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Luisa Richter: pincel que trazó al futuro

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09/11/2015
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TEXTO: ANGEL RICARDO GÓMEZ | FOTOGRAFÍAS: GUILLERMO COLMENARES

La artista de origen alemán abandonó el plano terrenal el pasado 29 de octubre, a los 87 años de edad; pero su obra y sus ideas resistirán el paso del tiempo. Ella es atemporal. Radicada en Venezuela desde 1955, deja un importante legado en el área creativa, reflexiva y formativa. Por eso, en su mes aniversario, la revista del talento venezolano la escoge como un personaje Clímax

Cuando Luisa Richter llegó a Venezuela en 1955 ya la autopista Caracas-La Guaira estaba construida. Mientras su Alemania natal agonizaba por la Segunda Guerra Mundial, este país del trópico coqueteaba con la modernidad, con obras arquitectónicas majestuosas como aquella vía que surcaba una montaña desde el mar para conducirla a un valle donde, a su vez, destacaban obras como la Ciudad Universitaria o las torres de El Silencio. Pero no fue precisamente la arquitectura venezolana lo que cautivó a Luisa Ritchter, sino la naturaleza, la luz, las texturas de aquellos cortes de tierra que se hicieron para trazar la autopista.

A Venezuela arribó para encontrarse con su esposo, el ingeniero civil Joachim Richter, quien ya trabajaba en este país. “Fue en Caracas donde comenzó para mí la posibilidad de descubrimiento, invento, construcción y lenguaje. Me gusta mucho la luz que hay aquí y la espontaneidad de Venezuela. Lo que yo le di fue el informalismo, que llegó conmigo, porque en Caracas los pintores eran constructivistas. En 1955, cuando llegué, yo pintaba los cortes de la tierra de las calles recién construidas”, contó la alemana a Viviana Marcela Iriart.

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Luisa Richter, nacida el 30 de junio de 1928 en Besigheim, vino para apropiarse de esos insumos de la naturaleza y convertirlos en arte, en obras que trascienden incluso a la propia creadora, fallecida el 29 de octubre de 2015.

ObrasRichterLa artista siempre recordaba que empezó a dibujar a los tres años, ya que su padre, el ingeniero y arquitecto Albert Kaelble, era un hombre cuarentón que le facilitaba lápices para entretenerla. Aquella familia de Kaelble y Gertrud Unkel, como tantas en Europa, estuvo marcada por la guerra, que le arrancó un hijo a la pareja. “Mis padres querían que yo estudiara medicina, porque mi hermano, que falleció al final de la II Guerra Mundial, iba a estudiar eso”, confesó la artista al diario El Universal.

No obstante, los padres apoyaron su inclinación hacia el arte y Luisa Richter comenzó a estudiar con profesores como Hans Fähnle, Rudolf Müller, Fritz Dähn y el más importante, Willi Baumeister (1889-1955), uno de los propulsores del abstraccionismo en Europa.

Finalizada la guerra en 1945, Baumeister era considerado para el cargo de director o de profesor de la Academia de Stuttgart, su ciudad natal. En marzo de 1946, aceptaba la cátedra y la dirección de un curso de pintura en la misma localidad. En 1951 se convertiría en subdirector de la institución, antes de jubilarse en febrero de 1955. Su reputación en Europa iba in crescendo: en París fue llamado “Le Picasso Allemand”, y Fernand Léger escribió a finales de 1949, “A mi modo de ver, Baumeister ocupa un lugar sumamente importante entre los artistas modernos alemanes”.

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Luisa Richter recordaba su primer encuentro con Baumeister en una entrevista con Karl Krispin: “Cuando en 1949 hice el curso de admisión en la Academia Nacional de Artes Plásticas de Sttutgart me dijeron: tú no tienes que hacer un curso de admisión y no tienes por qué tomar las clases primarias. Vete arriba, allá hay un profesor que se llama Willi Baumeister y le dices que te mandamos nosotros. Cuando entré me dijo: ‘Luisita, de dónde vienes’. Yo respondí, ‘del curso de admisión’. Me enviaron con usted. Y así entré en el grupo de sus discípulos donde uno aprendía a pensar en relación a hacer pintura abstracta. Adicionalmente, para Baumeister era muy importante la comparación entre literatura, historia, arte y vida”. En efecto, de la mano de este maestro se adentró en la filosofía —especialmente en el existencialismo.

