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Ruinas y bacterias matan el J.M. de los Ríos

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26/05/2017
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TEXTO: JULIO MATERANO | FOTOGRAFÍA: ANDREA HERNÁNDEZ

El J.M. de los Ríos dejó de ser un ícono de salud para convertirse en un referente de insalubridad. No es secreto que el hospital de San Bernardino atraviesa una crisis sin parangón: equipos médicos averiados, colapso de aguas blancas y negras, escasez de medicamentos y profesionales. Como colofón de la tragedia, una bacteria en la unidad de diálisis ha matado a tres niños este año

Fundado en 1937 como un centro de referencia nacional, 80 años después, el J.M. de los Ríos es el espectro de lo que hace varias décadas fue un hospital con más de 34 servicios con tecnología de punta. Hoy una bacteria superresistente — Klebsiellapneumoniae— lo imposibilita y tuerce la esperanza de vida a 13 pequeños infectados, con riñones impedidos, que visitan tres veces por semana la Unidad de Hemodiálisis. Allí otros ocho menores, libres aún del germen y con insuficiencia renal crónica, corren peligro. En total, 21 pacientes asistidos en esa unidad están a merced de infecciones causadas también por estafilococo y pseudomonas. Otros tres se libraron del sufrimiento y descansan en paz.

Con una vida que se escurre con cada complicación y muchos sueños por concretar, todos esos niños tienen un aspecto en común: dependen de una terapia de diálisis, que es en realidad el único método clínico para desechar los líquidos de sus cuerpos y limpiar las toxinas de sus torrentes sanguíneos. Cargan con el peso de un sistema en crisis.

Katiuska Salazar, madre de una pequeña de 10 años, teme que su hija se infecte con ese microorganismo que ha cobrado tres vidas en cuestión de pocos días. Así lo relata sentada en un banco a la entrada del recinto. Afligida, sacude su camisa con fuerza y advierte que no hay antibióticos para combatir los síntomas. Cuenta que quienes mueren por complicaciones asociadas a la Klebsiella —como se llama la infección— se le queman los huesos. Pierden el caminar, vomitan hasta más no podery titiritan de la fiebre. Pierden hasta el habla.

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“Se queman, se queman”, repite desesperada mientras arregla su moño. Todo inicia con un dolor de cabeza y la renuncia a los juegos de un día cualquiera, como le ocurrió a Samuel Becerra, de 12 años —quien falleció la madrugada del jueves 11 de mayo de 2017, tras ocho años en diálisis. La primera víctima de la bacteria fue Raziel Jaure, de 10 años, quien murió el 3 de mayo, una semana antes que Samuel. Pero el dolor no concluye, no tiene coto. Este lunes 22 de mayo, la Organización Nacional de Trasplante de Venezuela lamentó un nuevo hecho funesto: el fallecimiento de Dilfrez Jiménez. Tenía 15 años. La suya, al igual que la de sus otros dos compañeros, fue una muerte anunciada, predicha por la medicina, una que se quedó sin remedios para las enfermedades.

Por la problemática, el 11 de mayo los padres acudieron al despacho de la Defensoría del Niño en el J.M. para notificar la situación a través de un documento. Se trata de un consentimiento firmado por la directiva del hospital, médicos del servicio y padres, quienes acordaron continuar con las diálisis pese a la alerta bacteriológica.

Los representantes esperan por los resultados de las muestras de agua tomadas por el Instituto Nacional de Higiene Rafael Rangel, situado en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Piden determinar con rigor científico la magnitud del problema que afecta a más de 60% de los niños de la Unidad de Diálisis. Belén Arteaga, jefa del servicio de Nefrología, informó que el Instituto de Higiene extrajo agua del tanque y de las máquinas de diálisis, luego de que la Comisión de Infectología del hospital aislara la bacteria superresistente. La angustia gana terreno en los representantes. Temen que el servicio sea clausurado como lo pidieron infectólogos del propio recinto. Por ahora los niños se dializan una hora y media de las tres previstas para la terapia.

