El día que Taylor Swift me ayudó a emigrar
Lo que comenzó como un plan para ver un concierto de Taylor Swift devino en empujón definitivo para lograr el sueño de salir de Venezuela

Lo que comenzó como un plan para ver un concierto de Taylor Swift devino en empujón definitivo para lograr el sueño de salir de Venezuela

Todos tenemos fechas que marcaron momentos importantes. La mía fue el 13 de julio de 2023, porque fue el inicio de una aventura inesperada: mi migración.
Ese día tuve una videollamada de Google Meet con mis amigas: Isabella desde Madrid, Aki en Tokio, Marianna y yo en Caracas. Tres husos horarios distintos para lograr una meta que sentíamos como gran batalla épica: conseguir entradas para la única fecha de “The Eras Tour” de Taylor Swift en Madrid.
El concierto sería el 30 de mayo de 2024.
Dos millones de personas se registraron en Ticketmaster para obtener el codiciado código para la venta de entradas. Y fuimos afortunadas: conseguimos uno, que se traducía en una oportunidad. ¿Saldría bien? ¿Saldría mal?
Por consenso decidimos que Isabella se encargaría de hacer la compra. Ella vive en Madrid y tenía tarjeta de crédito para pagar las entradas. Y al momento de hacerlo, nos compartió pantalla para que pudiéramos ver el proceso.
Nervios.
A la 1 de la tarde, hora Madrid, 7 de la noche hora Tokio y 7 de la mañana hora Caracas, comenzó la venta. Ticketmaster nos arrojó a la cola virtual y ocurrió el primer escenario estresante: “En una hora entrarás a la página, tienes a 26 mil personas por delante”.
Cada persona en la cola virtual podía comprar hasta cuatro entradas. Eso significaba que cada minuto que pasaba, perdíamos la posibilidad de estar entre las 72.400 swifties que podrían asistir al estadio Santiago Bernabéu. A partir de ese momento, le rezamos a quien fuera para conseguirlas.
Mientras estábamos en ese trance, pensé: “Qué locura esta vaina. Estoy aquí porque le tomé la palabra a Isabella cuando me dijo: ‘Vamos a intentarlo, después nos arreglamos con la plata’”. Me preocupaba porque mi sueldo no era holgado, pero algo pasó: dejé a un lado ese bucle ansioso y regresé al presente con mis amigas.
A medida que pasaban los minutos, iban disminuyendo las personas que teníamos por delante en la cola virtual, hasta que llegó nuestro momento.
Había dos opciones: entradas generales y VIP. Los tickets generales se habían agotado, todas nos quedamos en silencio. Isabella dijo: “¿Me meto en las entradas VIP?”. Le contestamos que sí, habíamos previsto ese escenario e íbamos a tomar el riesgo, porque solo teníamos 10 minutos para comprar.
De repente, Isabella comenzó a hablarnos de las entradas. Marianna, Aki y yo le dijimos que la pantalla se había congelado. A partir de allí, nuestra amiga se encargó de ser la narradora, como periodista deportivo comentando un partido de fútbol en los minutos decisivos.
“Conseguí entradas, 389 euros cada una. ¿Paso la tarjeta sí o no?”, dijo Isabella. Al unísono le gritamos que sí, sin pensarlo mucho. Y lo logramos.
Luego de que pasara el éxtasis de nuestra victoria, pensé: “Mierda, ¿de dónde sacó 430 dólares para pagar la entrada?”, pero recordé las palabras de mi amiga y me calmé.
No recuerdo si fue Aki o Marianna la que habló, pero una de ellas dijo que ahora el siguiente paso era reunir el dinero para los pasajes de avión. Me reí y les dije: “Muchachas… Tengo el pasaporte vencido”. Ellas se ríen y me dicen que eso también formará parte de nuestras prioridades para el viaje.
Ese día solo tenía dos opciones: arrepentirme de la compra y pedirle a Isabella que reembolsara mi entrada, o atender el llamado, como Bilbo Bolsón en El Hobbit cuando Gandalf apareció en su puerta
Me convertí en Bilbo Bolsón: respondí al llamado sin tener idea de cómo sería el camino. Dejé a un lado las limitaciones y me enfoqué en conseguir el dinero para pagarle a Isabella, reunir para la renovación del pasaporte venezolano (que en ese momento costaba 200 dólares, uno de los documentos más caros del mundo) y para el pasaje de avión. En cuanto a la estadía, nos íbamos a quedar en casa de nuestra amiga.
Tenía 10 meses para lograr la siguiente fase. Conseguí otro trabajo, pude pagarle la entrada con el primer sueldo del segundo empleo y por varios meses me mantuve así, luego siguió el pasaporte sin inconvenientes.
Y en una mañana de agosto, mientras tomaba mi guayoyo sin azúcar viendo el Ávila desde el patio de mi casa, vinieron a mi mente estas palabras: “Ya es mi momento para irme a Buenos Aires”. Atendí el segundo llamado de la aventura: ahora tocaba conectar mi viaje de Caracas a Madrid hacia el sur.
Uno de mis mayores sueños estaba a punto de liberarse, así como los masters de Taylor Swift: emigrar. Desde pequeña decía que no viviría en Venezuela, que estaría en una de esas grandes ciudades donde ocurren historias extraordinarias.
Durante muchos años, ese sueño fue golpeado y pisoteado por la cruda realidad que ya conocemos. Entonces, como un mecanismo de defensa dejé de soñar para sobrevivir.
Y cuando logramos conseguir las entradas, algo en mí se encendió: la chispa de la aventura.Ya no sentía miedo, solo tenía los ojos puestos en la gran meta.
Lo que había comenzado como un episodio delulu en el chat de Whatsapp de cuatro amigas, se transformó en mi plan migratorio. Logré conseguir todo, hasta los pasajes de la larga travesía. Me fui de Venezuela en mayo para disfrutar mi primer concierto en un estadio colosal junto a mis besties.
Llegó el día: 30 de mayo de 2024. Ya no veríamos el concierto a través de lives de TikTok pixelados, tampoco en una sala de cine. Lo íbamos a presenciar con nuestros ojos, nos preparamos para intercambiar friendship bracelets con otras swifties.
Los puestos que consiguió Isabella eran un sueño hecho realidad: teníamos la vista de todo el escenario y nadie nos tapaba, también pudimos ver cuando Taylor Swift entró en el icónico carrito de limpieza.
A las 6:45 de la tarde se montó Paramore en el escenario de “The Eras Tour”. La banda estadounidense fue la encargada de abrirle a la cantante en la gira europea, con un set de nueve canciones. Durante 40 minutos reviví mi adolescencia, y complací a la Gretta de 18 años que no pudo verlos en el estacionamiento del Centro Ciudad Comercial Tamanaco (CCCT) en Caracas del 2010.
Luego, minutos antes de las 8 de la noche sonó la canción “Applause” de Lady Gaga, las swifties ya sabíamos lo que venía: el reloj con la cuenta regresiva para dar comienzo al concierto.
Me tomó 16 años ver a la chama rubia que empezó tocando country y a la que escuchaba a full volumen en mi cuarto cuando era adolescente. Gracias a la euforia de mis amigas y de las switfies volví a una de mis pasiones: los conciertos.
Cada una se vistió de la era con la que más se sentía identificada en ese momento de su vida. Yo decidí armar un outfit inspirado en 1989 Taylor’s Version, porque esa regrabación me hizo conectar con la reinvención, y la misma Taylor lo mencionó en la dedicatoria de ese álbum, también el concepto del disco se trata de empezar una nueva vida en otra ciudad, de divertirse con las amigas y yo lo estaba haciendo desde que salí de mi país.
La música fue el empujón que necesitaba para vencer las limitaciones y los miedos que me carcomieron por años de que jamás lograría una vida diferente a la que tenía hasta mis 32 años.
Cuando Taylor cantó “It was rare, I was there, I remember it all too well”, de “All Too Well (10 Minute Version)” en su set de Red, sentí un nudo en la garganta, porque lo había logrado. En Madrid caía la tarde, el estadio se tornó de tonos rojos y naranjas como el otoño, fue diferente y especial, porque en otras presentaciones ella tocaba esa canción de noche.
Me encontraba con mis amigas, con los ojos aguados cantando junto a más de 70 mil personas en una de las ciudades cosmopolitas de Europa, presenciando una de las giras históricas del siglo XXI.

