En la Urbanización Simón Bolívar de Catia hay más dudas que certezas sobre qué se debe hacer luego del terremoto del 24 de junio. Ingenieros civiles revisaron los edificios afectados y algunos bloques tienen etiqueta roja, pero aún hay dudas de si las residencias son habitables o no.
Los bloques se conocen como “Ciudad Tablita” por las 56 torres que conforman la urbanización que fue construida en la década de los 50, según comenta David Guerrero, vecino de la zona.
Cada edificio tiene cuatro plantas y dos apartamentos por piso. Las residencias también cuentan con una cancha de usos múltiples y la escuela María Rosa Molas, que forma parte de los colegios de Fe y Alegría.
Según Nereida González, una vecina del bloque 22, las autoridades han trabajado por torres, pero muchos siguen esperando inspección. “En el bloque 21 y en el bloque 30 ya estuvo el Gobierno de Caracas y arreglaron algunos apartamentos que tuvieron bastantes daños. Ahora están en el bloque 17”.
Etiqueta por etiqueta
Durante los primeros días después del doblete sísmico, los vecinos se refugiaron en la cancha con carpas. “Éramos puros de planta baja ahí”, cuenta Mayosbi Cardoso, residente de uno de los apartamentos bajos, sosteniendo que fue el piso más afectado.
Cuando bajó “el miedo y las réplicas” todos regresaron a sus casas. “Ahí (en la cancha) ya no estamos ninguno. Todos volvimos”, confirmó Cardoso, aunque la Comisión Presidencial de Habitabilidad categorizó su edificio con etiqueta roja debido a daños en las columnas.
David, que hizo un recuento de los daños, dice que en total hay “dos bloques con etiqueta verde, dos con amarilla y todo lo demás es etiqueta roja”. Su teoría es que los daños fueron mayores porque las fracturas por los temblores se juntaron con fisuras de filtraciones que llevan varios años. “Cuando llegó el terremoto lo que hizo fue aflorar más el daño”.
Nereida asegura que ella no sabía sobre el problema de las filtraciones. “Este bloque en sí, no tiene filtraciones”, explica sobre su edificio, pero su vecina Nakary Medina afirma que “en otras casas sí se notan bastante las filtraciones”.
Los bloques 1, 18 y 20 son de los más afectados por el doble sismo. David nos mostró que en el caso del bloque 1, algunos vecinos todavía duermen en carpas fuera del edificio porque quedó muy afectado “aunque algunos entran porque no tienen a dónde ir. En este bloque, todos los pisos están destruidos, sin excepción”.
“El 1 y el 18 nada más. Esos son los que deben ser demolidos, hasta donde yo sé. El revisor cuando vino le dijo a ellos que no podían vivir ahí” continúa Guerrero. Aún así explica que «eso aún está en dudas porque no han podido reubicar a las personas que decidieron quedarse en los apartamentos.»
Además, el miembro de la Comisión Presidencial también les recomendó bajar los tanques de agua de las azoteas a planta baja y bajar las macetas con plantas que se encuentran en las escaleras: “Los tanques tienen que estar así (en planta baja), no pueden estar en el interior de las casas”.
Mayosbi Cardoso: cuando el duelo llega antes de la tragedia
El 24 de junio, Mayosbi Cardoso se encontraba en el Hospital Pérez Carreño acompañando a su madre que estaba muy enferma y falleció días después de los sismos.
Al volver a casa encontró grietas, escombros e incluso siente que el piso se hundió. “Esto era Ciudad Tablita, fue una laguna por mucho tiempo. El ingeniero que vino dijo que el suelo no era apto, pero construyeron edificios”.
Por el estado de su apartamento, Mayosbi se trasladó a la cancha y durmió en una carpa, Regresó a los 10 días a su casa, pese a que el edificio se considera inhabitable. “Yo lo que quería era encerrarme aquí”, dijo. “Incluso un ingeniero que vino me dijo que yo no debería estar aquí, porque cualquier movimiento puede tumbar una pared, pero ¿para donde voy a agarrar?”.
