Venezuela

Volver a Guasina, recordatorio de que nunca más

Guasina, campo de concentración del dictador Marcos Pérez Jiménez, lugar de encierro de presos políticos, no debe ser olvidado | Por: Edelys Betania Medina Ferreira

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guasina

El estado Delta Amacuro, tierra del agua y cuna del warao, es una majestuosa red de llanuras aluviales que traen consigo años de historia venezolana. Entre paisajes, curiaras y caños, oculta entre el vasto territorio se encuentra Isla Guasina, signo de la represión política del siglo XX en Venezuela.

Al norte de Sacupana una hilera de sombras se desdibujan en un lugar que muchos catalogaron como campo de concentración o en su mejor definición: un infierno; un espacio para la vida de la naturaleza y la muerte de los derechos humanos.

Hemos visto pasar dictadores en la presidencia de este país en diferentes épocas, pero ninguno como el último del siglo XX, Marcos Evangelista Pérez Jiménez. Tras el logro de la Unión Republicana Democrática en 1952, desconocido por la Junta Militar presidida «casualmente» por Pérez Jiménez, se intensifica el oscuro periodo social de represión, persecución política y violación de los derechos humanos. Entre los principales enemigos de este régimen destacan el Partido Comunista de Venezuela (PCV) y Acción Democrática (AD), ambos fueron ilegalizados años antes por la misma Junta Militar que impulsó una dictadura.

Como parte del duro proceso, fueron tomadas las lejanas tierras a la capital, zonas periféricas del país donde se ejecutaron crímenes de lesa humanidad bajo órdenes de los altos mandos de la Seguridad Nacional. La más destacada y cruel de todas las cárceles sería Guasina. Nombrada por muchos y temida por todos. Hombres lloraban a mares por la incertidumbre de llegar a pisar ese lugar de castigo. Inicialmente, durante la presidencia de López Contreras en 1939 albergó a nazis y fascistas; en 1948 se retomó su uso como paradero para indocumentados que llegaban a las costas venezolanas.

Eran del conocimiento público las terribles condiciones ambientales del lugar gracias al informe del doctor Arnoldo Gabaldón, epidemiólogo; quien en 1943 detalló las múltiples amenazas de la fauna del lugar. Podría decirse que este llamado de atención no causó inquietud nacional hasta que hombres venezolanos comenzaron a vivir en carne propia lo que era estar en Guasina. Aún peor, los maltratos físicos y psicológicos de la Seguridad Nacional acompañaron la agonía de los reclusos constantemente. Los animales, inundaciones, tifus, maltratos, mugre, olores insoportables y temperaturas de hasta 40 °C eran parte del día a día de los presos.

Son varios los documentos que catalogan el lugar como campo de concentración al estilo nazi. Era una prisión exclusiva para presos políticos venezolanos considerados “amenaza” para la dictadura.

Ilustres, periodistas, obreros, padres de familia, hijos, estudiantes, militares y políticos resaltan en la larga lista de quienes fueron a parar a ese infierno. Adecos y comunistas esperaban una muerte segura en el sitio. Saliendo desde La Guaira en barco, los presos pasaban hasta ocho días para llegar a Guasina, todo mientras eran amenazados y se encontraban en estado deplorable. Ya ubicados en el sitio, las peinillas los recibían con un impecable filo mientras trabajos forzados acompañaban el proceso.

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La sede de la Seguridad Nacional

Una vez instalados en el campamento las ganas de vivir se esfumaron para muchos. El agotamiento constante, exposición a la peligrosa fauna y el clima eran parte del plan de tortura. En el Delta predomina el clima tropical lluvioso por lo que los prisioneros eran sometidos a la asfixiante humedad, altas temperaturas que convertían sus barracas en hornos, constantes crecidas del río que obligaban a los presos a vivir entre barro y agua, los enjambres de zancudos, el paludismo y el aislamiento absoluto. Los verdaderos barrotes de la prisión no eran de hierro, sino de agua, selva y enfermedades, haciendo de cualquier intento de fuga una misión mortal.

El campo de concentración buscaba acabar con la voluntad humana mediante la humillación constante y el terror. Los confinados eran sometidos a jornadas diarias de trabajos forzados, siempre bajo la amenaza y el castigo físico. La incertidumbre sobre su destino, la incomunicación absoluta con el exterior y la convivencia diaria con la agonía ajena generaban un desgaste emocional devastador.

