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Un canal de odio para los venezolanos en Panamá

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28/09/2017
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FOTOGRAFÍAS: ORIANA LOZADA

La discriminación a los venezolanos es un tema trilladísimo en Panamá. Sin embargo, la visa que anunció el presidente Juan Carlos Varela fue toda una sorpresa en el país de la revolución bolivariana. Los criollos que sudan en la tierra del canal, son rechazados y señalados por su nacionalidad. Los más extremistas han llegado a quemar la bandera tricolor. A pesar de que muchos panameños se han solidarizado con la crisis humanitaria de Venezuela, no hay duda que ser el repelús corroe hermandades A Irina la enseñaron de pequeña a saludar a los desconocidos y a dar los buenos días. A mantener una buena actitud. Con tan solo 14 años, ¿quién iba a imaginar que su educación la pondría en peligro? Tampoco imaginaba que su pelo dorado sería un problema. Pero en su nuevo colegio, uno público en Panamá, sus actos no son tildados de amables, más bien de arrogantes. Es que ella no es cualquier estudiante, es extranjera. Tampoco cualquier extranjera, ella es “la venezolana”.

A su madre se le quiebra la voz cuando cuenta la vez que vio a su niña entrar por la puerta de la casa con la falda rasgada y un ojo morado —quizá una de las marcas que deja vivir en otra tierra. En llantos, Irina le contó: “Justo cuando iba al baño me agarraron entre varias niñas, me golpearon y me arrastraron por el piso”. Pero no era la primera vez, llevaba cuatro meses siendo amenazada por ese grupito de mean girls que le puso el ojo a su acento, a su cantado caraqueño. “La primera vez que la acosaron fue en un recreo. Las niñas mayores le dijeron que si era extranjera solo podría ver clases, no podía salir al recreo. Le dijeron: ‘Si te volvemos a ver por los pasillos, la vas a pasar mal. Si no te gusta, regrésate a tu país’”.

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Poco a poco Irina empezó a inventarle excusas a su mamá para no ir más al colegio, incluso empezó a bajar las notas. Fue entonces cuando en la casa se dieron cuenta que algo estaba pasando. “Nos contó que no podía intervenir en clases, que en los recreos la acosaban y que era muy difícil defenderse. A raíz de eso, logramos que dos delegados de la Oficina Nacional para la Atención de los Refugiados (ONPAR) fueran al colegio para conversar con el director”. Pero las visitas fueron en vano, “recibieron dos veces a un encargado de la ONPAR y lo dejaron esperando. A los dos les dijeron, después de dejarlos sentados por tres horas, que lamentablemente no los podrían atender”.

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Entonces la mamá de Irina decidió tomar la justicia en sus manos —o intentarlo al menos— y se acercó al colegio. La única que dio la cara fue una de las celadoras de los pasillos principales —la más resteada del lugar, y al parecer, la que hacía las veces de Pran Migracional. “Me dijo: ‘Tú no tienes nada que hacer aquí. ¿Porqué no se van a comer mierda en vez de estar estorbando y quitándole el cupo en los colegios públicos a los panameños’. Así me habló la mujer, no sé cómo no le pegué. Pero como eres extranjera debes quedarte callada. Ellos creen que uno está aquí trabajando de más, echándole un camión, y lejos de la familia porque uno quiere”, agrega. “Y cuando le dije que quería hablar con el director me respondió: ‘¿para qué va hablar con él si es un aguevao? Ese no la va a ayudar’”, señala.


Pero los rasguños y golpes no terminaron allí, al menos para Irina. Semanas después, la pelea oficial tuvo fecha y hora, incluso fue transmitida por Youtube. Cuenta la madre que Irina siempre había sido la más tranquila de sus tres niñas, pero en vista de lo ocurrido, tuvo que aprender a defenderse. Fue esa tarde de un jueves cuando en la plaza cercana al colegio se vio a Irina defenderse. Mientras todos coreaban “¡saquen a la chama!”, ella sacó las garras y ganó la primera de sus batallas. Entonces su madre decidió cambiarla de colegio. “El director me recomendó que por mi bien la sacara del liceo, que no se hacía responsable de lo que pudiera pasarle. Y así fue, cambiamos a otro colegio público”, comenta su madre. Y aunque la contienda esta vez no era la misma, seguía teniendo viejos enemigos. “La niña a la que le había ganado la pelea venía por revancha. Un día al salir de clases la esperó en la salida con su banda y una Gilette en mano. Así estuvo esperándola afuera durante un mes. Ahí supe que era momento de mudarnos de zona y cambiarla a un colegio privado”, cierra con alivio la madre de la agredida.

