Cinemanía

"Scream 7", nada nuevo bajo la máscara

Treinta años después del primer grito, la saga “Scream” intenta renovarse con un nuevo capítulo que tiene más de reinicio que de nueva historia y que naufraga en un desorden de tono y ritmo

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“Scream 7” (2026) llega cargada de equipaje a su estreno, que por meses estuvo en duda. No solo por el paso de tres décadas desde la cinta inicial de Wes Craven, sino por una producción accidentada que perdió figuras clave delante y detrás de cámara.

Finalmente, y luego de una histórica negociación con la actriz Neve Campbell para traerla de vuelta al elenco (con un cheque de 7 cifras), Kevin Williamson (guionista de la original y ahora director) optó por una jugada conservadora: hacer una película consciente de su propio mito y que en lugar de expandir el universo, intenta explorar en sus recovecos y pequeños giros clásicos.

La jugada ya funcionó (a medias), en la franquicia “Halloween”, pero en la de “Scream” el peso en el ala de una historia muy simple evita que la estrategia sea más interesante. El propio guion (que Williamson firma), parece incapaz de superar el hecho de que la saga es básicamente un juego del gato y del ratón, que no logra cuajar del todo. De hecho, la nueva entrega pierde cualquier complejidad en favor de ser más brutal, cruda y explícita. Mucho más, en mostrar que nada es sagrado en esta historia convertida en una especie de burlona parodia de sí misma.

El resultado es un capítulo que funciona más como comentario sobre la importancia de “Scream” como clásico de terror que como continuación. Por lo que el argumento prioriza la autorreferencia sobre la sorpresa. Lo más extraño, es que “Scream 7” parece renunciar a cualquier atisbo de personalidad para acelerar el ritmo y demostrar que puede ser brutal y sorprendente.

Así que hay cuchillos, persecuciones y llamadas telefónicas que suenan como viejos traumas marcando desde un número desconocido. Sin embargo, el impulso central no es el peligro, sino la memoria. La película quiere que recordemos lo que significó antes de intentar profundizar en algo realmente nuevo.

Regresa la ‘Final Girl’ definitiva

Como ya se anunció con mucha fanfarria, Sidney Prescott (Campbell) es el foco de la acción. Así que la estrategia es evidente: volver al rostro que definió la franquicia y confiar en que su sola presencia sostenga la estructura. Durante el primer tramo, la apuesta rinde frutos.

Campbell interpreta a una Sidney distinta, con serenidad aprendida a la fuerza. Ya no es la joven que huye por pasillos interminables; ahora es una mujer adulta que ha construido una rutina lejos del caos. Esa evolución aporta matices interesantes y permite observar el desgaste emocional con cierta madurez.

La cinta encuentra ritmo cuando combina esa mirada retrospectiva con secuencias violentas ejecutadas con energía. No obstante, cada vez que intenta reflexionar sobre su legado, el discurso se vuelve pesado, denso y con tendencia a repetirse a sí mismo. La sátira es ahora una especie de autoconsciencia no demasiado clara y sin objetivo. Y aunque el montaje mantiene movimiento, la sensación general es que “Scream 7” tiene mucho cuidado de innovar para no alejarse de su núcleo como saga. Un error que hace de la película una especie de trampa de nostalgia mal desarrollada. 

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Sidney vive en Pine Grove, un pueblo tranquilo lejos de Woodsboro. Atiende una cafetería, sonríe a los vecinos y comparte su vida con Mark Evans (Joel McHale), policía y esposo paciente. También intenta guiar a su hija adolescente, Tatum (Isabel May), con la firmeza de quien conoce demasiado bien el peligro. Esa cotidianidad es uno de los aciertos del guion: mostrar a la antigua “final girl” como alguien funcional, no definida únicamente por el trauma.

Sin embargo, la estabilidad se siente frágil y artificiosa desde el primer minuto. Con reiterativa torpeza, la trama insiste en convencernos de que Sidney ha encontrado equilibrio, aunque la amenaza nunca desaparece del todo. La película parece asumir que el público ya conoce cada cicatriz del personaje, así que ofrece poco contexto adicional. Esa confianza reduce la profundidad dramática de Sidney, que oscila entre calma absoluta y ansiedad repentina sin una transición convincente. El resultado es irregular. La intención es clara: presentar a una mujer que aprendió a vivir con el pasado. La ejecución, en cambio, deja huecos.

Ahora es la IA

Cuando finalmente suena el teléfono y Ghostface regresa al juego, la trama introduce su giro más llamativo: un video revela el rostro de Stu Macher (Matthew Lillard). La explicación apunta a inteligencia artificial y manipulación digital, no a resurrecciones imposibles, por lo que la idea conecta con temores contemporáneos. Pero la puesta en escena no logra integrar el concepto con fluidez. Sidney reacciona con desconcierto y la película parece compartir su desorientación.

A partir de ahí, los asesinatos se vuelven una ola imparable. Mucho más que en otras ocasiones, en “Scream 7” la violencia es explícita, más gráfica y destinada a incomodar.

Ghostface entra y sale de cuadro con una presencia casi espectral, pero la acumulación de sangre no compensa una intriga débil y una atmósfera mal construida. Si el culpable fuera realmente Stu, la saga alteraría su propia base. Si todo es un truco digital, el homenaje se convierte en artificio.

El desenlace confirma la sensación de estancamiento de una saga que, con treinta años a cuestas, se niega a experimentar. Nadie esencial muere y, de pronto, la película parece más cercana a la autoparodia que al cruel y sangriento festival de muertes que pretende ser. Al final, más que el asesino, lo que parece agotado es el impulso creativo. Por lo que la máscara de Ghostface sigue ahí, como un símbolo generacional, pero sin otra cosa que ser una especie de fantasma de la cultura pop sin demasiado peso.

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