Sin embargo, frente al arduo proceso físico y mental, se mantuvo la chispa de resistencia y solidaridad inquebrantable entre los prisioneros. Los reclusos compartían su sufrimiento y recurrían a la creación artística como refugio, preservando su humanidad a través de la poesía o de melodías compartidas en la penumbra, demostrando que el espíritu de valentía podía resistir incluso en el confinamiento.

En la memoria nacional, los casos de Guillermo Bustamante y José Vicente Abreu son ejemplo de esto, ambos emergen como parte de una resistencia que no se pudo doblegar.

José Vicente Abreu, a través de su testimonio vivo y visceral en Se llamaba SN y el Manifiesto de Guasina, un poemario que denuncia los horrores del régimen. Abreu no sólo padeció la humillación, los trabajos forzados y el paludismo en la isla, sino que asumió la tarea de transformar el sufrimiento individual en una épica colectiva de dignidad que trascendiera en el tiempo.

Por su parte, Guillermo Bustamante encarna la firmeza ideológica y artística inquebrantable del venezolano que prefirió el tormento en Guasina antes que arrodillarse ante los tiranos. Su vivencia en el campo de concentración trasciende la condición de víctima para situarse en la de símbolo de resistencia y paternidad, componiendo melodías de canciones para su hija en las cajitas de cigarros.

“Todo el mundo sabía de esos muertos”

Son muchos los testimonios y tramas entrelazadas entre estos acontecimientos. Los más resaltantes provienen de ciudadanos de presos trasladados desde Caracas, pero se desconoce parte de los relatos orales de la propia población deltana, quienes vivieron aún más cerca de toda la desgracia, las acciones de la Seguridad Nacional y hasta conocieron al joven tucupidense encargado de deshacerse de los cuerpos de los reclusos fallecidos.

En el año 1951 varios documentos mencionan una retención masiva de presos enviados a Guasina. Y no eran exclusivamente capitalinos. El maestro y cronista Cruz José Marín, guarda minuciosamente entre las páginas de su libro publicado: Historia del Territorio Federal Delta Amacuro, una lista de los presos deltanos trasladados el 21 de noviembre de 1951:

“Manuel Narváez, Felipe Lugo, Mateo Rosas, Mateo Intriago, Manuel Lanzarde Mata, Héctor Mata, Pedro Nolasco, Jesús Flores, Ricardo Rivas, Ramón Carrasquero, Jesús Fermín, Decio Fuentes, Pedro Luis Martín Gómez, Pablo Ramón Gutiérrez, José Laturely, Jesús María Marcano, Félix Marín Medrano, Gil Jiménez, Martín Antonio Rangel, Víctor Baudilio Rosales, Dionisio Mata, José Benigno Guilarte, Pedro Estaba, Juan Espinoza, Jesús Mata Cedeño, Wenceslao Ramos, José Félix Santa María y Domingo Rojas, fueron enviados prisioneros a la Isla de Guasina de jurisdicción del Departamento Antonio Díaz de esta Entidad Federal, acusados de conspirar contra el régimen del General Marcos Pérez Jiménez. Este hecho ocurrió cuando era Gobernador del Territorio el Br. Rafael Escobar Lara”.

28 hombres sufrieron las consecuencias de aspirar a la libertad en aquellos tiempos. Entre estos destaca el caso de Martín Antonio Rangel, adeco reconocido, íntimo amigo del expresidente Rómulo Betancurt. Se dice que Rangel participó en un atentado contra el general Pérez Jiménez y pasó casi cuatro años encerrado en Guasina y obtuvo la libertad con la caída de la dictadura. Entre las descripciones de Rangel figura la presencia de animales peligrosos como culebras de agua, arañas venenosas y pirañas en el río que dificultaron el escape.

Pero no todo lo malo estaba en la isla, en Tucupita se evidenciaba la tensión social implícita en el día a día. Matilde Hernández, deltana nacida en 1938, actualmente es una mujer de 88 años. Desde que recuerda vivió en calle Tucupita, lugar céntrico de la capital donde los barcos y curiaras desembarcaban productos y también hombres proveniente de otras zonas. Gran parte de su adolescencia la vivió en dictadura, observó y conoció por su cuenta diferentes casos de actos ilegítimos de la S.N.

“Hubo mucha gente aquí que pasó roncha con ese gobierno, por un problema mínimo esa gente o te metían preso o te mataban para llevarte allá a la boca del caño”, relata Matilde Hernández: “Aquí todo el mundo sabía de esos muertos, que los llevaban en lancha para echarlos en medio del río. Era feo”.