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Llámalo xenofobia, sin tabú

En Venezuela, los titulares están saturados de muertes, gente comiendo de la basura y escasez de todo tipo de cosas básicas. Pero en Panamá, las noticias que venden son otras: las que especifican muy bien el gentilicio y promulgan ponerle la lupa al extranjero. Sobre todo al venezolano. Cuando se monitorea a través de los buscadores de los medios más vendidos, verbigracia La Prensa y La Crítica, existen más de 60 mil artículos relacionados con los venezolanos. Específicamente 36 mil en La Crítica y 31 mil en La Prensa. En cambio, en diarios de otros países como El País de España se encuentran 9.387 artículos relacionados, y en El Espectador, de Colombia, 14.993.

En ambos diarios, sobre todo en La Critica, se pueden encontrar titulares como: “Patadas y puñetes: Venezolanos trasladan pugna a Panamá”, “Visa estampada, medida saludable”, “Crónica de fatal encuentro entre venezolanos en Panamá”, “Panameños conformes con imponer visa a venezolanos”, “Pillan a venezolanos prestando servicio ilegal de taxi”, “Retienen a 5 venezolanos ilegales en La Chorrera”, “Venezolano niega que ande vendiendo carnet de la CSS”, “Video: Humorista venezolano ridiculiza a Panamá”, “Venezolanos en condición delicada tras sufrir accidente”.

Pero el asunto no se queda en la tinta. En la realidad muchos temen decir de dónde son. “Una vez iba en un taxi y todos los que estaban empezaron a hablar mal de mi país, con el dolor de mi alma tuve que fingir el acento como si fuera de la provincia de Chiriquí”, cuenta Carolina Manjarrez, emigrante desde hace tres años. Episodios similares, el de Francisco Cardozo. “Salía del Pricesmart de Vía Brasil, pedí un taxi, que normalmente no me cuesta más de cinco dólares. El taxista que se detiene, me responde al preguntarle cuánto es la carrera de manera despectiva que eran siete. Le comenté que no es lo que solía pagar y empezó a gritar: ‘Malditos extranjeros, yo soy panameño y no me voy a morir de hambre en mi país, váyanse para el carajo’. Mi esposa y yo intentamos no alarmanos y buscamos parar otro taxi, mientras él gritaba ‘no carguen a estos malditos extranjeros, no seamos cómplices’”.

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Adultos y niños son discriminados. La palabra “chamo” se usa como adjetivo. Rutzver tiene un año viviendo en la tierra que une al Atlántico y al Pacífico. Hoy en día, después de todo lo que le ha pasado, agradece vivir en Panamá y todas las oportunidades que personas en particular le han brindado. Sin embargo, también fue señalada. “En muchas entrevistas de trabajo te dicen que somos una plaga, que para qué venimos”. Ese cuento no le corta la voz, pero sí el de sus hijos. Un varón de 13 años y una pequeña de 11. “El niño iba al colegio con miedo, los compañeros lo acosaban y le decían: ‘venezolano muerto de hambre, vete a tu país arruinado’. Incluso, comenta que el día en el que se viralizó un video de un supuesto venezolano que se orinó en el Aeropuerto Internacional de Tocumen —desmentido después por las autoridades— a su hijo lo acosaron en el transporte y le mostraban el video diciendo: “¡venezolanos cochinos, váyanse!”. “Todo eso que dicen lo aprenden en la casa. Una niña pequeña le dijo a mi hija: ‘mi mamá dice que todas las mujeres de tu país son prostitutas y los hombres son maleantes’. ¿Qué podemos hacer si eso viene del hogar y en los colegios no hacen nada?” comenta con resignación. “Pero debemos callar, en el colegio consideran un milagro que una venezolana tenga un cupo en un colegio público, pues en todos lados le cierran las puertas a los niños”, remata Rutzver.


