En carpas mientras tanto: inquilinos del edificio Marnina esperan por ayuda
Ocho familias acampan en el estacionamiento del edificio Marnina mientras esperan que alguien les ayude a recuperar el edificio. No hay certezas de si es posible, pero ningún inquilino quiere abandonar lo que construyeron durante años
El terremoto tiene muchas maneras de doler. Hay dolores más agudos que otros, pero todos están permitidos. La pérdida de un ser querido y también la pérdida, quién sabe si absoluta, del hogar. En el edificio Marnina de la avenida San Martín de Caracas eso es lo que duele.
El Marnina tiene una etiqueta roja en la entrada que indica el destino de los vecinos: ninguno puede habitarlo aunque muchos tienen más de 25 años allí.
Campamentos de los residentes del edificio Marnina de la Av. San Martín. Las carpas son donativos de organizaciones y otros voluntarios. Ahí duermen menores de edad junto con sus familias. Foto: Daniel Hernández.
Laura Mesa creció entre sus pasillos y escaleras. El ascensor tiene casi su edad sin funcionar. Ahora una parte de su familia duerme en el estacionamiento, donde instalaron un campamento junto con los vecinos: «Aquí duerme mi esposo. No sé si nos tocará a nosotros, a mis hijos y a mí, venir pronto. No sé hasta cuándo dura la ayuda de mi trabajo».
La pared y la ventana de la conserjería del edificio, donde vivía una familia con dos niños pequeños. Estas personas dejaron el edificio para estar en un lugar seguro para ellos. Foto: Daniel Hernández.
El edificio no parece muy afectado por fuera, pero lo está por dentro. Tiene afectadas tres columnas del sótano, la mezzanina y el primer piso. Ningún vecino puede recostarse de las paredes. Hace un mes, pocos días después del sismo, la escalera se había despegado tres centímetros de la pared. Ahora está unida. «Suponemos que es porque todo vuelve a su sitio», dice Franklin señalando unos puntales que sostienen la pared que da al piso uno.
Dos terremotos: el segundo es el de los daños
El edificio residencial Marnina abrió sus puertas alrededor del año 1958. Nueve años más tarde, resistió el terremoto de 1967. Franklin cuenta que algunos inquilinos aún lo recuerdan y que no pudieron evitar pensar en aquel momento el miércoles 24 de junio de 2026.
«La cosa es que este fue peor», dice mostrando las paredes rotas, agrietadas y los montones de escombros que se acumulan en las esquinas.
Pared que se cayó y ahora permite ver a la escalera. Foto: Daniel Hernández.
Cuando te abren el portón, no hay forma de ignorar el daño. Los espacios que no se comunicaban, ahora sí lo hacen. Por ejemplo, la conserjería con la zona de inventarios del almacén El Tigre, uno de los negocios que por años ha estado allí. Lo mismo ocurrió una pollera: la pared de la mezzanina, que tiene un refuerzo de madera, sostiene parte del negocio.
«Los ingenieros que han venido dicen que este edificio fue bien hechoy que no le negaron material», señala Franklin, quien ha sido parte de varias de las nueve visitas que han hecho especialistas a este conjunto residencial de dos torres.
Parte del primer piso del edificio Marnina. Foto: Daniel Hernández.
Hasta ahora, lo que han dicho los ingenieros a los vecinos del Marnina es que los daños son reparables, pero costosos: «Ninguno da un costo exacto, pero las estimaciones van por 1 millón 200 mil dólares arreglar esto. Evidentemente, nadie tiene esa cantidad de dinero».
«La guillotina» y los inquilinos
Laura Mesa cuenta que vivió toda su vida en el edificio Marnina. Cuatro generaciones de su familia crecieron allí. Cuando aún no era mamá, se fue un tiempo a las Residencias Caribe, en La Guaira, donde compró un apartamento, pero luego regresó a la casa de su madre por sus niños y el trabajo. Su hijo mayor, de nueve años, tiene autismo y el diagnóstico obligó a crear una rutina más estable para su familia en Caracas.
«Todo eso cambió con el terremoto. Mi apartamento de La Guaira lo perdí, quedó enterrado entre los escombros porque era el piso uno, y ahora también aquí. Yo tengo mi cabeza ida», dice a El Estímulo 43 días después del terremoto.
Franklin Ramírez mostrando una pared que es el «censor» de si el edificio cede o no según los ingenieros. Si baja la pared, tienen que evacuar. En un mes, se ha mantenido en su lugar. Foto: Daniel Hernández.
Ella es un ejemplo de la doble pérdida material: «Allá abajo, lo que es mi planta, quedó bajo el agua por la licuefacción. Y a mis vecinos todavía los buscan. Yo quiero bajar pronto para llorarlos e intentar cerrar el ciclo».
Tanto Laura como Franklin explican que las Residencias Marnina toda la vida ha sido un edificio de alquiler. Viven 24 familias en 23 apartamentos, para un total de 78 personas, la mayoría adultos mayores. El único propietario es el dueño del edificio, quien apareció después de las primeras horas de la emergencia.
A la derecha los baños que habilitaron los vecinos para no subir a sus apartamentos. A la izquierda dos de las columnas afectadas por filtraciones, falta de mantenimiento de años y ahora el terremoto del 24 de junio. Los puntales fueron instalados por los vecinos. Foto: Daniel Hernández.
