Jaime Llanos, director de Buena Pesca: "El cazón enfrenta una presión pesquera insostenible"
Sugiere considerar "con seriedad" y vigilar rigurosamente la prohibición definitiva de pescar cazón y especies similares, porque también se capturan y venden como cazón ejemplares neonatos de tiburones amarillos o sedosos
El peligro que se cierne sobre el cazón y otros escualos tiene muchos años, pero la situación a la que ha llegado en 2026 ha hecho saltar todas las alarmas: la captura masiva e indiscriminada nos está dejando sin esos peces. El grupo Buena Pesca Venezuela, conformado por académicos y que dirige Jaime Llanos, lleva más de una década alertando sobre su extinción.
Al cazón se le pescabebé o muy pequeño, cuando no ha podido alcanzar su madurez sexual y reproducirse, algo que, además, hace lento y poco: cada dos años tienen una o máximo dos crías. Que desaparezca de los mares va más allá de la imposibilidad de comerse una empanada de cazón. El verdadero daño se le hace al océano, ya que es un depredador natural y mantiene el equilibrio.
Jaime Llanos conversó sobre la verdadera situación del cazón y de otras especies marinas, y explicó la necesidad de aplicar medidas extraordinarias que lo protejan, tanto a los peces como al hábitat. El grupo Buena Pesca Venezuela está conformado, además, por las científicas Ana Teresa Herrera-Reveles y María Fernanda Capecchi y por Mileidy Rivero, especialista en comunicaciones.
– ¿Está realmente en peligro el cazón? Si es así, ¿por qué se ha llegado a esta situación? ¿Falta de controles?
– El cazón enfrenta actualmente un escenario de vulnerabilidad crítico, caracterizado por una disminución acelerada de sus poblaciones en Venezuela y el Caribe. Este fenómeno se inserta en una crisis de biodiversidad marina de alcance global que debe ser abordada bajo un enfoque ecosistémico.
Bajo la denominación comercial de «cazón» se agrupan diversas especies de tiburones pequeños cuyos ciclos de vida presentan una fragilidad por sus características biológicas: poseen un crecimiento lento, alcanzan la madurez sexual de forma tardía y tienen una baja capacidad reproductiva.
De acuerdo con las evaluaciones de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN, por sus siglas en inglés), el panorama es alarmante ya que el 37% de las especies de tiburones y rayas en el mundo se encuentran bajo amenaza de extinción. Esta cifra, documentada en la Lista Roja de dicha organización, revela que la presión humana —impulsada por la demanda de carne, aletas y otros derivados como los farmacéuticos — está diezmando a estos depredadores tope a ritmos sin precedentes, superando su capacidad natural de recuperación.
Foto cortesía Buena Pesca
La problemática actual trasciende la mera deficiencia en los mecanismos de vigilancia. Se trata de una sinergia de factores multicausales: una presión pesquera insostenible, la captura sistemática de individuos juveniles que impide el desarrollo de nuevas generaciones, y una severa carencia de datos científicos actualizados. A esto se suma una cultura de consumo que desconoce el costo ecológico de estas proteínas y su posteriori perjuicio a nuestra sociedad. La pérdida de tiburones nos pone en el riesgo inminente de colapso de los niveles tróficos superiores, fundamentales para la resiliencia y estabilidad del ecosistema marino global.
– ¿Qué es exactamente el cazón? ¿Un tiburón bebé o es un tiburón pequeño?
– Existe una imprecisión terminológica que es necesario esclarecer desde la biología. Históricamente, en Venezuela se ha denominado «cazón» a un conjunto diverso de tiburones costeros cuya talla adulta máxima oscila entre los 1.5 y 2 metros. Este grupo integra a diversas especies de las familias Triakidae (como los del género Mustelus) y Carcharhinidae, que comparten hábitats y características morfológicas similares; esto ha consolidado al cazón más como una categoría comercial que como una entidad taxonómica única.
El riesgo ecológico fundamental reside en la composición actual de las capturas ya que no sólo se pescan estas especies —la mayoría ya en peligro de extinción—, sino que, en la práctica, una fracción significativa de lo que se comercializa hoy bajo este nombre son en realidad ejemplares neonatos y juveniles de especies de gran porte también en peligro de extinción, como el tiburón martillo (Sphyrna spp.) o el tiburón sedoso (Carcharhinus falciformis), que aún no han alcanzado el umbral de madurez sexual. Al extraer a estos individuos del ecosistema antes de que puedan cumplir su ciclo reproductivo, se genera un fenómeno de sobrepesca de reclutamiento que impide la renovación de las poblaciones, comprometiendo gravemente la viabilidad futura de estos depredadores en nuestros mares.
