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Años 90: la década de las nuevas leyendas

Nirvana, Massive Attack, Aphex Twin, Björk y Beastie Boys: ellos hicieron los 5 discos indispensables de los años 90. El siglo XX llegaba a su final, nacieron géneros y se renovaron los héroes musicales

Años 90: la década de las nuevas leyendas

Faltaban apenas diez años para que se acabara el siglo. Había expectativas, delirios con profecías y todo lo que despierta cada cambio de calendario pero esta vez magnificado por el hecho de que es era el adiós al XX y la bienvenida del XXI. Hubo grandes canciones en el rock y el pop en general. Algunas bandas y artistas terminaron de consolidar sus carreras y otras comenzaron a brillar con mucha fuerza. Y los años 90 nos dieron sorpresas: nacieron géneros, surgieron presencias renovadoras, se gestaron leyendas express y hasta el hip hop se permitió pintarse de otros tonos.

 

Nirvana: Nevermind (1991)

años 90

La última década del siglo XX se inicia con un renacer del rock, de cierto tipo de rock. A la gran diversidad musical proveniente de los 80, donde había mucho pop rock pero no mayoritariamente fuerte y contestatario, el péndulo de la historia devuelve al mainstream un cocktail de hard rock y reminiscencias punk con el nombre de grunge.

Esa bebida explosiva tiene su prototipo en el single “Smells Like Teen Spirit”, espoleta de una granada de nombre Nevermind, la que a su vez ocasionó una reacción en cadena de rock alternativo, cliché fundamental para adentrarnos en los sonidos del pop rock de los años subsiguientes.

Es de reconocer que antes de Nirvana hubo grunge, combinación de energía punk con estructura de hard rock, pero, el trío de Seattle creó el empaque a la medida del momento agregando tintes noise y un sombrío pregón fundamentado en conflictos de la cotidianidad urbana norteamericana, logrando así la empatía generacional, la conexión con el público. En tal sentido, el álbum Nevermind de Nirvana se convirtió en la carta de presentación del nuevo rock norteamericano, el de la rebeldía de fin de siglo.

Desde el primer riff del tema de apertura la distorsión de las guitarras no cesa. Temas van y vienen con esa desproporcionada rabia sónica, aunque hay cambios de matices. “In Bloom”, más cercano al hard rock clásico; “Breed”, inclinado a la fuerza punk y metálica, composición que se aleja del acostumbrado estilo “sube y baja” de Nirvana; “Territorial Pissings”, canto antimachista con la fuerte pulsación de David Grohl en la batería, energía que sigue fluyendo en “Stay Away”, dándonos pista del futuro de Grohl (Foo Fighters).

Ese hormigón de hard rock/punk -esquivando tradiciones como los largos solos de guitarra- es el primer grito mediático del grunge en los años 90. El tema “Lithium”, típico sonido “loud-quiet-loud”, esa montaña rusa de fuertes guitarras, gritos y retumbar de batería y luego melodías dowtempo con voces susurrantes. Allí es donde el líder de la banda, Kurt Cobain, esconde su lado pop, su gran contradicción. Un creador de melodías correctamente pop en un entramado ruidosamente rock, de lo cual Nirvana hizo una marca.

Un producto donde priva la temática oscura, depresiva, sin visión de futuro. Encontramos personalidades bipolares, uso y abuso de drogas, fármacos como evasión, violaciones, secuestros, violencia de género, entre otros temas. “Come As You Are” o “Lounge Act” muestran sincronía entre esa opacidad y el sentido postpunk del bajo de Chris Novoselic.

Led Zeppelin aportó la base (ver Indispensables años 70), The Stooges, Sonic Youth, Black Flag contribuyeron con la nueva orientación. Los Pixies dieron los primeros pasos (obligatorio escuchar Something Against You, de 1988) y Nirvana sistematizó, empaquetó y masificó.

Nuevamente aparece la gran contradicción del rock: contracultura versus mercado.

