La nueva película del director Bong Joon-ho intenta explorar en la desigualdad, la explotación y el privilegio desde la ciencia ficción. Todas, obsesiones que ha desarrollado antes o después en su filmografía. No obstante, “Mickey 17” no las tiene todas consigo
En “Mickey 17” (2025), del director Bong Joon-ho, la vida de cualquier ser humano es prescindible. Y no es un término utilizado al azar. El esforzado Mickey (Robert Pattinson) es un colono que debe completar un accidentado y peligroso viaje especial hacia el congelado planeta Niflheim. Una vez ahí, deberá trabajar hasta morir, solo para después ser clonado y recuperar su memoria en apariencia intacta y comenzar otra vez su tarea. Todo, a mayor gloria del líder de culto Kenneth Marshall (Mark Ruffalo) y su esposa Ylfa (Toni Collette), explotadores y usureros.
La metáfora sobre la explotación capitalista es clara y el director surcoreano la explora con un maníaco sentido del humor.
El mundo que habita Mickey está creado y pensado para satisfacer a los poderosos y aplastar a los desventurados. Pero entre ambas cosas, el director tiene la suficiente habilidad para lograr que nada sea tan blanco y negro. Con todo, una vez que la premisa se hace más compleja — y el verdadero horror detrás de los prescindibles se revela — la película pierde un poco de profundidad y eficacia. Eso, al tener que decidir entre si mostrarse desenfadada y provocadora o hacerse más tenebrosa de lo que anunciaba durante sus primeros minutos.
El realizador toma la decisión de hacer equilibrio entre ambas cosas. Por lo que “Mickey 17” es a ratos una comedia oscurísima acerca del abuso de poder y la comercialización de la vida, para luego explorar en el drama con cierta torpeza. Todo, mientras Robert Pattinson da vida a varias versiones de sí mismo con entusiasta habilidad. Pero la cinta, que promete y se esfuerza por ser transgresora, termina por ser mucho más convencional de lo que pretende. También, menos interesante de lo que supone su rarísima historia.
Hace seis años Bong Joon-ho sorprendió a la industria de Hollywood con una cinta retorcida que se desmenuzaba la estructura del capitalismo en clave de comedia negra. “Parasitos” lograba tanto explorar en un mundo repleto de desigualdades, como en el terreno movedizo del resentimiento y el rencor de clases. El resultado fue una historia que abarcaba varios lugares incómodos a la vez pero que, en esencia, tenía un claro hilo conductor: reflexionar en los puntos oscuros de la naturaleza humana.
“Mickey 17” carece de esa columna vertebral. Por lo que mayor parte del tiempo parece desordenada o, en el mejor de los casos, tratando de agregar contexto para una conclusión que no llega del todo. O mejor dicho, que es tan poco satisfactoria y anticlimática como para que todo el argumento resienta el fallo. La película, que empieza como una distopía burlona, dedica tiempo y esmero a plantear su mundo: el de una sociedad capaz de aceptar que hay una clase inferior que no importa a nadie y está destinada a la muerte.
Pero ese intrigante giro se queda en nada una vez que el argumento da un salto para afrontar el dilema de Mickey. En algún punto del sistema algo falla y Mickey 17 se encuentra con el 18, por lo que debe decidir qué hacer. ¿Demostrar la enormidad del fallo? ¿Huir para evitar ser asesinados? Bong Joon-ho es lo suficientemente hábil para profundizar en el argumento sin perder de vista el elemento social. Mickey debe sobrevivir — quiere hacerlo — y el trayecto tendrá que mostrar los puntos poco claros, tramposos y explotadores de la vida que escogió.
Un Frankenstein de la era espacial
Lo más interesante de la cinta es, por supuesto, Mickey en sí mismo. De la misma manera que en el libro de Edward Shanon en el que se basa, el protagonista es solo una copia de un ser humano que vivió décadas atrás. Está impreso — en el sentido más riguroso del término — a partir de desechos biológicos, lo que incluye cadáveres, miembros amputados y una larga lista de ingredientes repugnantes.
Por lo que buena parte del impacto del argumento consiste en analizar cómo se toma Mickey la conciencia de ser, en síntesis, carne reciclada. La cinta se vuelve malvada, incómoda y desagradable, a medida que deshumaniza a su protagonista. Una decisión claramente intencionada para dejar claro (y desde la rarísima primera escena, en la que ya explica el ciclo de vida y muerte de Mickey) que en un futuro el ser humano tendrá que enfrentar su irrelevancia.
“Mickey 17” tiene grandes ideas acerca de cómo el poder político y religioso puede volverse un puño opresor. Aun así, le lleva esfuerzo desarrollarlas una vez que explicó su punto central y ahora, debe lidiar con Mickey 17 y 18, para derrotar al sistema.
“Mickey 17” se pierde
Cosa que, lamentablemente, nunca logra. El guion — que también escribe el director — es una mescolanza de ideas pocas claras acerca de la identidad, la naturaleza humana y el miedo a la muerte. Todo, con una crítica directa contra las grandes corporaciones, la riqueza y el privilegio de unos pocos sobre el interés del resto.
Se trata de un panorama que se hace cada vez más denso cuando la trama añade reflexiones sobre la bioética, el perenne tema acerca de qué rasgo nos hace ser criaturas racionales y hasta la cualidad del propósito vital. Paso a paso, Mickey debe fraguar una rebelión contra un sistema que terminó por convertirlo en producto. Pero esa toma de conciencia no resulta creíble y la narración pasa más tiempo imaginando un tipo de justicia social casi utópica en medio de este mundo codicioso y en ruinas.
“Mickey 17” tiene sus mejores momentos cuando logra que la ciencia ficción dura sea un vehículo para contar las inquietudes de nuestra cultura. Y cuando se concentra en cómo su protagonista — o alguna de sus versiones — lucha por reconocerse como individuo y no como basura biológica, logra una elegante reflexión acerca de la humanidad.
A pesar de eso, la película tiene algo de una épica lucha de clases que se queda a medias. No solo no consigue redondear sus temas principales, sino que además los centrales parecen deshacerse entre la multitud de bromas y juegos de palabras sobre la existencia, el pasado y la promesa del futuro. Un plomo en el ala que no logra remontar incluso para su último tramo — el más divertido y por singular que parezca, siniestro — y que convierte a la producción en una obra desigual y decepcionante.
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