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¿Venezolanos se cansarán de cargar la misma roca?

colas escasez
23/04/2017
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FOTO: AP | ARCHIVO

Sísifo, aquél terco y laborioso personaje de la mitología griega, había sido condenado por los dioses a empujar su enorme piedra hasta la cumbre de una montaña, sólo para ver cómo la roca volvía a desprenderse ladera abajo hasta el fondo de un barranco.

Nuestro héroe, castigado por haber ofendido a los dioses con las ganas de seguir viviendo, debía comenzar de nuevo, en una perpetua jornada, tensando los músculos, sudando, apretando la espalda contra la mole de granito tal vez, hasta llegar a la cima…y ver con sus ojos nublados cómo el peñasco regresaba hasta el fondo del barranco, levantando polvo y haciendo un ruido de los infiernos.

Lo peor de este castigo es que era eterno. Quienes aún creen en la religión griega transformada en mitología, saben que el testarudo e irreductible Sísifo todavía hoy empuja su piedra.

Algo así le termina pasando a una persona en la Venezuela actual, cuando cada día, cada mes, cada año, trabaja y trabaja y nota que su vida material, su salud financiera y sus expectativas siguen estancadas, o más bien van como el cangrejo, si acaso caminando de ladito, para sacarle el cuerpo a la inflación, la escasez y la falta de expectativas favorables.

Como país, abriendo el compás de décadas, Venezuela toda es como Sísifo, por no decir la novia de Sísifo, que lo acompañará a su lado, dándole agüita, secándole la frente, curándole los dedos cuarteados por el roce de la piedra constante.

Es que cada cierto tiempo esta sociedad ilusionada emprende la labor de empujar cuesta arriba la piedra de sus anhelos, sus esperanzas y sus esfuerzos merecidos. Le apuesta a cierta raza de políticos redentores, y cuando cree que las cosas están mejorando, ve cómo todo se va cuesta abajo en la rodada…y hay que empezar de nuevo.

Pero las sociedades no se extinguen, no se desvanecen, ni se hunden en el fondo del pantano. Tampoco están condenadas a ser como Sísifo, que nunca le ve el queso a su tostada.

Por eso los países pueden en algún momento agarrar su mandarria, o un martillo y un cincel y darle duro a la piedra (o a un muro, como el de Berlín) hasta fracturarla, desmoronarla, lascarla, pulverizarla.

- El bienestar de una nación -

Pero como las sociedades y la gente no tienen esa eternidad toda con la que contaba Sísifo, es mejor buscar resultados pronto, para el bien de las generaciones que van naciendo y la calidad de vida de los que se van yendo.

Los países pueden arreglárselas para convertir sus cargas en fortalezas, sus fallas en oportunidades y sus esperanzas en hechos concretos.

No sé a qué apostaba Sísifo, cuál sería su esperanza. Lo cierto es que la esperanza es la fuerza vital que mueve a los individuos, las familias y las comunidades. No es casual que muchas barriadas pobres cambien los nombres de héroes de la Independencia por “La Unión”, “El Progreso”, “La Lucha”, “Bella Vista”, “Las Brisas” (esa cosa fresca que pega en las cumbres).

O que a los niños se les pongan nombres de reyes y princesas, de artistas, de cantantes y deportistas, de gente exitosa pues.

Las personas lo que quieren es bienestar y progreso, material, mental y espiritual. Tener tiempo no para esfuerzos inútiles, como hacer colas para comprar jabón, sino para estudiar, aprender, disfrutar, divertirse, amar, jugar, bailar, conocer…porque vamos a estar claro, no todo en la vida es trabajo ni tenemos que venir a sufrir en la tierra.

Por eso uno de los grandes propósitos de la economía, es el bienestar de la gente, y como ciencia social debe esforzarse en buscar la mejor distribución de bienes siempre escasos, ante una demanda creciente que siempre necesita algo más.