Massive Attack: Blue Lines (1991)

años 90

En la gerencia de una conocida estación de jazz me veían como personaje salido de un capítulo de Star Trek, estamos a comienzos de los años 90, ese subjetivo escaneo era porque en mi espacio radial incluía a un desconocido grupo llamado Massive Attack. Finalmente, cuando uno de los encargados de la programación escucho un tema de Billy Cobham (sagrado baterista de jazz) sampleado en el tema “Safe From Harm” de Massive Attack, se calmaron, supusieron que era una nueva versión de Cobham.

Massive Attack era genuino sonido británico, surgido de los barrios de la ciudad de Bristol. Un colectivo musical donde convivían dj’s, uno que otro MC y una serie de cantantes invitados, y los sobrecogía el espíritu de la música negra y crepuscular con olor a yerba jamaicana. Los gerentes de la radio caraqueña tenían razón, no era jazz, pero tampoco lo evadía.

Los de Bristol daban orden a un original producto de corte electrónico, donde se intentaba atravesar pausadamente las sendas del hip hop, soul, dub, algo de softfunk y jazz, todo en slow motion y maquillado en las mesas de mezclas. A ese soundtrack de las brumosas madrugadas en la urbe británica se le dio el nombre trip hop.

El trip hop tuvo su opera prima en Blue Lines. Visionarios de una variante electrónica llamada jungle, este trío de pinchadiscos (Daddy G., Mushroom y 3D) podían hacer un blues siglo XXI, “One Love”, basado en adminículos electrónicos, con muchos scratches y la voz del veterano cantante antillano Horance Andy.

Asimismo se adentraban en el pastoso y repetitivo formato jamaicano denominado dub, pero en este caso, futurista, usando la enigmática voz de Tricky, quien posteriormente sería solista líder de la movida trip hop. La sampladelia los afectó y se apropiaron de ciertos cortes melódicos y rítmicos de otros artistas, por ejemplo, el ya mencionado Billy Cobham y su muy funky composición “Stratus”, que es llevada a la experiencia de un lento, británico y rapeado soul, “Safe From Harm”.

Blue Lines es pura sensualidad y aunque el concepto provenía de una hechura tipo sound system (en la Venezuela de los 80 la traducción sería miniteca) alejado de la ejecución de instrumentos reales, no perdía sentido de lo orgánico, de lo humano. Los dj’s/productores sabían lo que hacían, una especie de soul electrónico con mucho corazón. Escuchen “Unfinished Sympathy” con la penetrante voz de la británica Shara Nelson, o el ataque retro del órgano hammond en el tema que da nombre al álbum.

Daydreaming”, hipnótica y hiphopeante, la letra lo dice todo:

Floto en el aire cuando sueño despierto
De pie en mi espacio observo en silencio

El trip hop, término aplicado originalmente a un tipo de hip hop instrumental, conceptual, que luego pasó a convertirse en sello de la nueva música de Bristol, se hizo universal con Massive Attack, proyecto que cohabitó con colegas y competencia (Portishead, Morcheeba, Attica Blues) pero siempre fueron los aventajados. De sus filas saldrían productores para artistas como U2, Peter Gabriel, Soul II Soul, Madonna, Bjork, etcétera. Su ADN sobrevive en proyectos como Gorillaz o Little Dragon.

Aphex Twin: Selected Ambient Works 85-92 (1992)

Si los 80 fueron para la expansión del hip hop, los años 90 sirvieron de escenario a la renovada música electrónica. Tiempos de dj’s, de experimentar electrónica mancomunada con pop y rock, de engendros orgánicos entre instrumentos convencionales y artilugios sintéticos. Los artistas dejan de llamarse por su nombre de pila y nacen los alias. Del mismo modo principia un proceso de democratización en la música, tanto en su consumo como en su elaboración: todos podemos hacer música, todos somos “no músicos”. Un nuevo big bang se despliega ante nuestros ojos, más bien, oídos. Irrumpe una forastera nomenclatura: house, tecno, ambient, breakbeat, electro y un largo etcétera.

