"Black Mirror": las 6 grandes historias de su nueva temporada
“Black Mirror” regresó con una nueva entrega en la que explora sus obsesiones predilectas, pero desde un punto de vista más sensiblero y menos enfocado en la paradoja de la distopía posible. El cambio le viene bien a varios de los episodios, pero en otros, la combinación entre drama superficial y ciencia ficción, pasa factura
Cuando en 2011 se estrenó el episodio piloto de “Black Mirror” nadie sabía muy bien qué esperar de la serie. El creador y guionista principal Charlie Brooker era un tanto desconocido y la producción había recibido poca promoción. Tampoco había grandes detalles sobre cuál era su temática, más allá de ser una “visión preocupante” sobre el futuro. De modo que sorprendió y desconcertó
La historia del secuestro de un miembro de la casa británica y las exigencias retorcidas del criminal que le tenía en su poder, era una vuelta de tuerca muy poco frecuente al habitual retrato sobre el poder y el miedo colectivo. Pero todo se volvía peor cuando se revelaba la petición central del secuestrador para liberar a la víctima: el primer ministro debía tener sexo con un cerdo durante una retransmisión en vivo a nivel mundial.
Una vuelta de tuerca tan violenta, repugnante e inesperada como para que el episodio se atreviera a profundizar en temas escalofriantes.
De la obsesión de la época por lo morboso, hasta el uso del poder de facto de la hipercomunicación, “Black Mirror” marcó un norte de la ciencia ficción contemporánea. Mucho más, demostró que sus lucidas reflexiones — que en la primera temporada fueron desde la deshumanización hasta el horror de la pérdida — eran pertinentes, necesarias y complejas.
Quizás por ese motivo, su séptima temporada ya disponible en Netflix sabe a poco. No por falta de grandes temas o aproximaciones poco comunes sobre la soledad, el alineamiento social o el poder terrorífico de la tecnología. Más bien, se debe a que “Black Mirror” perdió parte de esa pertinencia del impacto, esa sensación de horrores muy cercanos o a punto de producirse. A cambio, explora en las emociones desde un punto de vista más relacionado a la búsqueda de empatía o solo, a la reflexión sobre cómo la tecnología impacta en el simple sufrimiento humano. ¿Suficiente? A duras penas.
«Common People» o el terror de la vida comprada a plazos
El primer capítulo de temporada es una prueba de lo anterior. Dirigido por Ally Pankiw y con guion de Charlie Brooker, la premisa explora en un giro desolador.
Cuando Amanda (Rashida Jones) sufre un cuadro médico irreversible que le condena a un coma del que no despertará, su esposo Mike (Chris O’Dowd) tomará una decisión complicada: probar una nueva tecnología que permita a la mujer volver a la conciencia gracias a una App que trasvasa su conciencia a un sistema interconectado.
Siempre claro, que esté en la zona de cobertura de la milagrosa startup.
Por lo que Amanda se recupera solo para convertirse en un manojo de datos corporativos. El capítulo roza los límites aterradores del hipercontrol y la tecnología deshumanizante que convierte al ser humano en caldo de experimentación para la ciencia.
Mucho peor, cuando el paralelismo entre los elementos más perturbadores de la trama y el abuso de seguros médicos, es evidente.
Pero el episodio se queda a medias cuando, en lugar de explorar en esa dimensión oscura del costo y el cuerpo humano convertido en producto, decide hacerlo en el dolor de la pareja, los sacrificios y el triste final de su historia de amor. Un arco incompleto y levemente frustrante que deja algunas ideas a medias.
«Bête Noire», el gaslighting a un nivel universal
Más siniestro pero igualmente insatisfactorio resulta el segundo capítulo. Bajo la dirección de Toby Haynes y de nuevo con Charlie Brooker en el guion, la historia sigue a María (Siena Kelly), una hábil investigadora del sector alimentario y con una floreciente carrera como creadora de nuevos sabores para una marca reconocida.
Eso, hasta que se tropieza de nuevo con Verity (Rosy McEwen), una excompañera de clase en su adolescencia, que una vez contratada en la empresa, se convierte casi de inmediato en It Girl de la oficina.
