Cinemanía

"Blancanieves", ni mucho ni poco: Disney sigue en deuda

La recién estrenada “Blancanieves” de Mark Webb lucha contra el lastre de la larga lista de fallidos live-action que le preceden. Y en ese contexto sale perdiendo al ser solo una versión actualizada y más amplia de una historia clásica. Con todo, no es tan mala como sus controversias la pintan

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“Blancanieves” (2025) tiene varios problemas que superar y no lo logra del todo. Por un lado, está el hecho de ser el más reciente ejemplo del irregular esfuerzo de Disney por volver a contar, en clave contemporánea, sus historias clásicas. Un experimento que hasta ahora tiene más puntos bajos que altos. Por el otro, sobrevivir a las polémicas que rodean a la cinta desde su preproducción, algo que obligó al estudio a limitar la gira de prensa a periodistas de la factoría Disney o sus aliados. Un duro golpe para un proyecto que necesita de manera urgente vencer la irrelevancia cultural que rodea a la compañía.

La cinta, que dirige con habilidad Mark Webb, la mayor parte del tiempo se sostiene por encima de todas esas incómodas variables. En especial, porque logra explorar con habilidad en una historia sencillísima que se limita a brindar más contexto a la original. No añade nada de interés, ni profundiza en ningún subtexto simbólico.Por lo que la historia es la que al menos siete generaciones recuerdan.

Blancanieves (Rachel Zegler, que brilla en carisma y talento), es la hija única y heredera de una familia real en un reino perdido en el tiempo. El guion de Erin Cressida Wilson y Greta Gerwig se preocupa por narrar al detalle todo lo que el clásico animado pasó por alto.

De modo que de inmediato establece que esta pareja real gobierna con amabilidad, empatía y amor a un pueblo que le ama. Pero la felicidad no dura lo suficiente: la reina muere y el rey, desolado por la pena, contrae matrimonio con una mujer malvada. La cinta evita lógicas comparaciones con la versión de Rupert Sanders de 2012 y la más cercana en la memoria del público, por lo que la versión de Gal Gadot de la madrastra es mucho más cercana a una presencia oscura y celosa que a una mujer misteriosa y llena de poder

Por lo que su belleza — al menos para el mundo de la película — está directamente relacionada con su bondad y la fealdad, con su carencia. El matiz brinda entonces un punto de interés a la trama: aunque notoriamente la nueva reina es mucho más bella que Blancanieves, la pequeña princesa es más bondadosa. Algo que la convierte a ojos de la magia — o del espejo mágico, en cualquier caso — en la mujer más espléndida del territorio.

Puede parecer un cambio menor hasta que el giro desata la ira de madrastra. Para entonces, el rey ha desaparecido y el país se encuentra en manos de su nueva soberana, que gobierna con avaricia y una ambición desmedida y cada vez más venenosa. Probablemente, en manos de una mejor actriz el personaje habría tenido más matices o al menos, una apreciable complejidad. Pero Gal Gadot se limita a lo mínimo, lo que incluye gritos, una exagerada gesticulación y órdenes destempladas.

¿Y qué tal le va a la nueva princesaDisney?

Durante los últimos dos años, la actriz Rachel Zegler se ha enfrentado a la polémica por sus declaraciones en público. En específico, burlarse de la versión original de Blancanieves, algo que le acarreó no pocas críticas, por lo que el reto de la intérprete era doble.

A un extremo, brindar nueva personalidad a un personaje que lleva ochenta y ocho años reinando en la cultura pop como la primera y más querida adaptación de un cuento clásico de Disney. Al otro, más complicado y duro, enfrentarse a la antipatía del público.

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Gal Gadot en «Blancanieves»

Zegler podría lograr ambas cosas al dar a su versión de Blancanieves una profunda humanidad y un encanto que sorprende por su buen hacer. A eso habría que añadir la portentosa voz de la actriz, que logra entonar los clásicos y los añadidos al repertorio musical con virtuosismo. La Blancanieves de la nueva generación conserva todos los mejores rasgos de la antigua. De modo que es una joven que heredó de sus padres el respeto por el prójimo y su necesidad de hacer el bien.

A la mezcla, habría que añadir el tinte de empoderamiento y audacia, parte de esta época. Todo en la forma de un impulso bienhechor y combativo que la llevará a enfrentar a la madrastra. El guion hace un buen trabajo en brindar un sentido del propósito al personaje, pero también falla al tratar de sobredimensionar su aprendizaje fuera del castillo. El desarrollo de la princesa se nota apresurado y su nueva inquietud ¿política?, un poco fuera de tono. Sin embargo, la combinación no afecta la solidez en cómo se presenta a la entrañable protagonista.

Una madrastra que se queda corta 

En 2017, Gal Gadot encarnó a la versión más reciente y sustancial de la Mujer Maravilla y la primera aparición de la heroína en la pantalla grande. Le ayudó una correcta dirección de Patty Jenkins y en especial, que Diana fuera un personaje simple con motivaciones inocentes. Su deseo de hacer el bien era tan claro como directo, de modo que no había grandes complejidades para reflexionar.

Pero con la madrastra, una criatura maléfica, manipuladora y llena de sutilezas, Gadot tiene verdaderos problemas para ensamblar las emociones más perturbadoras que agobian a su personaje. Su envidia tiene mucho de berrinche, y la ira de una ridícula actuación operática. Lo peor es que en esta oportunidad la reina canta — no había verdadera necesidad de eso — y hay algo en su performance que resulta borroso y torpe.

Con todo, la intérprete hace lo mejor que puede con sus escasas habilidades histriónicas y alcanza alguna que otra escena memorable. Pero en comparación de la Blancanieves de Zegler, toda luz y potencia vocal, su madrastra desluce.

¿Y los enanos? 

Este es un tema sensible y el punto más bajo de la película. La versión digital de la pandilla de mineros de la original es inquietante cuando no directamente desagradable. Y a pesar de que el guion tiene la inteligencia suficiente para hacer interactuar a los diferentes enanitos entre sí, jamás convence su realidad física o se aleja de ser apenas una curiosidad visual.

Mejor suerte corre el bosque mágico, que en sus mejores momentos brilla con luz y color como si se tratara de la inmersión a una nueva dimensión de belleza. Pero es notorio que la cinta sufrió tomas y retomas, hasta solo convertirse en una mezcla tosca de texturas, iluminaciones y colores.

En esta ocasión el valiente príncipe es un rebelde con toda y su propia banda. Jonathan (Andrew Burnap) es como una refundición del conveniente chico enamorado al instante de la película original. También, es bastante obvio, que su grupo de aliados son los restos de un primer intento de convertir a los enanos en esforzados luchadores por la libertad.

La idea funciona pero no del todo, en especial porque este nuevo ánimo político y subversivo para la princesa más amable e inocente de todas carece de una razón de ser. De hecho, podría decirse lo mismo de toda la película: funciona, aunque no siempre.

Es otra entrega más de la extraña lucha de Disney con su legado. Quizás un poco mejor que otros, pero siempre irrelevante y carente de verdadero interés.

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