Richard D. James, aka Aphex Twin, es figura imprescindible en el inédito vocabulario. Muchos entendidos lo etiquetaron de “Mozart del techno” o el “Brian Eno de los 90”. Padre primerizo de una criatura bautizada como techno inteligente, híbrido que permitía bailar y pensar, disfrutar del dance floor y darle alimento a la mente.

Aphex Twin crea un ampuloso álbum (en contenido y extensión, 80 minutos), Selected Ambient Works 85-92, también conocido como SAW, que mediante un formato casero y artesanal, innova unas poderosas líneas de bajo, diseña sonidos sintetizados como de otro mundo y atmósferas hipnóticas de palpable abstraccionismo electrónico.

Este dj/productor/no músico, siendo casi un púber, crea una producción que, aunque no seas seguidor y/o un conocedor del firmamento electrónico, te atrapa y hechiza. Sin prejuicios, SAW invade los subgéneros sintéticos, entregando una magnifica descripción de ese territorio, la cual vamos digiriendo poco a poco, casi sin darnos cuenta, pasando de un track a otro track.

Podemos escoger por segmentos o dejar girar el disco completo. Si buscamos “bailar inteligentemente” están “Pulsewidth”, “Green Calx”, “Ptolemy” y “Delphium”, cuatro temas que nos van guiando por ambientes techno cohabitados por el acid house, house de Detroit y algo de electro.

Si queremos intensidad “Schottkey 7th Path” y “Hedphelym” son los surcos digitales indicados, guiños a lo industrial, ruidismo con cierta atadura a Orchestral Manoeuvres in the Dark, vetustos bajos. Si se trata más bien de relajarnos y meditar, “Ageispolis” o “I”, el primero nos lleva a una vía chill out y el segundo es abiertamente ambient.

Para mí, la esencia y casi síntesis del concepto de SAW puede estar en los sonidos de tres temas, “Heliosphan”, breakbeat con doble vertiente: synth pop y proto jungle; “We Are The Music Makers”, hip hop transitando Bristol; “Actium”, la especialidad de Aphex Twin, techno/ambient hipnótico.

Quedan cosas por fuera, dub, pop y hasta cierto acercamiento al Caribe por carambola. Me refiero al uso de polirítmia sintética, el tema “Tha”, unos entretejidos beats que si los escucha un reguetonero no los desperdiciaría. No me vean con desprecio los radicales sónicos, que hasta el maestro Javier Blánquez, autor del excelente libro Loops 2, se refiere al reguetón como una forma de la electrónica contemporánea.

Aphex Tiwn y su Selected Ambient Works es cardinal para la música de los años 90 e indispensable para la historia de la música electrónica.

Björk: Debut (1993)

años 90

Infinitas líneas podríamos dedicar a Debut, salto cualitativo en la carrera de la artista islandesa Björk Guðmundsdóttir. Sus once originales temas son caleidoscopio sonoro del momento que vivía la industria de la música: trip hop, música exótica de lejanos parajes, jazz buscando su origen acústico, house, ingeniosos sampleos (el de Antonio Carlos Jobim ,“Go Down Dying”, es una exquisitez), acid jazz, captar el aquí y ahora de un club de baile, ambient vocal, boceto de dream pop y muchos otros colores que aparecen en esta paleta.

Ahora, el foco no va por allí: dos elementos medulares destaco de este indispensable disco -posiblemente uno de los que más he escuchado en mi vida, compitiendo con mi amado Kind Of Blue, de Miles Davis-, el primero, Debut propicia el descubrir una voz nueva, poderosa, hermosamente dramática, al tiempo que juguetona.