En 2012 escribía: “Aquí en Caracas, en la montaña sobre la ciudad, envuelta en la luminosidad de un cielo cristalino, me pregunto si mis pinturas mejoran el mundo o no son más que prótesis emocionales… Confrontación con el mundo poético, el hacer y producir una obra de arte ofrece una meta ética, una sensibilización, que surge de un proceso creativo, que atrapa al ser y podría conducir a una fe del mundo, a una educación existencial…”.

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Por la puerta grande

Con apenas tres años en el país, Luisa Richter ingresa en los círculos más selectos de los artistas locales: en 1958 participa en el XIX Salón Oficial Anual de Arte Venezolano y al año siguiente, ya presenta su primera exposición individual en el Museo de Bellas Artes de Caracas.

Según el crítico Juan Calzadilla, bajo la influencia de su tutor Willi Baumeister, Richter llevó a cabo en un primer momento, “una abstracción con la que se adelantó a su ‘etapa informalista’ de 1959, en obras caracterizadas por el empleo de texturas grumosas y de sugestión atmosférica, con el tema de cortes de la tierra venezolana”.

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En 1963 Richter retoma la figuración, en donde la figura humana se debate con el abstraccionismo. Las referencias a la mitología y a la literatura actual son frecuentes en su obra para aquel momento. Durante esa época trabaja en el Taller de grabado de Luisa Palacios y sigue desarrollando su obra en collage. En 1966 participa en la exposición “Emergent Decade” en el Museo Guggenheim de Nueva York, una de las muestras de arte latinoamericano más reveladoras de la década, y en el año 78 representa a Venezuela en la Bienal de Venecia.

“Después de 1963, y a través de medios gráficos, (Richter) buscó expresarse con líneas picadas, en términos simbolistas o concretos. De esa época datan también sus primeros collages, y pinturas realizadas por una vía de trazos impulsivos que la conduciría más tarde, a partir de 1966 hasta el 69 a un intermezzo de un figurativismo, y desde entonces hasta 1977, se derivan de vez en cuando retratos que ella trata como ensayos”, escribe Calzadilla en 1981.

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En las aulas

Luisa Richter no solo impartió clases por 18 años en el famoso Instituto de diseño Neumann, de donde salieron discípulos exitosos como Francisco “Pancho” Quilici, Jason Galarraga, Ricardo Goldman, Christian Gramko o Jorge Pizzani, sino que encauzó a su jardinero, Néstor Marín, en el camino del arte, y su generosidad la llevó a compartir su sabiduría con todo aquel que se le acercara con sed de aprender. “Él —Néstor Marín— llegó del campo, como toda esa gente que viene a aprender con felicidad. Aprovechó que yo soy educadora para aprender… Para mí, educar es mirar hacia el futuro. Esa es la fuerza que da un país”, comentaba la alemana en otra entrevista con El Universal.

Luisa Richter, ganadora del Premio Nacional de Dibujo y Grabado 1967 y del Premio Nacional de Artes Plásticas 1981, decía a Viviana Marcela Iriart: “Las obras de arte tienen la particularidad de ser, por así decirlo, cosas del futuro: el tiempo no las ha tocado todavía. Ese futuro en el que se originan es lejano: son fragmentos venidos de los últimos siglos, en los que el camino y el progreso se cierran sobre sí en un círculo. Son cosas plenas y contemporáneas de aquella divinidad que venimos vislumbrando desde el principio de los tiempos y que aún no terminamos de vislumbrar”.

Así, el pincel de la Luisa Richter de 1955 apuntaba al 2015 de hoy y a los años que están por venir.