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“Que más de la mitad de los niños de la unidad haya contraído la bacteria, nos hace pensar que se trata de un problema grave”, sostiene la jefa de Nefrología. Arteaga agrega que el planteamiento de cerrar la unidad es inviable en un país donde solo el J.M. dializa a niños. A la exigencia, su equipo y la dirección del hospital han respondido con otro planteamiento. Proponen que se instale un tanque exclusivo para Nefrología. Se trata de una solución que luce factible dentro de un escenario lúgubre que exige tomar las decisiones más favorables en un margen estrecho de tiempo. “No podemos cerrarla porque se van a morir, pero tampoco le podemos garantizar que no se van a enfermar”, dice.

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En torno al suministro de antibióticos, Arteaga dijo que la reposición es irregular y eso provocó el progreso de la infección. Además plantea que el déficit de material descartableque impide cumplir con las medidas de asepsia. No disponen de batas, guantes ni tapabocas para evitar que los otros pacientes se contaminen. Requieren al menos 81 kits por semana.

Diagnóstico técnico de la crisis

En medio del desconcierto, hay quienes han decidido delimitar con rigor técnico la dimensión de una crisis que recrudece. En una evaluación realizada por la Unidad de Gestión de Tecnología en Salud de la Universidad Simón Bolívar (USB), un grupo de expertos determinó que el J.M. de los Ríos tiene problemas con el manejo de desechos sólidos y no cumple con la norma establecida por el Decreto N° 2.218 para la clasificación de insumos descartables.

El diagnóstico hace hincapié en un aspecto que preocupa a la comunidad: la ineficiencia de los servicios industriales. Solo 11,47% del sistema de aire acondicionado está operativo, 14% de la red de aguas blancas y 15% de las calderas. El estudio, avalado por la Fundación de Investigación y Desarrollo de la USB, cifra la operatividad de los ascensores en 22%. En torno al agua, un tema sensible para los padres, en las tres muestras, extraídas del mismo número de tanques, los expertos evidenciaron coliformes totales, coliformes fecales y aerobios mesófilos, bacterias que alteran el equilibrio bioquímico del líquido y son incompatibles con los criterios de potabilidad.

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Katiuska Salazar solloza, tiembla de pánico ante la idea de que Niurka, su retoño, se convierta en una de las víctimas fatales. Afirma que su esposo dejó todo lo que tenía en Valle de la Pascua para estar cerca del único hospital que brinda diálisis pediátrica. Su marido, quien es agricultor, cambió el campo por un carro de perrocalientes. Y una casa propia por un alquiler en San José de Cotiza. Esta familia, frente al drama, se ha unido y fortalecido. “Tengo otras dos niñas, de 12 y un año, pero Niurka, la del medio, me ha dado valor y muchas lecciones de vida. Me pide que no me preocupe, que no llore y confía en que no le pasará nada”.

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“No queremos más muertos. El año pasado también hubo un brote de pseudomonas, pero en esa ocasión había antibióticos para atacarla. Esta vez lidiamos con las fallas de meropenen, vancomicina y colistín, que son antibióticos de amplio espectro”, expuso una madre que pidió resguardar su nombre. Desde la sala de espera, en el piso 4, representantes aseguran que el tanque principal del hospital tiene metro y medio de sedimento. Nadie se atreve a confirmarlo.

Los dígitos de la crisis

Aunque muy sabidos por los usuarios, los hallazgos de la USB van más allá de lo anecdótico y sirven para jerarquizar a través de dígitos las consecuencias de una problemática asociada al colapso de los servicios. Rodrigo Mijares, especialista en ingeniería biomédica de la USB y coautor del estudio, advierte que el hospital no recibe recursos. Puntualiza que existen dos factores importantes que han acelerado su deterioro: la interferencia ideológica y la falta de liderazgo de la directiva para resolver los problemas.

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El 32% del sistema de oxígeno está dañado y 67% de la red de gases medicinales, usados para brindar asistencia respiratoria, está inoperativa. “30% de las tuberías de aguas negras percolan las heces”, agrega Mijares. El hallazgo podría dar luces sobre el origen de las filtraciones que han afectado espacios como almacenes y quirófanos. Solo en 2016, el departamento de Ingeniería Clínica reportó 175 fallas, de las cuales solo 44 fueron resueltas.