Muchos de los padres han llevado a sus hijos al psicólogo. Las pocas horas después de trabajar que les quedan, las dedican a enseñarles y a darles fuerzas a su prole para que puedan sobrellevar la situación. A Katiuska, cuyo hijo también ha sufrido agresiones, una noche escuchó de él: “no me gusta este lugar, esto no fue lo que me prometiste”. “A mi hijo lo han llamado mierdazolano”, detalla.

La xenofobia sobrepasa la educación, y coarta el desarrollo intelectual de los niños. “Mi esposo es profesor de historia, así que ayuda bastante a mi hijo. Él se siente atraído por la historia de Panamá, pero eso no le ha servido en el colegio, la última vez que quiso intervenir del tema le dijeron que era extranjero y que no podía opinar”, agrega.

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La batalla mayor

Javier Carrillo, director del Servicio Nacional de Migración de Panamá, asegura que existen al menos 79.990 venezolanos en el país, contando legalizados, con doble nacionalidad y en proceso de visado. En una población de 4 millones de habitantes, 1 millón aproximandamente en Ciudad de Panamá, la cifra de casi 80 mil criollos se hace notar. Alrededor del 10% de la población de la capital es venezolana. Y aunque el proceso de legalización es uno de los más elevados en costo de la región —entre $800 y $3000, dependiendo del tipo de trámite— existen distintas vías seguras de convertirse residente panameño. Quizá la “facilidad para legalizarse”, los dólares, o el estilo “maiamero”, resultaron un atractivo escape para huir de la crisis humanitaria que vive Venezuela.

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Pero la fiesta se acabó. La costumbre se hizo ley. Y el cuchicheo, las marchas y el rechazo colectivo de los panameños hacia los venezolanos se hicieron populares —y decreto oficial. El 22 de agosto el presidente Juan Carlos Varela decidió que a partir del 1 de octubre del 2017 todos los venezolanos necesitarían visa para entrar a Panamá. El discurso de anuncio desde el podio sonó así: “Ante la ruptura del orden democrático en Venezuela, situación que pone en riesgo nuestra seguridad, nuestra economía, las fuentes de empleos de los panameños y panameñas, y luego de un profundo análisis, he tomado la decisión de exigir visas a los ciudadanos venezolanos que quieran viajar a Panamá”. Pero desde adentro, quienes eran testigos de los agravios a su nacionalidad ya lo veían venir.

El boom para los venezolanos de la tierra del Canal desde el 2007, en los tiempos de Cadivi, con tarjetazos millonarios, compra de apartamentos, negocios y mucho shooping se acabó. “Que vengan a hacer mucho turismo aquí y gasten plata, pero que no se queden, nos quitan todo el trabajo y son muy prepotentes”, en las palabras de Silvia Rodríguez, una panameña colonense de no menos de 55 años, se resume el pensamiento colectivo general hacia los lugareños.

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“Todo comenzó así: ellos empezaron a venir y se creian la gran cosa. Las mujeres eran prepotentes y los hombres te hacían ver todo el dinero que tenían. Decían que Panamá era un pueblo. Pero ¿qué? Se volvieron locos por los dólares y nos invadieron el país. Ahora no solo nos dejan a los yeyes sino también a todos los delincuentes”, resume Silvia Rodríguez. Consignas como: “Aquí no se come ni arepa ni tequeño ni hallaca, aquí se come carimañola, ojaldra y tamal”, eran cantadas durante la manifestación en contra de los extranjeros, promulgado por el grupo Panamá para los panameños.

Mientras países como Colombia, Perú, Mexico y Argentina se solidarizan con la crisis del pais vecino, en Panamá se comienzan a instaurar nuevas restricciones. “Me duele en el alma, no puedo hacerme la vista gorda. Necesitamos que alguien se dé cuenta de lo que estamos viviendo, hay que alzar la voz ya basta. Ojalá las autoridades investigaran todo lo que están sufriendo nuestros niños en los colegios públicos, al final, los adultos seguimos adelante. Este país es de ellos, y no lo quieren compartir”, concluye Katiuska.