Un cazón pequeño. Foto cortesía Buena Pesca
– ¿Crees que hay que extender el periodo anual de veda?
– Científicamente la discusión debe apuntar hacia la efectividad de las estrategias de conservación sistémica. Si bien la veda se define como una restricción para proteger procesos vitales como el reclutamiento y el desove, implementar prórrogas sin datos científicos robustos suele ser un paliativo insuficiente que no detiene el colapso. Es momento de elevar el debate ya que, dadas las alarmantes tasas de declive poblacional y la fragilidad intrínseca de los tiburones y rayas, debemos considerar con seriedad la posibilidad de una moratoria total o el cierre definitivo de estas pesquerías.
Así como gran parte de la humanidad comprendió en su momento que la caza de ballenas era biológicamente insostenible y éticamente injustificable, la evidencia actual sugiere que los tiburones han alcanzado un punto de no retorno, donde una veda extendida es apenas un remedio temporal ante una crisis que exige respuestas estructurales.
Este cierre total se vuelve imperativo al analizar factores críticos que las vedas tradicionales no logran resolver, como la mortalidad incidental irreversible. Es urgente reconocer que, en artes de pesca como las redes de enmalle y los palangres, una gran cantidad de ejemplares mueren por asfixia mucho antes de ser subidos a bordo, lo que convierte cualquier gesto de liberación posterior en un acto biológicamente inefectivo, pues el daño al individuo es letal antes de recuperar su libertad.
Debemos admitir que una veda carente de una fiscalización integral y una supervisión rigurosa en los centros de acopio y comercialización sería una «esperanza vana». Sin un control absoluto de la cadena de suministro, la presión extractiva persiste bajo la sombra de la ilegalidad, por lo que el manejo pesquero debe dejar de ser un conjunto de buenas intenciones para transformarse en una protección absoluta del patrimonio natural y el reconocimiento de que estos depredadores son vitales para la estabilidad del océano.
– ¿En concreto, qué otras medidas habría que tomar para proteger al cazón?
– La protección efectiva de tiburones y rayas exige cuestionar profundamente la naturaleza de nuestra demanda y trascender las medidas tradicionales de regulación. Más allá de la implementación de vedas, es imperativo hacer una auditoría de necesidad que nos permita discernir si el cazón representa un elemento vital para nuestra seguridad alimentaria o si se trata simplemente de un hábito cultural inercial.
Desde Buena Pesca sostenemos que, si un recurso no es biológicamente esencial para la dieta y su extracción genera un daño irreversible al patrimonio natural, su consumo debe ser repensado de forma urgente. La medida más radical y necesaria está en la educación del consumidor, orientada a comprender que, al elegir cazón, se está priorizando un beneficio gastronómico momentáneo por encima de la estabilidad funcional del mar venezolano; la verdadera protección comienza cuando el mercado deja de exigir una especie que no posee la capacidad biológica de renovarse al ritmo de nuestro apetito.
Esta transición hacia un modelo de resguardo estricto, similar al que en su día protegió a los grandes cetáceos, debe fundamentarse en un enfoque multidisciplinario que incluya el Principio Precautorio y la Salud Pública. Investigaciones de vanguardia, demuestran que, debido a su posición como depredadores tope, los tiburones bioacumulan metales pesados en niveles alarmantes, exponiendo a la población a concentraciones de mercurio, arsénico, cadmio y plomo que superan los límites de seguridad internacional. Por tanto, un cierre de la pesquería actuaría en favor del equilibrio ecológico y se consolidaría como una medida de seguridad sanitaria nacional.
Finalmente, mientras se avanza hacia este cese total de la actividad, es imperativo establecer sistemas de trazabilidad genética que impidan que juveniles de especies en peligro crítico lleguen al mercado bajo nombres genéricos, acompañando este proceso con una reconversión del sector pesquero hacia modelos económicos alternativos. Debemos reconocer que, si un recurso resulta tóxico para el ser humano y su extracción es letal para el sistema marino, su permanencia en el mercado debe ser cuestionada desde la raíz.
La conservación auténtica no se limita a regular la captura, sino a reconocer el momento histórico en el que una especie debe dejar de ser considerada una simple mercancía para ser protegida como un pilar fundamental de la vida en el océano.
– ¿Cuáles otras especies marinas venezolanas estarían también en peligro (ya hemos tenido la experiencia con el chucho)?
– Más que una lista de nombres, lo que enfrentamos es un síntoma de un problema ecosistémico global porque estamos ejerciendo un «gasto» biológico muy superior a la capacidad de producción de la Tierra. Según los informes más recientes de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), se estima que el 37.7% de las poblaciones de peces de interés comercial en el mundo se encuentran pescadas a niveles biológicamente insostenibles.
