“Proyecto Fin del Mundo”, la gran película de ciencia ficción de esta década
Phil Lord y Christopher Miller dirigen la gran película de ciencia ficción de los últimos años. “Proyecto Fin del Mundo” es un espectáculo visual de alto calibre, que además sorprende por su inmenso corazón. Una combinación imbatible
“Proyecto Fin del Mundo” del dúo de directores Phil Lord y Christopher Miller es una rareza. Lo es por su escala, compromiso con la ciencia ficción de la vieja escuela y por el hecho de recuperar algo que el género de ciencia ficción había dejado a un lado en las últimas décadas: la emoción.
“Proyecto Fin del Mundo” apuesta a algo simple: el mundo debe ser salvado por los pocos medios que tenemos a nuestro alcance y hay que hacerlo con el entusiasmo del heroísmo de todas las épocas. Algo que, al final, brinda a la película un tono y un ritmo tan extraordinario como para hacer llorar y reír, casi en la misma escena.
Es una aventura espacial a toda regla (y una emocionante), pero también es un clásico camino del héroe, que recuerda el motivo por el que las grandes historias necesitan tener un propósito, un héroe y un espíritu combativo. La película no intenta demostrar nada de lo anterior de forma explícita, pero cada escena transmite la sensación de que están plenamente conscientes de lo que pueden hacer y de lo que el público espera. Por lo que, mientras esos héroes salvan al mundo, también hay lugar para la risa, la humanidad y en especial, creer en el bien. Un tipo de inocencia que la película explora con inteligencia, buen gusto y una habilidad sorprendente.
La cinta sigue a Ryland Grace (Ryan Gosling), un buen chico cualquiera en una situación que combina confusión, aislamiento y un ligero toque de horror existencial. El personaje despierta de un coma inducido sin contexto claro, rodeado de señales que indican que algo salió terriblemente mal y con la incómoda certeza de que no hay nadie disponible para explicárselo. Todo en medio del espacio.
“Proyecto Fin del Mundo” que adapta el libro Project Hail Mary de Andy Weir, utiliza la misma técnica de la novela para desconcertar: casi no hay indicios de lo que sea que le ocurrió a Ryland ni el motivo por el cual debe recordar su misión. De tener una, claro.
Por lo que las escenas iniciales establecen un tono inmediato: la película no pierde tiempo en rodeos innecesarios y prefiere sumergir al espectador en la misma incertidumbre que enfrenta su protagonista. A medida que Ryland intenta reconstruir su memoria, la trama adopta una estructura fragmentada que permite dosificar la información sin saturar. Cada recuerdo funciona como una pieza suelta que, al encajar, revela no solo la misión en la que está involucrado, sino también el tipo de persona que era antes de llegar a ese punto.
El conflicto central gira en torno a una amenaza que afecta directamente a la supervivencia de nuestro planeta, pero la película evita convertirlo en un concepto abstracto. Por lo que uno de los grandes logros de “Proyecto Fin del Mundo” es hacer la amenaza creíble. La idea del astrofago como elemento que debilita estrellas se presenta de forma comprensible, casi didáctica, sin sacrificar tensión. Y sin sobreexplicaciones que puedan alargar la trama. Antes que eso, indaga con habilidad en las consecuencias y en el peligro que puede provocar la situación. Lo interesante es cómo este riesgo global se traduce en una experiencia profundamente personal para Ryland, quien pasa de ser un individuo común a convertirse en una figura clave dentro de una operación desesperada.
Los recuerdos que emergen no solo explican el contexto científico, sino también las decisiones que lo llevaron a aceptar su papel en esta misión. Este equilibrio entre lo íntimo y lo catastrófico permite que la historia avance con un ritmo constante, donde cada revelación aporta tanto al desarrollo emocional como al progreso de la trama. En lugar de depender únicamente del espectáculo, “Proyecto Fin del Mundo” construye su impacto a partir de la acumulación de pequeños descubrimientos, logrando que la tensión se sienta sostenida y no simplemente explosiva.
Un compañero improbable
La aparición de Rocky (voz de James Ortiz) cambia por completo la dinámica de la historia, y lo hace sin que parezca extraño, excesivo o incómodo. Hasta ese momento, la película se mueve dentro de los límites de la supervivencia individual, con Ryland enfrentando su aislamiento con una mezcla de lógica científica y nerviosismo contenido. Pero la llegada de esta criatura introduce una variable inesperada que obliga a replantear todo. Rocky no es humano, no comparte referencias culturales, y su forma de comunicarse convierte cada interacción en un pequeño desafío técnico. Lo que podría haberse convertido en un recurso torpe termina siendo uno de los motores más eficaces del relato.
La relación entre ambos se construye desde la incomodidad inicial. No hay entendimiento inmediato, ni tampoco soluciones mágicas. Cada intento de comunicación requiere paciencia, ensayo y error, lo que genera situaciones que oscilan entre lo cómico y lo profundamente humano. Es ahí donde la película encuentra un equilibrio particularmente interesante: utiliza la diferencia como punto de partida para desarrollar cercanía.
