Cinemanía

Luc Besson convierte a Drácula en un melodrama

“Drácula: Una historia de amor” prometía ser el regreso del director Luc Besson a las grandes ligas, sobre todo con Caleb Landry Jones en el papel central. Sin embargo, lo que pudo ser una reinvención poderosa del clásico termina pareciendo un eco desganado de versiones anteriores

drácula
Publicidad

Desde muy temprano, “Drácula: Una historia de amor” (2025) muestra cuál es su mayor problema. Y no es solo la paleta de colores chillona o la puesta en escena de baratillo, más parecida a la estética de una película de televisión que el buen cine francés. En realidad, el punto más flojo es que Luc Besson — que también escribe el guion — parece que jamás leyó la novela. Algo que hace que encaje su adaptación en el género romántico, cuando la historia de Bram Stoker estaba más interesada en lo sobrenatural, la violencia y las turbulencias del espíritu de su época. 

Por supuesto, el punto de Besson no es original, como tampoco lo es casi nada en la película. Es evidente que el director adapta — o intenta hacerlo — la extraordinaria “Drácula de Bram Stoker”, dirigida por Francis Ford Coppola, a la que copia sin disimulo ni talento. Buena parte de la cinta de Besson intenta desesperadamente sostener el mismo lenguaje barroco, exagerado y decadente del clásico de 1992. Pero falla al no lograr sublimar la idea de un amor maldito más allá de insinuaciones desordenadas acerca del deseo, la necesidad de redención y la angustia existencial extendida a través de siglos.

Luc Besson es un director con una trayectoria irregular pero marcada por algunos títulos que dejaron huella en el cine contemporáneo. Su nombre suele relacionarse con producciones como “Léon: The Professional” (1994), un clásico indiscutible de los noventa, o “El quinto elemento” (1997), que todavía hoy se considera una de las propuestas de ciencia ficción más influyentes de su época. Por eso, cuando surgió la noticia de que se encontraba preparando una nueva versión de Drácula, el interés no fue menor. Y cuando se confirmó que el papel principal caería en manos de Caleb Landry Jones, la expectativa se disparó, ya que es un intérprete capaz de transformar incluso los guiones más flojos en personajes intensos y memorables. La combinación parecía tener potencial.

Drácula con problemas de identidad 

La elección de Jones para encarnar al conde es probablemente la mejor decisión de Besson en este proyecto. El actor posee una presencia inquietante que se adapta bien a figuras siniestras o ambiguas. En el tráiler, al menos en lo visual, transmite la sensación de amenaza que se espera de Drácula, algo que no todos los intérpretes logran con facilidad. 

Sin embargo, el entusiasmo inicial se diluye entre las grietas de la fallida propuesta general de la película.

La factura técnica es impecable, algo que siempre ha caracterizado a Besson: sabe cómo darle atractivo a la superficie de sus filmes. Pero más allá de la estética, surgen dudas en torno a la fidelidad y la comprensión de la obra en la que se inspira.

No porque sea necesario un calco del libro de Bram Stoker, sino porque los desvíos creativos deben tener coherencia y propósito. Y en este caso, la sensación es que el director confunde licencias artísticas con reinterpretaciones descuidadas.

No es problema que una adaptación cambie escenarios, personajes o líneas narrativas. El cine de vampiros está lleno de ejemplos que se toman libertades creativas con resultados brillantes. “Nosferatu” de Murnau o sus posteriores reinvenciones prueban que es posible alterar la novela y al mismo tiempo, crear obras con identidad propia.

Lo cuestionable en el caso de Besson es la manera como explica sus motivaciones: habla de un costado romántico en Drácula que, según él, ha sido poco explorado. Un disparate creativo que intenta poner en marcha en una película sin alma o personalidad.

Ladrón de tu amor (y de partes enteras de la película)

Besson no se conforma con diluir en una retórica melodramática y cursi todo lo relacionado con el conde Drácula. En realidad, toma directamente elementos centrales de la película de Coppola, como la invención del personaje de Elisabeta y la noción de la reencarnación del guion de James V. Hart, para la suya. Claro está, introducirlos no es en sí un error, siempre que se reconozca de dónde surgen. Pero Besson toma puntos tan icónicos como el aspecto del envejecido Drácula en su castillo hasta el primer encuentro de la pareja de amantes en Londres y los traduce a su manera.

El resultado es una película que navega entre lo flojo, un ocasional humor involuntario y en los momentos más críticos, en la autoparodia.

El conde Drácula atraviesa océanos de tiempo, en busca de su perdida esposa. Pero su mera presencia — como monstruo, inmortal o figura icónica — parece aplastada por la profusión de giros de folletín sin la mejor lógica o profundidad.

El mayor problema no está en los cambios de trama, sino en cómo se plasman en pantalla. Las escenas, lejos de generar misterio o tensión, transmiten una sensación de mecanicismo, como si se filmaran en piloto automático. El guion, que debería sostener el drama y el conflicto, carece de sustancia. Los personajes no funcionan como seres con motivaciones, ni siquiera como arquetipos sólidos, sino como vehículos para diálogos que a menudo resultan forzados.

Lo trágico es que ni siquiera actores de peso logran escapar de la mediocridad del texto.

Christoph Waltz, normalmente magnético, aparece desdibujado en un rol que mezcla sacerdote y cazador de vampiros sin lograr que alguna de sus facetas convenza. Caleb Landry Jones, pese a su capacidad, no encuentra un espacio para dotar de profundidad a su Drácula. El resultado es un personaje plano, sin el magnetismo o la amenaza que debería ser central. Y la coprotagonista femenina, interpretada por Zoe Blue Sydell, queda atrapada en un papel que nunca le da margen para brillar.

“Drácula: Una historia de amor” no aporta nada nuevo al mito, no asusta, no conmueve y ni siquiera entretiene. Es un film que se limita a reciclar fórmulas ajenas y a disfrazarlas de originalidad. El resultado es un relato vacío, sin chispa ni energía, que confirma el declive de un cineasta que alguna vez fue innovador. 

Lo que queda no es un homenaje a la figura del vampiro, sino un producto desganado que se apaga antes de encenderse. En vez de revitalizar una leyenda, la reduce a un cliché sin vida. Besson desperdicia la oportunidad de renovar el mito y también continúa erosionando su propio legado.

Publicidad
Publicidad