo largo del siglo XX y XXI en una historia que se encuentra a través de una espiral de imágenes.
La película intenta explorar en la idea de que todo lo que vemos está destinado a la destrucción, la belleza y el recuerdo. Eso mientras la vanguardista cinematografía profundiza en el sentido de pertenencia, el miedo a morir, el amor y al final, la búsqueda de la inmortalidad.
No obstante, el logro técnico del director Robert Zemeckis — que mezcla efectos digitales con prácticos para la única toma secuencia de la película — opaca con mucha frecuencia la historia que intenta contar. El guion de Eric Roth y el propio Zemeckis toma la novela gráfica de Richard McGuire, que adapta y le agrega tintes de melodrama atemporal. Eso, mientras intenta imprimir a la historia, un tono conmovedor y emotivo, que resulta artificial y hasta empalagoso.
Además, la trama parece ser incapaz de igualar el concepto que sostiene el relato. Después de todo, es una perspectiva acerca de todo lo que ocurre en la intimidad de cualquier ser vivo, mientras nace y muere, en un ciclo que deja a su paso vivencias, descubrimientos y la inevitable sensación de maravilla.
Zemeckis profundiza en una idea de semejante calibre a través del dolor, el autodescubrimiento y la identidad. Pero la premisa desborda cualquier intento de hacerla más digerible y mundana, a pesar de los esfuerzos del realizador. Mucho menos, más simple. De modo que para su primera hora, “Aquí” dedicó más tiempo del necesario a recordar que este experimento visual es un logro apreciable en el lenguaje cinematográfico.
Pero, olvida dar peso e importancia a la serie de instantáneas de la vida cotidiana a la que otorga un peso espiritual. La película se queda a medias y la mayoría del tiempo, parece de una sencillez trivial, más allá de su reiterativo intento de crear la sensación que cada cosa que puede ocurrir en la vida de cualquiera, es digna de ser relatada.
El amor, contado milveces
Mostrar el paso del tiempo en el cine o la televisión suele ser problemático y complicado. En especial, porque el transcurrir de semanas, años y décadas debe traducirse en la madurez — o el cambio — ya sea de contexto o personajes. Este año, la adaptación de “Cien años de soledad” atravesó la dificultad y aprobó con lo mínimo, luchando con torpeza por la necesidad de mostrar lo que pasa en una vida mientras el reloj hace de las suyas.
“Aquí” atraviesa el mismo inconveniente y a mayor escala que las peripecias de siete generaciones Buendía. Zemeckis intenta traducir la novela gráfica de origen — conocida por utilizar su particular óptica desde cierta frialdad seminal — y la transforma en sucesos a los que intenta conferir importancia.
Tal pareciera que para el director, el mero transcurrir de los siglos no es suficiente para justificar un relato cinematográfico. Así que enfoca el interés en lograr que la película pueda recurrir a la emoción para dotar de sentido a lo que se ve en pantalla. Ya sea entre la lágrima o la sensación de dolor que brinda reflexionar acerca de la fugacidad de la vida. El director se esfuerza en subrayar los mismos planteamientos a través de una colección de personajes.
La trama usa a sus personajes para atravesar las décadas y después siglo. De modo que va desde William Franklin (Daniel Betts), el hijo ilegítimo de Benjamin Franklin a los Harris, la familia Harris (Nikki Amuka-Bird y Nicholas Pinnock). Cada uno, vive una existencia completa que se simplifica en más o menos la misma colección de imágenes. Amor, odio, desconsuelo, pérdida, ausencia, la búsqueda del propósito individual. La propiedad de la casa en que transcurre la única toma, es un territorio en que cada emoción, necesidad y aspiración humana tendrá su eco.
Zemeckis trabaja entonces en la capacidad de “Aquí” para ser un crisol de vivencias. Mientras las imágenes digitales muestran cómo el terreno baldío se transforma en una sala, y esa sala en docenas de versiones de la misma habitación, la película intenta avanzar en el tronco de su propuesta. En ocasiones funciona, como en el caso de la vida de Al Young (Paul Bettany) y esposa Rose (Kelly Reilly).
El guion dedica especial interés a la forma en que la pareja atraviesa todos los matices de una relación. También, en la evolución del amor juvenil a otro maduro, lo que incluye la llegada de los hijos. Y allí, el siguiente eslabón en la cadena de personajes que conducen a la nueva generación.
Un escenario que crece pero no en la dirección correcta
Richard Young (Tom Hanks rejuvenecido de una forma inquietante y poco convincente) se convierte en el siguiente tramo de una cadena de eventos. Pero se lamenta que la película pierda la oportunidad de explorar en la complejidad de la intimidad, en los lazos que unen a padres e hijos, a lo emocional más allá de lo obvio, para brindar mayor interés a la puesta en escena.
Gradualmente, la capacidad de “Aquí” para conmover se diluye. En el mejor de los casos, se convierte en una sensación de una idea espléndida, ejecutada de manera desordenada. Por lo que no llega a una verdadera conclusión. Antes de eso, la película insinúa lo que pudo ser la historia, si el argumento igualara el logro técnico. El mensaje doloroso y bello, que la vida es todas las cosas
Esta secuela del éxito de 2020 convierte al apocalipsis en una travesía emocional y además, en una reflexión sobre la naturaleza del dolor en situaciones críticas. Al menos, lo intenta, pero no siempre lo logra