“Avatar: Fuego y ceniza”, todavía hay historias en Pandora
James Cameron regresa con una tercera entrega que no busca reinventar el cine, sino recordar la importancia de la saga “Avatar”. Asume riesgos, de algunos sale bien librado y de otros no tanto
“Avatar: Fuego y ceniza” no arriesga demasiado. Comienza exactamente en el mismo punto que “Avatar: El camino del agua”, el tiempo no ha transcurrido y la primera escena parece empalmar directamente con la visión de los mares azules de Pandora que sorprendió tanto hace tres años. Y eso, de alguna forma, no es una buena noticia. Después de todo, si algo ha distinguido a James Cameron es su capacidad para sorprender, cuando no directamente desconcertar, gracias a su inventiva y originalidad.
Desde su apoteósica llegada al cine con “Piraña 2: Los vampiros del mar” (Piranha II: The Spawning) en 1981 y la icónica “The Terminator” (1984), Cameron ha dejado algo claro: está obsesionado con empujar la tecnología a nuevas fronteras. Pero también en una insistencia casi testaruda en contar historias simples a escala gigantesca. Desde robots asesinos hasta romances imposibles en barcos condenados, Cameron ha demostrado que entiende el espectáculo como una experiencia física.
De modo que la saga “Avatar” es la culminación de esa filosofía. No nació como franquicia, sino como una declaración de principios: el cine aún puede asombrar. “Avatar: Fuego y ceniza” intenta honrar esa tradición, aunque lo hace desde un lugar distinto, menos rupturista y más reflexivo, como si el propio Cameron estuviera mirando su legado con una ceja levantada.
A diferencia del impacto sísmico de las películas que le precedieron, esta tercera entrega no llega con la promesa de cambiar las reglas del juego. Y, sin embargo, no se siente pequeña. En especial, porque lo que intenta “Avatar: Fuego y ceniza” es consolidar el mensaje de toda la franquicia: el asombro por la belleza de la naturaleza y la lucha por la pureza.
Cameron no está presentando un nuevo truco; está afinando una maquinaria que ya conoce al milímetro. El resultado es una película que no sorprende tanto por lo que inventa, sino por cómo administra su propio universo. Pandora ya no es una novedad exótica: es un hogar con cicatrices visibles, un espacio donde la épica convive con el desgaste emocional.
Neytiri (Zoe Saldaña) y Jake Sully (Sam Worthington) (20th Century Studios)
Ese cambio de enfoque se nota desde el ritmo. La película se toma su tiempo para observar a los personajes, incluso cuando todo alrededor explota, se incendia o se hunde. Cameron parece menos interesado en el “wow” inmediato y más concentrado en el eco que dejan las pérdidas. Por lo que la película ss una superproducción, pero también una historia que entiende que repetir la fórmula sin variaciones puede ser tan peligroso como traicionar lo que hizo funcionar a la saga. Aquí, el cineasta camina por esa cuerda floja con seguridad, aunque no sin tropiezos.
El duelo como campo debatalla
Tras los acontecimientos de “Avatar: El camino del agua”, la familia Sully no ha encontrado paz. Jake Sully (Sam Worthington) y Neytiri (Zoe Saldaña) siguen procesando la muerte de su hijo Neteyam, pero lo hacen desde lugares opuestos.
Jake responde al dolor con pragmatismo y paranoia estratégica. Sabe que la RDA no ha terminado con Pandora y que el coronel Miles Quaritch (Stephen Lang) sigue siendo una amenaza latente. Su reacción es armarse, prepararse y asumir que la violencia volverá a tocar la puerta. Neytiri, en cambio, se encierra en una rabia más visceral, una desconfianza que no distingue matices, especialmente cuando se trata de humanos.
Esa tensión se filtra en la dinámica familiar. Spider (Jake Champion), el humano criado entre los Na’vi, se convierte en un recordatorio incómodo de todo lo que Neytiri ha perdido y de todo lo que odia. Cameron no convierte este conflicto en un simple enfrentamiento moral; lo muestra como una herida abierta que nadie sabe cómo cerrar.
Mientras tanto, Kiri (Sigourney Weaver) atraviesa una crisis espiritual, sintiendo que su conexión con Eywa se debilita, como si incluso la fe pudiera agotarse tras demasiadas tragedias. Lo’ak (Britain Dalton), por su parte, vive atrapado entre la culpa y el miedo a decepcionar a su padre, cargando con una responsabilidad que no le corresponde del todo.