Una historia que recuerda ilustra la situación: “La señora Julia Carrión, mi vecina, tenía un pequeño bar en la calle, una noche su hijo se lo llevaron preso por un malentendido, derecho a Guasina. Recuerdo minutos después Silvia, margariteña al fin, en el patio de su casa gritó fuertemente: Santísima Virgen Del Valle, te ruego que así como se llevaron a mi hijo, así mismo caiga este gobierno. Casi se la llevan a ella también”.

Matilde atesora el recuerdo feliz del regreso a la libertad de Martín Antonio Rangel luego de la caída del régimen.

“Mira, lo veo clarito, venía con un uniforme como beige, descalzo y la barba que le cubría todo el pecho. La gente corría a abrazarlo, gritaban felices. Lo que nunca olvido es la marca que traía en el pie, la marca del ring. Menos mal no se le veían casi la de los peinillazos. Mi tío, Raimundo Mata, fue acusado por un indio de robar cincuenta bolívares y lo castigaron a peinillazos. Y bueno, mi hermano Lino Hernández también, traía sacos de comida de Trinidad y le destrozaron su casa, especialmente los colchones, buscando armas entre los sacos”.

Juan González, historiador deltano, también comparte sus vivencias. Tener una madre que militaba clandestinamente en Acción Democŕatica e informaba secretamente a los grupos de resistencia le obligó a conocer trasfondos de la situación siendo niño. Entre sus intrépidas noches, logró ver en las calles a grupos de jóvenes quemando fotos y cuadros de Pérez, su mamá organizaba noches de bingo para mujeres donde eran requisadas diariamente por hombres de la Seguridad Nacional. Expuso todo esto en su periódico «La Chispa», edición número 95° del veintitrés de enero del 2012.

En mayo del 58, tras la caída del general, se encontraba en construcción el tanque de INOS, una obra que requirió grupos de extranjeros italianos e ingleses pertenecientes a la empresa OFISA. Resulta que para estas fechas acompañó a su hermana Blanca, encargada de venderle comida a los trabajadores, a la casa quinta donde ellos residían, lo que Juan no sabía era que la casona era parte de la sede de la Seguridad Nacional.

“Recuerdo que me dirigí, curioseando como todo niño, a la parte de atrás por el largo pasillo, en ese ínterin de pasos inmediatamente todo el ambiente pasó a ser lúgubre y tétrico; en la esquina de un oscuro cuarto una tremenda escena, pantalones, camisas e interiores llenos de sangre a más no poder. No había pasado mucho desde el 23 de enero, el dolor colectivo permanecía y yo tuve la mala suerte de chocar a tan corta edad con esa realidad”.

Los «paquetes» de Guasina

La historia de Julio Hernández es poco conocida fuera de la región: desde muertos que se dibujan en la puerta de su casa hasta cierta discriminación social por su trabajo y en memorias del pueblo por su condición de supuesto “cómplice” de los hechos. Julio fue conocido por ser el motorista que llevó gran cantidad de cuerpos a Boca Grande, un espacio cerca del pueblito de Barrancas, donde el río solo trae muerte y recuerdos amargos.

El historiador Juan González y la lúcida señora Matilde, conocieron a Julio. Lo describen como un hombre muy amable, a pesar de todo.

“Su tío tenía una bodega en la calle 5 de Julio, Andrés Hernández se llamaba el hombre, yo pasaba muchas noches allí jugando dominó con los muchachos, era el año 1970”, cuenta González: “Julio llegó una noche, venía a buscar unos sacos de cosas viejas para botarlos. En uno de esos momentos, mi amigo Pedro Zambrano le dice: ‘mira Julio, para que recuerdes los paquetes que traías de Guasina’. Quedó pálido. Recogió sus cosas, el saco y se marchó. Todo quedó en silencio. No parecía un mal hombre. Me comentaron que cuando hacía esos trabajos venía amenazado en la lancha por la S.N, le decían constantemente en el viaje ‘no voltees, no voltees’. Todo esto mientras cargaban los cuerpos en la lancha. Pero muchos aseguran que él mismo recogía y botaba a los muertos con sus propias manos”.

“La Roraima” era el nombre de la lancha utilizada por la S.N. Gerónimo Alcazar, historiador y docente del municipio Antonio Díaz asegura que un preso dibujó el vehículo en un cuadro que por última vez fue visto en el bar El Marino, en el pueblo de Barrancas.