A medida que avanzan, Ryland y Rocky establecen un vínculo que no depende de palabras en el sentido tradicional, sino de intención, de curiosidad mutua y de una necesidad compartida de sobrevivir.
Esta conexión evita caer en sentimentalismos fáciles. No hay grandes discursos sobre la amistad universal ni momentos diseñados para forzar lágrimas. La película apuesta por pequeños gestos, por la repetición de interacciones que poco a poco generan confianza. Es un proceso acumulativo. Y funciona. Rocky, pese a su apariencia extraña, se convierte en una presencia fundamental, no solo como aliado estratégico, sino como contrapunto emocional. La historia deja claro que la cooperación no es una opción idealista, sino una necesidad práctica.
Y en ese sentido, esta relación se siente más honesta que muchas otras dentro del género. Sin hacer ruido excesivo, la película logra que el espectador invierta emocionalmente en una amistad que, en otro contexto, parecería absurda pero que aquí resulta inevitable.
Flashbacks y burocracia en “Proyecto Fin del Mundo”
Mientras la narrativa en el espacio avanza, los recuerdos de Ryland introducen una perspectiva diferente que amplía el alcance de la historia. Es en estos fragmentos donde aparece Eva Stratt (Sandra Hüller), una figura que encarna la toma de decisiones en situaciones límite con una frialdad casi escalofriante. Su presencia redefine el tono de estas escenas: Ryland aporta duda y cierta torpeza social, Stratt representa claridad absoluta. La interacción entre ambos genera una tensión constante que no necesita elevar la voz para ser efectiva.
A través de estos recuerdos también se presentan Yáo Li-Jie (Ken Leung) y Olesya Ilyukhina (Milana Vayntrub), quienes completan el panorama humano de la misión. Cada uno aporta una perspectiva distinta sobre el problema, lo que evita que la historia se reduzca a una única forma de ver el mundo. No se trata solo de salvar el planeta, sino de cómo se decide hacerlo, quién toma esas decisiones y qué costo implican. Estos personajes no están diseñados únicamente para avanzar la trama; funcionan como reflejos de distintas posturas frente a una crisis global.
Lo interesante es cómo “Proyecto Fin del Mundo” utiliza estos flashbacks para equilibrar el aislamiento del presente. Mientras Ryland lidia con su situación en el espacio, estos fragmentos lo conectan con un contexto más amplio, recordándole (y recordándonos) que su misión no es abstracta. Hay un mundo detrás, con personas concretas, con conflictos y con decisiones que ya han sido tomadas. Este contraste fortalece la narrativa, porque evita que la historia se encierre en sí misma.
En lugar de eso, construye un puente constante entre el antes y el ahora, entre lo colectivo y lo individual. El resultado es una estructura que se siente dinámica, donde cada regreso al pasado no interrumpe el ritmo, sino que lo enriquece. Y en ese proceso, “Proyecto Fin del Mundo” logra que el espectador entienda no solo lo que está en juego, sino también por qué importa.
Humor con gravedad propia
Uno de los mayores riesgos de una historia con este tipo de premisa es el tono. Demasiada solemnidad y se vuelve densa; demasiada ligereza y pierde peso. La película encuentra un punto medio bastante preciso, donde el humor aparece como una extensión natural de los personajes y no como un accesorio añadido en posproducción emocional. Ryland es el eje central de ese equilibrio. Su manera de reaccionar ante lo absurdo, lo aterrador y lo inesperado genera momentos que resultan genuinamente divertidos, pero sin romper la coherencia del relato. No es un comediante en el espacio; es una persona intentando no colapsar mentalmente, y a veces eso se traduce en chistes.
Gran parte de la comedia surge de la interacción con Rocky. La barrera de comunicación, lejos de ser un obstáculo narrativo, se convierte en un recurso que permite explorar situaciones inesperadas. Los malentendidos, los intentos fallidos de traducción y las soluciones improvisadas generan una dinámica que se siente orgánica. No hay una búsqueda desesperada por provocar risa; esta aparece como consecuencia de la situación. Y eso marca una diferencia importante. “Proyecto Fin del Mundo” confía en que el espectador sabrá encontrar el humor en lo incómodo, en lo extraño, en lo que no encaja del todo.
No todo es perfecto, claro. Hay momentos donde el ritmo podría ajustarse mejor y ciertas transiciones que se sienten más funcionales que orgánicas. Pero incluso esos detalles forman parte de una propuesta que, en términos generales, se mantiene coherente con lo que plantea desde el inicio. Es una historia que apuesta por el equilibrio: entre lo íntimo y lo espectacular, entre el humor y la tensión, entre lo humano y lo desconocido. En ese punto medio encuentra su identidad. Una bastante clara. Y, considerando el panorama actual de la ciencia ficción, bastante inusual.
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