Rosy McEwen
Pero lo que comienza como un juego de rivalidad y un truco sucio sobre la percepción de la realidad, pronto se convierte en algo más enrevesado. Eso, cuando se revela que Verity tiene a su disposición una tecnología capaz de reescribir la realidad. Que claro está, usa contra María.
“Bête Noire” es mucho más las pequeñas trivialidades del odio que los horrores de ser simplemente humano con el poder de un dios. Una premisa que el capítulo no logra sostener y que pierde del todo en su ridícula escena final.
“Hotel Reverie”, “San Junipero” pero sin encanto
“Black Mirror” suele tener su salón de fama de episodios clásicos. Y uno de ellos, es sin duda la tecnofabula de amor “San Junipero”, tercer episodio de la cuarta temporada.
“Hotel Reverie” parece ser una especie de versión de las amantes trágicas del icónico capítulo, solo que con menos encanto y emotividad. Eso sí, con metacine de sobra para los amantes de los guiños referenciales.
La historia escrita por Charlie Brooker y dirigida por Haolu Wang, relata el uso de una nueva tecnología capaz de adentrarse en las realidades cápsulas de las películas. Lo que permite que actores modernos puedan interactuar con los personajes de manera directa. Hasta aquí todo bien — y muy “Black Mirror” — hasta que Brandy (Issa Rae), la actriz que hará uso del sistema, descubra que es mucho más que solo replicar escenas clásicas. Un giro que le llevará a conocer a Clara (Emma Corrin), un personaje que se convierte en su interés amoroso.
Para contar esta historia, el capítulo hace un despliegue de apreciable habilidad e ingenio en su apartado visual. Por lo que intercambia escenas de alta tecnología con el nostálgico blanco y negro. Pero quizás, esa imaginativa manera de narrar sobrepasa a la sustancia del guion. Un problema que se repite en esta temporada más de lo conveniente.
“Plaything”, o el fin del mundo a causa de un Tamagochi
Lo que se lamenta de este capítulo de David Slade — también escrito por Brooker — es que tenía el potencial burlón y cínico que definió a “Black Mirror” en sus mejores momentos.
Pero se pierde cuando la historia de un periodista de videojuegos (Lewis Gribben de joven, Peter Capaldi de adulto) que se tropieza con un tipo de vida digital funcional, se vuelve una especie de lección melosa sobre la supervivencia. Algo como un Tamagochi a escala universal por el que el personaje dará su vida y su cordura.
Con todo, los últimos minutos tienen el tinte apocalíptico y devastador de cualquier capítulo de “Black Mirror” que se precie. Así que aprueba por la mínima.
“Eulogy”, el duelo interactivo
La dupla Christopher Barrett y Luke Taylor dirige el episodio más emotivo de la temporada y entre los mejores de “Black Mirror”. Baste decir además, que el gran Paul Giamatti vuelve a sus papeles de gruñón adorable con un duro equipaje emocional a cuestas, para reflexionar sobre el duelo en la época digital.
La trama de este capítulo de «Black Mirror» es eficiente en hilvanar ideas complicadas como el sufrimiento, la autocompasión y la naturaleza del recuerdo. Pero carece del impacto de “Be Right Back”, primer capítulo de la segunda temporada, que indagó en temas parecidos y de manera mucho más sofisticada. Con todo, es un capítulo sólido y conmovedor, con un Paul Giamatti haciendo, como siempre, lo mejor que puede con relativamente poco.
“USS Callister: Into Infinity”, no hay buenas segundas partes
La secuela del icónico episodio de la temporada cuatro es divertido, bien escrito y deliciosamente irónico. Pero el director Toby Haynes y el escritor Charlie Brooker son incapaces de superar el juego de metaficción de la trama original, empaquetado en la idea de la misoginía y el control, con Robert Daily (Jesse Plemons) a la cabeza.
Cristin Milioti
“Infinity” va por el mismo camino y permite a sus personajes crecer y hacerse más interesantes, pero tiene reales problemas para alcanzar la malsana reflexión sobre el poder en manos mezquinas. Con todo, siempre es un placer ver al USS Callister y sin duda, a la brillante Cristin Milioti en acción.
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