La raya también está en peligro. Foto cortesía Buena Pesca
Esta cifra revela un déficit ecológico donde la velocidad de extracción supera con creces la tasa de renovación natural, un fenómeno que en Venezuela se manifiesta no solo en el cazón o el chucho, sino en una diversidad de especies como meros, pargos, peces arrecifales, cuya supervivencia está ligada a la salud de sus hábitats. Es fundamental entender que muchas especies están en peligro no solo por la presión de captura, sino porque la degradación de sus áreas de cría, como manglares y arrecifes, elimina su capacidad de resiliencia.
Este panorama nos sitúa ante una encrucijada socioeconómica compleja y es que si la pesquería colapsa por sobreexplotación, los modelos económicos locales colapsarán con ella; sin embargo, si cerramos la pesquería de forma abrupta para salvar el recurso, el tejido social de las costas también enfrentará un quiebre inmediato.
¿Estamos entonces destinados al fracaso? La respuesta es un reto de diseño social. Lo que presenciamos hoy es la ejecución clásica de la «Tragedia de los Comunes», donde la búsqueda del beneficio individual a corto plazo agota un recurso compartido, llevándonos a todos a la ruina. No obstante, la historia de la conservación nos enseña que esta tragedia es una oportunidad para la innovación y la corresponsabilidad, mas que un destino inevitable.
Proponer «especies alternativas» de forma trivial, sin estudios de biomasa ni evaluaciones de ciclo de vida, es un riesgo técnico que solo traslada el problema de una población a otra. El verdadero desafío como sociedad es reconocer que nuestros patrones de consumo deben cambiar radicalmente. La transición hacia una economía azul sostenible consiste en transformar nuestra relación con el océano a través de la diversificación del sustento de las comunidades costeras, valorar el capital natural más allá de su peso en el mercado y entender que la estabilidad de los mares tiene límites biológicos estrictos.
Desde Buena Pesca sostenemos que este momento de crisis es, en realidad, una oportunidad para reconstruir el modelo. La conservación auténtica requiere que el consumidor, el pescador y el Estado asuman que la protección absoluta de especies críticas y sus hábitats es la única garantía de que habrá un futuro socioeconómico para la pesca.
Aunque nos sintamos ante un callejón sin salida, realmente estamos ante la puerta creada por la necesidad de un nuevo pacto social donde la salud del ecosistema debe ser reconocida como la base innegociable de toda riqueza humana. Solo mediante esta visión sistémica podremos asegurar que la biodiversidad marina venezolana sea el cimiento de una sociedad que aprendió a vivir en equilibrio con sus propios límites.
Una gastronomía de conciencia
Buena Pesca sugiere a cocineros, pescadores y consumidores a transformar la relación con dos de los habitantes más vulnerables de nuestras costas: el cazón y la raya. «Debemos entender que sustituir estas especies en el menú va más allá del cambio de receta o de costo; es un acto de responsabilidad hacia la salud de nuestros océanos y, fundamentalmente, hacia nuestra propia seguridad alimentaria», dicen Jaime Llanos y su equipo.
El equipo de Buena Pesca: María Fernanda Capecchi, Jaime Llanos, Ana Teresa Herrera-Reveles y Mileidy Rivero
«Los tiburones son peces cartilaginosos por lo que poseen una fisiología única que incluye la retención y excreción de urea a través de sus tejidos. Ese característico aroma amoniacal que la cocina tradicional intenta neutralizar mediante procesos agresivos de lavado, prensado y marinado, es en realidad un indicador de una carne biológicamente inadecuada para el estándar de frescura óptima. A esto se suma una presión de mercado insostenible: la preferencia por ejemplares juveniles —valorados erróneamente por su textura «tierna»— representa una sentencia de muerte para las poblaciones, ya que elimina a los individuos antes de que alcancen su madurez reproductiva y puedan garantizar el relevo generacional.
Nuestra postura en Buena Pesca es promover la sustitución definitiva del cazón y la raya por especies de ciclo de vida corto y alta tasa reproductiva, cuya captura sea monitoreada científicamente, selectiva y no degrade el ecosistema. La cocina venezolana debe ser el reflejo de nuestro respeto por el patrimonio marino; elegir ingredientes que no comprometan el equilibrio trófico ni la salud del consumidor es la única vía para asegurar que el futuro de nuestra gastronomía sea tan rico, sano y diverso como el mar que nos rodea».
El mar demanda hoy un cambio de paradigma culinario. Reconocidos cocineros como Mercedes Oropeza, Francisco Abenante, Daniel Torrealba, Víctor Silva y Egidio Rodríguez conversan sobre cómo enfrentarán la crisis ambiental del cazón y proponen alternativas