«El tiempo que llevo viviendo aquí, lo vi poco. El sótano estaba clausurado, de hecho, y nosotros lo abrimos para evaluar los daños. Ahí nos encontramos con el mayor desastre y las fracturas», explica Ramírez.
Actualmente, las columnas del sótano tienen varios puntales en las zonas de los nodos (unión de viga con columna). El terremoto hizo que la tubería de aguas negras se rompieran y comenzaran a botarse. Las paredes tienen filtraciones y la iluminación es precaria. A este espacio, los vecinos movilizaron sus vehículos por recomendación de los ingenieros. Ahí también tienen habilitados dos baños: «Para que nadie suba».
Estado de las columnas del edificio Marnina. Foto: Daniel Hernández.
«El dueño quería meter unos puntales pesados adentro, incluso viendo el daño del sótano y conociendo la advertencia de los especialistas, que le dijeron que de ahora en adelante tiene que notificar lo que sea que vaya a hacer a la alcaldía. La cosa es que esto es una guillotina, pero adentro está todo lo que tenemos», se lamenta Franklin.
Cuando Franklin habla de todo, se refiere a los bienes materiales que los vecinos lograron obtener durante años. Nadie ha podido sacarlos de allí por el peligro que representa para ellos: «Tocará hacerlo si no nos dan solución. Buscar una manera de sacarlos sin afectar más».
Si bien el Marnina no es el único edificio afectado por el terremoto en la avenida San Martín, sí es uno de los que ha despertado mayor empatía entre los vecinos. El complejo residencial 28 de Julio, que forma parte de la Misión Vivienda, también tiene problemas y sus residentes han coordinado ayudas para ellos.
«Les hemos mandado a las comisiones, la alcaldía, la gente que ha venido a evaluar», explican los vecinos de esta Misión Vivienda, que antes fueron damnificados por las vaguadas del 2010.
Grupo de vecinos del complejo 28 de Julio de la Misión Vivienda esperando para reunirse. Foto: Daniel Hernández.Esta estructura será recuperada porque no sufrió afectaciones en vigas y columnas, pero los veecinos no saben cuánto tiempo tomará el proceso. Foto: Daniel Hernández.Domingo Materano, propietario de uno de los apartamentos de la Misión Vivienda, fue damnificado del 2010. No quiso refugiarse en los campamentos transitorios. En parte, porque sufre de diabetes y necesita unas condiciones más cómodas. Viene a diario a evaluar las condiciones de las obras. Foto: Daniel Hernández.Obrero evaluando parte de las obras en el edificio de la Misión Vivienda. Foto: Daniel Hernández.
En el 28 de Julio las obras no se han detenido. Hay un grupo de vecinos que diariamente se queda vigilando los trabajos y cuidando sus bienes, y continúan dentro del edificio. A ellos les preocupa que la situación no cambie de aquí al 14 de septiembre, que es la fecha que dio el gobierno interino para regresar a clases. «No sabemos para dónde iremos porque estamos albergados en el colegio República del Ecuador».
La situación genera un contraste obvio. En las residencias Marnina, no hay un grupo de obreros atendiendo su emergencia. Lo único que tienen, por ahora, es a ellos mismos: ocho familias que pernoctan en carpas, incluyendo niños y adolescentes, frente a una estructura en riesgo.
Franklin en el sótano, donde tienen electricidad limitada y deben usar los baños. Foto: Daniel Hernández.
«Esto nos unió más. Hemos recibido donativos de alimentos. La gente llega y nos trae comidas calientes. Ahí tenemos un espacio que le decimos «la bodeguita» porque tiene medicinas, alimentos no perecederos y cualquier cosa que necesitemos», dice.
«Nosotros estamos aquí porque desde que colocaron la tarjeta roja, ya había buitres (ladrones) cazando para meterse. Es una forma de asegurar nuestras cosas», dice Franklin.
Parte de los carteles que instalaron los vecinos del Marnina para intentar animarse durante esta etapa. Foto: Daniel Hernández.
La preocupación no se va. Abajo están expuestos a zancudos y moscas. A la lluvia. A la limitación de no poder ir a su casa aunque está a tres metros, cruzando la puerta y subiendo la escalera.
Hasta ahora, lo único cierto es que tienen que esperar. La Comisión Presidencial encargada de atender las viviendas afectadas ha dicho que hay tres etapas para avanzar en la recuperación. La fase uno era determinar los daños. La dos, ocuparse de la reconstrucción. Y la tres, será para entregar las viviendas.
Esto es lo que ven los vecinos del edificio Marnina que acampan en el estacionamiento. La puerta se descuadró tres centímetros del marco. Entrar es encontrase con su nueva realidad: un edificio que existe, pero no se puede habitar. Foto: Daniel Hernández.
El último boletín informativo publicado por Jorge Rodríguez, con fecha del 3 de agosto, señala que el gobierno interino va por la segunda. Pero a este rincón de la avenida San Martín no ha llegado. Quedan muchos más días entre carpas.
«Yo le he dicho a mis vecinos, a mis conocidos, que si el edificio se hubiese caído, yo me programo y digo: «Bueno, perdí todo. Ya aquí no tengo más nada que hacer». Pero teniendo todo aquí, irme a otro lado a empezar de cero, es difícil», lamenta Franklin.
La mandataria encargada explicó que en el caso de los edificios destruidos por el terremoto, las personas conservarán su porcentaje de propiedad de los terrenos
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