Registro de soprano tiene Björk, cantos y gritos llegan a niveles muy elevados. Y ella sabe cómo administrarlos, nos puede hacer reír o llorar. Alex Ross, uno de mis analistas musicales preferidos- ineludible leer su tratado de música contemporánea El ruido eterno-, plantea que Björk parte de conservatorios, se nutre de lo clásico, asimila a Stockhausen y lo multiétnico, rematando con que puede igualar a María Callas. Debut es voz, utilizada de manera no convencional, disruptiva, desafiante. Una voz histriónica que reta al mercado, que dentro de los parámetros del mainstream no debió ser exitosa y lo fue.

El segundo elemento a destacar: Björk desde su juventud en Islandia venía vampirizando todo tipo de música, del folk nativo al jazz, pasando por lo académico y el rock, hasta que decide mimetizarse con la novel electrónica que tenía vida en Londres. Entonces, Debut asume piel pop con esqueleto electrónico. Intachable equilibro entre vanguardismo de los años 90 con un pop iconoclasta que allanará la llegada, años después, de figuras como Lana del Rey o Billie Eilish.

Debut puede ser un buen comienzo para conocer el universo Björk, artista única, avant garde hecho pop.

Beastie Boys: Ill Communication (1994)

La consagración de un formato, eso fue, entre otras cosas Ill Communication. Inspirados en fuentes hip hop como Public Enemy (ver Indispensables años 80) y Rum-DMC, hardcore punk al modo Bad Brian y el uso exuberante de samplers, los Beastie Boys estabilizaban una manera de hacer las cosas y pasaban a la historia de la música, como bien lo demostró su caminar por la alfombra roja al entrar al Salón de la Fama del Rock en 2012.

Un triunvirato que nace en New York -Michael Diamond (Mike D), Adam Horovitz (Ad-Rock) y Adam Yauch (MCA)- luego de una década de acción callejera y puestas en escena, nos entrega una elaborada narración visual y sonora con el single “Sabotaje” (1994), punta de lanza de Ill Communication. Un fogonazo fulminante al corazón de la cadena MTV que se reprodujo en todas partes del mundo. Una canción que literalmente empujaba al receptor a expresar arrebatos de energía.

A unas arrolladoras cuerdas rockeras le sigue una voz de actitud punk rapeando, un sonido con profundidad orgánica es sacudido por una metralla de scratchs, mientras la batería no para de golpearte la cabeza. Los géneros que influenciaron a los Beastie están allí, todos dentro de un videoclip que nos transportan a los años 70. Este tema que puso a las tribus del rock, hip hop y los snobs alternativos en un mismo canal, fue el principal anzuelo para que el público se sumergiera en Ill Comunication.

Abordamos un extraño tour con unos jóvenes blancos de linaje judío que nos llevan por la ruta de la música afroamericana. Paradas de soul en “Ricky’s Theme”, “Transitions” y el heavy funk que nos recuerda el futuro: The Black Keys; esquinas jazzy, latinas y funky con la emblemática “Sabrosa”, composición que nos proyecta el sonido de la agrupación War; por supuesto, hip hop en diversas vertientes, vieja escuela, orgánico, incluyendo el alternativo estilo Digable Planets en “Get It Together”.

Memorable es el uso de sampleos, dos en particular rescatamos: “Flute Loop” con la apropiación de “Flute Thing” de Al Kooper en su etapa Blues Project y “Root Dow” tomada de “Root Dow (And Get It)”, original de Jimmi Smith.

En el girar del cd hallamos capítulos hardcore rememorando el pasado punk de los Beastie Boys, al igual que situaciones étnicas como “Eugene´s Lament” y “Shambala”, está ultima un híbrido de cantos tibetanos con atmósferas a lo Carlos Santana de fondo. Los Beastie Boys regresan a sus instrumentos primerizos (bajo, batería y guitarra) y suman fuerzas con otros excelentes instrumentistas, por ejemplo Eric Bobo (percusión) y Money Mark (teclados) haciendo una propuesta de hip hop somático.

Los chicos bestias de New York fueron finalmente aceptados por la cultura afrodescendiente, el aporte blanco al hip hop negro, con el debido respeto a Eminen.

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