Según el ingeniero que visitó la zona, al un edificio tener etiqueta roja “debe ir un patólogo estructural a ver qué se va a hacer”, explica Cardoso.
Sobre qué haría si el edificio debe ser demolido, Mayosbi comenta: “A un refugio no me gustaría ir. Para bañarse, hacer la comida… No me gustaría. No tengo para donde agarrar”. La vecina dice que ya quiere arreglar su casa, pero los ingenieros le dijeron “No toques, no tumbes, no hagas”.
Algunos vecinos continúan esperando a que un patólogo revise sus residencias, ya sea para saber si se deben mudar, para comenzar a realizar reparaciones o para que les cambien la etiqueta a otro color.
En el caso del bloque 22, los vecinos comenzaron a reparar la parte externa del edificio, entre ellos David, Nereida y Nakary. “Nosotros dijimos, si arreglamos por nuestra propia cuenta, el patólogo cuando vea el daño reparado nos quitan la etiqueta roja enseguida”, explica David. También comenta que tras la última inspección «vienen las ayudas» de parte del Estado.
Nakary Medina: “Seguimos durmiendo en la sala”
Nakary Medina vive con su esposo y su hija en la urbanización desde hace ocho años. Su apartamento tiene varias grietas y se encuentra desordenado. “Está así porque ya estamos buscando personal para arreglarlo”, declara.
“Los primeros dos días después del terremoto estuvimos en la cancha, luego vino un pastor de una iglesia de la Calle Argentina y nos ofreció refugio, estuvimos dos días allá. Al cuarto día empezamos a contactar a los ingenieros privados que estaban realizando inspecciones. Nos verificaron las columnas y nos dijeron que nos podíamos quedar. Al quinto día volvimos. Pero mi familia y yo seguimos durmiendo en la sala porque nos da miedo”.
A finales de julio llegó la Comisión Presidencial. “Revisaron la columna que está allá afuera y nosotros mismos ya la mandamos a arreglar. La semana pasada ellos volvieron a venir y nos felicitaron por tener la iniciativa de hacerlo”.
Según explica, los bloques están pegados. El bloque 22, por ejemplo, se conforma de tres torres divididas por letras. “El bloque B tiene tres columnas fracturadas y por ellos nos pusieron etiqueta roja a todo el conjunto”, pero, según su explicación, esto no significa que cada torre sea inhabitable y que si sucede un sismo la fractura afectará a las demás.
Nereida González: “Lo que vivimos no se lo deseo a nadie”
Nereida González vive en la urbanización desde hace 32 años junto a cinco familiares, incluyendo una adolescente que se encuentra cuadripléjica. El día del terremoto se encontraba en su apartamento. Vio adornos y objetos personales caerse, pero su casa no sufrió casi daños porque vive en el último piso.
Aún así, se refugió en la cancha dos días junto a sus vecinos y luego fue por otros 15 días a un refugio en la Calle Perú de los Testigos de Jehová. “Luego, la cosa fue bajando, las réplicas ya no se sentían tan fuerte y nos regresamos a la casa”.
Nereida añade que los ingenieros le dijeron que aunque tenían etiqueta roja sí puede habitar porque “no había tanto daño en las estructuras”. “Este bloque no se vio tan afectado en comparación a otros, el 1, el 18, el 20. […] En el bloque 1, el 18 y 19 se siente que descendió, que el piso bajó”.
“Lo que vivimos no se lo deseo a nadie”, cuenta Nereida. Si hubiesen decretado su hogar como inhabitable ni ella ni sus familiares se hubiesen quedado. “Nos quedábamos en el refugio o buscábamos asilo en casa de un familiar asilo porque no podemos hacer más nada”.
Los vecinos de estos bloques, específicamente aquellos que residen en los más afectados, esperan que lleguen pronto las ayudas para así poder realizar las reparaciones necesarias e intentar -como pueden- volver a la normalidad.