Doris Asuaje es una abuela que cree conocer con certeza la historia del J.M de los Ríos. Hace 20 años, cuando la crisis estaba lejos de serlo, perdió a su segundo hijo de entonces seis años. Tenía una malformación congénita que menguaba su función cardíaca. “Lo había casi todo. Recuerdo que los doctores estaban en encima de él. No hizo falta nada”, dijo. Hoy la vida se ha encargado de reeditar el mismo drama, pero esta vez a través de su hija mayor, quien lidia con un bebé delicado, deshidratado y con una gastroenteritis severa. “Aquí no hay nada, mijo. Tuvimos que zanquear más de 20 farmacias para conseguir unos antibióticos. El muchachito está muy mal y ella también”, dice al referirse a su hija, quien tiene una barriga de cinco meses.

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Inventario funcional de equipos médicos: Unidad de Terapia Intensiva

En el hospital pediátrico el número de camas operativas no cubre la demanda. De 420 proyectadas para ese recinto, solo 160 funcionan, lo que equivale a 33% de su capacidad, arroja ese estudio realizado el último trimestre de 2016. Un aspecto que descuella es el parámetro de eficiencia médica, para el cual se tomaron en cuenta la calidad de los servicios y la cobertura. En torno a ello, el informe señala una reducción de 70% de la eficiencia. El J.M. ya no cuenta con instalaciones industriales ni equipamiento médico adecuado. “El esfuerzo operativo se concentra en las consultas médicas (70%). El hospital no tiene 87% de insumos fundamentales como medicamentos, papeleríani material de limpieza”, agrega el ingeniero. Mijares califica de insalubre las condiciones. Los nueve académicos que participaron en el diagnóstico coinciden en que tampoco reúne las condiciones mínimas para recibir, mantener y procesar alimentos.

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En un comunicado publicado el 26 de abril los padres dejaron constancia sobre la calidad de los alimentos. Ya el 21 de mayo de 2014 diversas organizaciones de derechos humanos, entre ellas Cecodap, lo denunciaron ante los Tribunales de Protección al Niño, Niña y Adolescente del Área Metropolitana. Pero nada ha pasado. De acuerdo con un informe publicado por la Contraloría General de la República en 2014, para ese período el J.M. presentaba un déficit de personal de 34,42%. Lo que significa que ese año se requerían 911 profesionales para cubrir diferentes cargos. De 267 médicos que disponía, 178 eran especialistas y 89 residentes. Ese año, el déficit de facultativos se ubicaba en 74.

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Sin respuesta

Han transcurrido casi cuatro años desde que el entonces vicepresidente de la República, Jorge Arreaza, decretara el Estado Mayor de Salud en esa institución, cuya misión era activar “todo el poder y toda la fuerza del Estado” para resolver problemas de infraestructura e insumos. El servicio va en detrimento y el colapso se acelera en función a la crisis nacional. Con motivo de la XXXVI Reunión de Ministros de Salud del Área Andina, realizada la primera semana de mayo en Caracas, la Academia Nacional de Medicina y las Sociedades Científicas Médicas de Venezuela expusieron en una carta pública el deterioro de la salud. Señalaron que la mortalidad infantil alcanzó una tasa de 19,6 por cada 1.000 nacidos vivos.

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A propósito de la emisión del Boletín Epidemiológico, con el que el Ministerio de Salud despejó la duda en torno a la incidencia de 72 enfermedades de notificación obligatoria durante 2015 y 2016, 20 organizaciones, entre ellas el Observatorio Venezolano de Salud, se pronunciaron ante el número de muertes acumuladas en menores de un año en 2016: 11.466. Ello significa un aumento de 30,12% con respecto a 2015.

Con un acumulado de 70% de los casos, las primeras causas de mortalidad en el hospital de San Bernardino son sepsis, infecciones respiratorias y diarrea, seguidas de neoplasias y malformaciones congénitas. “Hace 21 años estuvimos en ese hospital, se invirtieron 5 millones 425 mil dólares y se pasó de una operatividad de 26% a 64%. En esa ocasión el problema más grave era el sistema eléctrico, ahora es la insalubridad”, dijo Mijares.

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