Los días en España pasaron volando, y finalmente llegó la fecha que jamás pensé que llegaría: el viaje que daba paso a mi migración.
Esta nueva etapa de mi vida comenzó en una madrugada de junio, camino al aeropuerto de Barajas en Madrid. Me encontraba sola en el Uber con el conductor, mientras contemplaba la ciudad y me despedía de ella, con la promesa de regresar, mi mente se sumergió en una epifanía.
“Tuvo que ser así”, la música me ha acompañado en los momentos más felices y decisivos de mi vida. “The Eras Tour” de Taylor Swift fue mi salto de fe: lanzarme al vacío a intentarlo cuando el entorno decía que era imposible lograrlo.
Dicen por allí que cada ciudad tiene un soundtrack. Cuando el avión aterrizó en el Aeropuerto Internacional Ezeiza en Argentina, en mi cabeza empezó a sonar “It’s a new soundtrack, I could dance to this beat, The lights are so bright, but they never blind me”, de “Welcome To New York (Taylor’s Version)” de 1989 Taylor’s Version.
Ahora que me encuentro en Buenos Aires cuando alguien pregunta cuál fue el motivo que me hizo salir de Venezuela, contesto: “La música me sacó de allá, yo solo seguí la melodía”. Así como Bilbo Bolsón atendió el llamado de Gandalf.