Bajo la mirada de sus vecinos, Julio Hernández es recordado como un hombre muy alejado de la convivencia social. Josefina Aura Azócar Córdoba, quien actualmente tiene 89 años de edad y vivía a tres casas de este personaje nos relata sus recuerdos:

“Toda una vida fue chofer de carro, llevaba pasajeros a San Félix, Maturín y Barrancas. Con ese trabajo logró criar a sus hijos y llevó uno a ser médico, ese hijo fue director del hospital de Ciudad Bolívar. Tenía un carro verde oscuro, un Chevrolet. Todos los días del mundo se esmeraba limpiando ese carro. Ese hombre siempre estaba bien acomodado y presentable. Decía la gente de allí que en las madrugadas él era quien se encargaba de llevar a la gente de Guasina a Boca Grande.”

La señora Azócar lo describe como un hombre alto, fornido, moreno y con el rostro notoriamente afectado por el acné.

La caída de la dictadura provocó que se fuera del pueblo por un tiempo. Julio Hernández no fue perseguido, aunque quedó expuesto socialmente. Sin embargo, regresó y como pudo continuó con sus labores de chofer. Se dice que murió a los 55 años de edad, alrededor de los años ochenta. No se sabe con certeza qué ocurrió, pero amaneció muerto al lado de su esposa Francisca Velazquéz. Aún se mantiene en la memoria colectiva la historia del trabajador y lanchero deltano de la Seguridad Nacional, aunque nuchos se abstienen de hablar de él porque de acuerdo a la idiosincrasia del Delta “del que está muerto no se habla, el que está muerto se respeta”.

Como un recordatorio de la superación de los miserables momentos vividos por los presos en Guasina tienen los locales a “La plaza de los mártires”, una pequeña construcción arquitectónica en Sacupana. En medio de la plaza hay una estatua de tres niveles completamente de bronce, de una mujer de rodillas sosteniendo a un hombre yaciente en homenaje a los caídos.

Algunos todavía aseguran que la estatua se trata de una madre amamantando a su hijo preso. Y aunque claro que hubo madres preocupadas por sus hijos, como Micaela quien hizo un largo viaje a Sacupana en busca de su hijo Pedro Manuel Vásquez, lo cierto es que esto es falso.

La confusión nace por la historia conocida entre la comunidad y que comparte por la actual directora de la escuela de Sacupana, Aracelis Figuera: “Son cuentos de los viejitos de uno. Dicen que aquí en la crecida del 52, cuando sacaron a los presos para acá a Sacupana, en su mayoría ellos no tenían nada para comer y entre los presos estaba el marido de una de nuestras mujeres. Ella en ese momento estaba amamantando y no tenía nada para darle a su marido más que su propia leche. Ella lo amamantó, pero en ese momento los descubren y como era esperado ambos terminan siendo asesinados por la Seguridad Nacional”.

¿Por qué volvemos a Guasina?

La historia de Guasina también es testimonio de la inquebrantable valentía del venezolano. Entre los rostros de hombres con largas barbas o en la resistencia a los peinillazos, se esconde la dignidad de este pueblo, del deltano, de las madres, de las familias, de los funcionarios, de los ilustres y de todo buen venezolano. Nunca hemos cedido ante el autoritarismo, la democracia persiste. Entre nosotros el dolor es un motor de resistencia, de nuestra lealtad y sentido de pertenencia que siempre serán más fuertes que cualquier dictadura.

Es necesario reconocer la importancia historiográfica del bello delta del orinoco y de Guasina como parte de la memoria y especialmente del patrimonio nacional. Un museo donde el agua se entremezcla con las lágrimas de emoción de los visitantes, eso merece ser Guasina.

Por otro lado, el Delta Amacuro no puede seguir siendo visto como la periferia olvidada o «inexistente» por la insensata falta de conocimiento de los jóvenes, ese pedacito de tierra es más que el castigo geográfico de Venezuela; su tierra de agua y selva es el repositorio de una de las cicatrices más profundas de nuestra lucha por los derechos humanos. Reivindicar a Guasina hoy en día es un acto de justicia territorial que le devuelve al Delta su lugar protagónico en la historia contemporánea, exigiendo que sus caños dejen de ser recordados como fosas comunes para ser honrados como dignos santuarios de la memoria democrática.

No es necesario pisar la isla para revivir esa agonía. Sin embargo, mirar hacia la isla en el presente es también un ejercicio de advertencia frente a los procesos que peligrosamente amenazan con repetirse. Los dictadores cambian, pero no su instinto de silenciar, aislar y humillar a quienes piensan distinto. Guasina debe resonar como un juramento de unión colectiva basado en la protección de la libertad y la dignidad humana. -Por: Edelys Betania Medina Ferreira

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