- Cuesta abajo en la rodada -

La paciencia de la gente se agota cuando las promesas no se transforman en cosas concretas, cuando se convierten en esos pajaritos en el aire que tanto le cantaban a Linda, la de Daniel Santos. Entonces los cuentos de camino despiertan frustración y la frustración lleva a la rabia, pero lo más importante es que la rabia no lleve a cometer locuras, ni tonterías, ni a caer en la violencia.

Pero, ya que estamos hablando de desboronar la piedra para dejarla como galleta de soda en bolsillo de borracho, es bueno saber de qué está hecha. De qué tipo es la mecha que tenemos que usar para perforarla, meterle una cuña y comenzar a partirla.

Volviendo a los números, que es otra forma de expresar la economía, además de las ideas, hay que medir el tamaño de esta piedra en términos de indicadores que nos ayudan a explicar por qué estamos metidos en la peor crisis económica y social de la historia contemporánea de Venezuela. Por qué estamos en el barranco pues, lo que no significa que nos pase como a Sísifo cuando intentemos salir de ahí.

Según cálculos del Fondo Monetario Internacional, este año 2017 que ya va enfilado a terminar el primer tiempo, nos va a dejar con otra caída de la economía, esta vez de 7,1% del Producto Interno Bruto (PIB) que no es más que la suma total de riqueza de un año.

En 2015 el desplome fue de 5,7% y el año pasado de 18%. Y en 2018 lo será de 4,1%. De este modo, en cuatro años se acumulará una pérdida de un tercio de la producción total de bienes y servicios en esta economía que era en su momento la cuarta más fuerte de América Latina y la más rica.

Estas cifras las lanzó esta semana el FMI en su informe de expectativas económicas mundiales actualizadas. También apuesta por una inflación que fue de solo 254% en 2016 según el Banco Central y que se acelerará hasta 720% en este 2017, y trepará a 2.068 % en 2018.

Un índice de precios como el esperado para el año que viene es lo mismo que predecir que si una empanada vale Bs 1.000 hoy, saltará hasta Bs 20.000 a finales del año que viene.

“La grave crisis humanitaria que está en curso se ve complicada por el empeoramiento de la pobreza, el colapso del sistema de salud, crecientes preocupaciones en materia de seguridad y un éxodo cada vez mayor de gente a países vecinos”, comentó sobre Venezuela el economista jefe del FMI, Alejandro Werner.

Y ojo que ese informe no analiza todavía el impacto de los disturbios que sacuden pueblos y ciudades.

Hasta ahora no hay en el horizonte una salida clara a la crisis política, mucho menos a la económica, que requiere un gran consenso nacional para sacar al país de la postración.

Las manifestaciones pacíficas, la represión, los saqueos vandálicos, las barricadas en carreteras y calles, el miedo, generan incertidumbre y más desabastecimiento, inflación y escasez. Además, se ha disparado otro tanto el precio del dólar paralelo, el usado para importar por la libre y que ayuda guardar las apariencias en los estantes.

Ya de por sí las importaciones se han seguido derrumbando este año, como el pasado, y el valor del salario no despierta ni con los aumentos del sueldo mínimo, como el esperado para el 1 de Mayo, ni con la resurrección mensual del billete de a 100 bolívares.

De modo pues que ese es el tamaño de la piedra que tenemos que comenzar a arrastrar de nuevo en los próximos meses, lo que no hemos medido bien es el tamaño de la montaña ni el ángulo de la pendiente.

Pero hay que asegurar dos cosas; primero, que la roca no vuelva a despeñarse ladera abajo, y segundo que la subamos entre todos, como hacen las hormigas cuando cazan una cucaracha ya muerta y la llevan en acelerada procesión hasta el interior de la cueva, del inframundo, del subsuelo, ese mismo lugar de donde se escapó Sísifo para sacarle la lengua a unos dioses que se creían todopoderosos.