La amenaza externa no tarda en aparecer. El clan Mangkwan, conocidos como el Pueblo de la Ceniza, irrumpe como una fuerza que no responde a las reglas habituales de Pandora. Liderados por Varang (Oona Chaplin), estos Na’vi han sido moldeados por la destrucción. El fuego no es solo su arma, sino su identidad.
Varang no actúa desde la ambición ni desde la conquista, sino desde la devastación absoluta. Cameron utiliza este personaje para introducir una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando incluso los guardianes de la naturaleza han sido empujados demasiado lejos?
La entrada de Varang reconfigura el tablero. Ya no se trata únicamente de Na’vi contra humanos, sino de una fractura interna que expone las grietas morales del mundo que Cameron ha construido. El conflicto se vuelve más complejo, menos binario, y eso beneficia a la película. Varang no es un villano decorativo; es el espejo oscuro de lo que podría ocurrirle a cualquiera en Pandora si la pérdida se convierte en doctrina. Oona Chaplin entrega una interpretación hipnótica, contenida y feroz, que eleva cada escena en la que aparece.
Espectáculo, repetición yriesgo
Desde el punto de vista técnico y como era de esperarse, “Avatar: Fuego y ceniza” es impecable. Cameron sigue entendiendo el cine como una experiencia sensorial total. El 3D, que muchos daban por muerto, aquí se siente vivo, preciso y necesario. Pandora envuelve al espectador con una inmersión que solo funciona en una sala de cine y que juega en contra en la época de la multipantalla. El diseño sonoro, la escala de los escenarios y la coreografía de las secuencias de acción confirman que Cameron se mueve en una liga propia. No hay ironía en su puesta en escena: hay convicción absoluta.
Sin embargo, también es aquí donde la película empieza a mostrar signos de fatiga. Algunas secuencias son idénticas a “Avatar: El camino del agua”. La estructura de persecuciones, los enfrentamientos con maquinaria humana y la explotación de criaturas de Pandora repiten patrones conocidos. Aunque hay variaciones y nuevos contextos, la sensación de déjà vu aparece.
Cameron es consciente de ello y parece aceptarlo como parte del ADN de la franquicia. La pregunta es cuánto tiempo más podrá estirarse esa lógica sin volverse predecible.
Jake Sully (Sam Worthington) (20th Century Studios)
El guion, escrito junto a Rick Jaffa y Amanda Silver, con aportes de Josh Friedman y Shane Salerno, demuestra una mayor ambición coral. Cada personaje tiene un arco claro, incluso cuando el metraje amenaza con desbordarse. La película logra entrelazar estas historias sin que ninguna se sienta completamente ornamental. Todo conduce a un clímax que no solo busca deslumbrar, sino cerrar ciclos emocionales. No siempre lo consigue con la misma eficacia, pero la intención es evidente y, en gran medida, efectiva.
Uno de los mayores aciertos de “Avatar: Fuego y ceniza” es cómo utiliza la acción como extensión del conflicto emocional. Las batallas no existen solo para impresionar, sino para expresar decisiones, miedos y quiebres internos. Cameron sigue siendo un narrador clásico en ese sentido: cada explosión tiene una razón. Esa coherencia es lo que distingue a esta saga de otros universos inflados sin rumbo claro.
Las actuaciones sostienen gran parte del peso dramático. Zoe Saldaña vuelve a destacar como Neytiri, un personaje que combina furia, dolor y dignidad sin caer en el exceso. Sam Worthington, más cómodo que nunca en el papel de Jake Sully, interpreta a un líder cansado, más reactivo que visionario. Su química sigue siendo uno de los pilares emocionales de la saga. Juntos, ofrecen algunas de las escenas más íntimas y memorables de la película, donde el duelo se verbaliza por fin.
“Avatar: Fuego y ceniza” no redefine el cine ni reinventa su propia franquicia. Lo que hace es demostrar que aún hay historias que contar en Pandora, incluso si el camino empieza a parecer circular. Cameron no parece preocupado por la repetición inmediata, sino por construir un relato a largo plazo. Tal vez el fuego no sorprenda como antes, pero todavía calienta. Y mientras eso ocurra, el espectáculo seguirá valiendo la pena.
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