La segunda adaptación de Frankenstein en menos de un año es una mezcla poco clara de géneros que no logra sorprender a pesar de su ambición. “¡La novia” va del relato de una criatura cansada de la eternidad a una mujer que despierta sin pasado y una autora que invade su propia ficción, pero falla más veces de las que acierta
“¡La novia!”, de Maggie Gyllenhaal, tiene varios problemas que enfrentar. El más evidente es que toma la novela clásica de Mary Shelley y su alegoría sobre la vida y la muerte, para hacer varias cosas distintas. Por un lado, indagar sobre el control y la violencia que la sociedad ejerce sobre las mujeres. Al otro, el desenfreno de la libertad que se encuentra a través de la subversión de cualquier límite legal y cultural. Es decir, a la manera del clásico Walter White de Vince Gilligan, encontrar la realización a través de la burla a la ley y el crimen. Todo eso pasando por la historia de dos amantes improbables, monstruosos y desenfrenados que se dirigen con rapidez a un evidente final trágico.
Son muchas ideas para una sola película y es esa multiplicidad de focos de atención lo que atenta contra la necesidad del guion de ser provocador y surrealista. Mucho más, cuando la directora (que también adapta), decide que el punto de partida no es el laboratorio en el que nace el milagro de una criatura creada a partir de cadáveres, sino la autora misma. Shelley (Jessie Buckley) aparece en blanco y negro, atrapada en una dimensión que parece antesala del más allá. Pero no es un simple guiño literario, sino una intervención directa que convierte a la película en una extravagancia total y siniestra, acerca del sentido de la vida.
Si suena excesivo, es porque lo es. Maggie Gyllenhaal tiene una serie de ideas de ruptura que empiezan por alterar el orden clásico del mito y prácticamente insertar a la escritora dentro del engranaje narrativo de su adaptación. Shelley observa, comenta y finalmente irrumpe, como una especie de supraconciencia sobre el temor, la belleza y el tiempo, que se convierte en una voz que conduce a la película en una dirección.
Lo que es más singular, su encuentro con Ida (también Jessie Buckley), una joven que sobrevive como puede en el Chicago de 1936, desencadena el caos. Pero no uno interesante y mucho menos intrigante. “¡La novia!” parece incapaz de superar lo errático de la premisa y desde sus primeros segundos naufraga en medio del desorden.
Ni terror ni adaptación
Y es entonces cuando la película muestra sus colores: una aparente posesión funciona como detonante dramático de una historia que se bifurca en dos partes. Mary, comprendiendo el presente de la ficción, Ida siendo solo el cuerpo que ocupa. Por lo que, súbitamente, esta última habla con acento británico en medio de un club nocturno y acusa a un mafioso con una elocuencia suicida. La escena tiene algo de comedia negra y mucho más de tragedia absurda, pero el resultado no es tan coherente ni tampoco sugestivo como podría suponerse.
Si algo falla en “¡La novia!” es el hecho de que nada parece bien acabado, contado o encaja de manera elegante. Antes que eso, es una serie de piezas de argumentos.
Ida resulta asesinada y lo siguiente que ocurre es que Gyllenhaal reorganiza el mito creacionista con un movimiento arriesgado: la muerte llega antes que el romance. Y en un giro brusco, el guion se enfoca entonces en el monstruo, aquí llamado Frank (Christian Bale), quien lleva más de un siglo arrastrando su existencia. Su presencia en Chicago parece casual, aunque en realidad es consecuencia directa de su cansancio. Ha vivido demasiado. Ha visto demasiado. Y claro está, quiere compañía.
La directora intenta que todaesa enorme, desordenada y caótica cantidad de información, se enlace en algo más coherente. Pero no solo no lo logra, sino que hace que la película tenga problemas de ritmo y tono. Del tropo de la posesión, al de body horror, pasando por una trama detectivesca que no ayuda a nadie ni se explica bien, para finalmente obsesionarse con sus amantes enloquecidos por la novedad de la vida, la cinta pasa demasiado tiempo dando explicaciones y subrayando ideas, mientras que olvida contar una historia.
Mucha acción, nada de narración
“¡La novia!” es incapaz, aunque lo intenta, de ser una propuesta sólida. Antes que eso, el experimento de traer de vuelta a la vida a Mary Shelley para ser su propio monstruo, parece un giro barroco en una historia que se vuelve absurda y tediosa.
Maggie Gyllenhaal, que tiene buena mano para los personajes femeninos, parece no saber qué hacer con su Ida/Mary, que va desde monólogos felices a risa en falsete con una rapidez de pesadilla. Mucho menos, con el melancólico Frank de Bale, disminuido, borroso junto a su novia todo brillo y escándalo.
En esta versión monstruosa de Bonnie and Clyde, el mayor encanto de la trama parece residir en ser por completo absurda y hacer un mayúsculo esfuerzo por sorprender con sus desvíos hacia el musical y hasta hacia un drama feminista. Pero la película carece de tanta lógica interna, que simplemente decae cuando es incapaz de sorprender por impacto inmediato.
Paso a paso, la historia sigue a Ida y Frank, mientras sacuden Chicago, inmortales y salvajes. Pero “¡La novia!” olvida explicar el motivo por el cual eso es importante, valioso o incluso, solo interesante.
En especial, porque la decisión de convertir a la autora en fuerza activa le da a la película una capa meta que roza lo teatral. A veces resulta estimulante. Otras, ligeramente aparatosa. Y la mayoría de las veces sin el menor sentido. En medio de semejante caos, el hilo conductor que resulta más intrigante se pierde entre la novedad de canciones, disparos y análisis de la misoginia mafiosa. Por lo que la reflexión sobre ser un monstruo para obtener la libertad resulta un punto sin importancia en una película que se esfuerza por contar demasiadas cosas sin lograr ser clara o atractiva en ninguna.
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