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Famasloop desde el backstage

Un cronista se coló en las intimidades de un concierto. Con sus ojos y bolígrafos registró lo que nadie ve en el escenario: los nervios, los ensayos, las quejas e incluso las caras tristes cuando los imperfectos incordian al espectáculo

Famasloop desde el backstage

El telón seguía cerrado cuando, saliendo detrás de una corneta, Iván Matta caminó hacia el centro del escenario. La expectación sacudió la modorra de la larga espera. Luego de jugar con la luz que lo seguía y de unas breves palabras, pronunció la que echaría a andar el pesado telón: Famasloop.

Eran casi las nueve. La noche apenas comenzaba.

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Ese momento, que colmaba de ansiedad a uno y otro lado del telón, arrancó doce horas antes, con los preparativos para el concierto “Un show de Navidad políticamente correcto” que daría, en el teatro del Centro Cultural Chacao, junto a Los Mesoneros, esta banda que ya tiene diez años rodando. Desde temprano, el escenario parecía un montaje experimental en el que una veintena de personas se cruzaban, llamaban a voces, o se esquivaban, afanados en poner todo a punto.

A eso de las tres comenzaron las pruebas de sonido. Los miembros de Famasloop interpretaban fragmentos del repertorio de esa noche mientras, a su alrededor, un grupo de técnicos revisaba equipos, fijaba cables al piso o hacía ajustes a las luces. Al fondo sonaba una voz que, tras una consola, intentaba traducir las peticiones de los músicos. El ambiente era enérgico aunque relajado. Las siete de la noche lucían lejos, pero una boletería totalmente vendida haría presencia a esa hora para recibir eso que estuvieron esperando durante días.

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Sobre las cinco y media, dos hombres vestidos de militares, sentados en las butacas rojas del teatro, escuchaban las pruebas de sonido de Los Mesoneros. Afuera, en el café, conversaban algunos de los miembros de Famasloop. Vanesa Gouveia, la chica de la banda, confesó que hicieron un solo ensayo general, pero que se sentía tranquila. «A veces uno siente duendecitos por ahí —comenta haciendo con los dedos las veces de pequeños seres deambulando en torno—, pero hoy no», completó con una sonrisa satisfecha.

Famasloop en escena proyecta que saben hacer lo que hacen, y que se divierten haciéndolo. «Es súper fino que una banda que te gusta y admiras te invite a tocar», señaló con entusiasmo Carlos Más, el joven músico que compartirá tarima por primera vez con el grupo. El público comenzaba a tomar el lugar, dando marco a sus palabras.

Una hora después todos los involucrados en el show estaban en el camerino cinco para la reunión técnica. Músicos, invitados, bailarines, técnicos y personal de apoyo atendían las indicaciones de Alaín Gómez quien, guion en mano, verificaba las pautas. Matilde Van Der Biest, manager de la banda, repasaba responsabilidades.

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Se acercaba la hora. Desde el backstage ambas bandas departían con el presentador, que fue llamado para anunciar a Los Mesoneros. “Pártanla, muchachos”, les dijo Alaín y, con palmadas de apoyo aquellos salieron al encuentro con el público. Después de escuchar el recibimiento que les dieron, cada quien volvió a lo suyo: los bailarines a calentar, los invitados al camerino uno y la banda a alistarse para su toque.

Hasta el camerino cinco, un piso más abajo, llega la música y la respuesta entusiasta del público. Un sonido sin forma pero con presencia que ulula, grita y corea, recordando que son la razón de ese duro día de trabajo. En el pasillo, Ricardo Martínez conversa con alguien. Adentro, con la sonrisa complacida de una niña que saldrá a pasear, Vanessa se deja peinar. Luego, ella misma maquilló a los otros miembros de la banda. Ya tienen puesto el vestuario que estrenarán esa noche.

Y si las horas del día parecían líquidas, los minutos previos a subir a tarima se hacían espesos. En tanto se incrementaba la temperatura desde las butacas, Alaín se aislaba, concentrado en sus ejercicios de respiración y en practicar sus movimientos. Como un actor a punto de salir a escena.

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De pronto, por la puerta se asoma Carlos Sánchez con su impecable traje militar. Pregunta si se podrá conseguir un cambur. Alaín, viendo las cartucheras que guindan a sus costados, agarra la idea en el aire y exclama: “¡Arrechísimo, verdad que sí! ¡O dos!”.

O dos, secunda Carlos.

Entonces intentan ubicar a María José Vivas, del equipo de producción, para ver si se podían conseguir. Tras infructuosas diligencias renunciaron a la idea. Eran cerca de las ocho de la noche. Al cabo de un rato, sin pistolas frutales a sus costados, Carlos se asomó al camerino de sus acompañantes. «Esta pieza que está sonando, tres más, y salimos», les dijo.

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Cayó el telón. Había unos diez minutos para recoger los equipos e instrumentos de Los Mesoneros y montar los de Famasloop. Cada quien atendía su trabajo pero, como en el beisbol, todos estaban pendiente, en todo momento, de lo que estaba pasando. Del otro lado estaba un público que disfrutó un show y esperaba por el otro.

Iván salió al escenario, conversó un poco con el público y jugó con la luz que lo perseguía para, finalmente, anunciar a la banda. Cuando se abrió el telón aparecieron unos hombres vestidos de militar. Son los que grabaron el video del sencillo “No pasa nada”, cuyo videoclip estrenaron tan recientemente que, aunque la recibieron con entusiasmo, no todos desde la masa se la sabían.

Se volvió a cerrar el telón para que, ahora sí, Famasloop se montara. Adentro hay una enorme actividad que no ve quien sólo tiene al frente una pesada cortina.

Finalmente salieron a escena.

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Muchas de las canciones estuvieron acompañadas por videos proyectados en las pantallas que enmarcaban el escenario. Arrancaron con una versión de “Al revés”, que el público coreó de inmediato mientras veía su videoclip de fondo. Luego le siguieron “Luciérnaga” y “Más cerquita”, ambas de La quema. Durante esas tres primeras piezas aparecieron los temidos duendes en forma de desperfectos de sonido, que llegaron a un punto álgido cuando el micrófono de Alaín no respondió durante “Más cerquita”, a lo que Ricardo Martínez, señalándole el suyo, se hizo a un lado mientras tocaba para que aquel pudiera terminar de cantarla.

Aunque los acoplados coros de Vanesa compensaron el asunto, desde el backstage se notaba que Alain no terminaba de entrar en el cuerpo del carismático músico que levanta al público con su presencia escénica. Pero luego de interactuar un rato con ellos, comenzó a sonar la nominada al Grammy Latino de este año como mejor Canción Alternativa: «Allí estás», y la magia se asomó al Teatro.

Con “Vaca lechera” y “Vaca indefinida”, pegadas una de la otra, se desplegó la fuerza escénica y el peso con el que puede sonar esta banda. Luis Daniel González y el invitado, Carlos Más, se sumaron al histrionismo de Gómez para ofrecer eso que la gente fue a buscar.

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La temperatura ya estaba en un nivel bastante alto, pero todavía el público permanecía sentado en sus butacas. Los primeros acordes de “Terrenal” fueron la excusa perfecta para que Alaín los invitara a ponerse de pie. Parece que esperaban esa señal, porque no volvieron a sus asientos el resto del show. Las luces estroboscópicas fueron vitales para terminar de crear la atmósfera. Con “Por estas calles”, con sus respectivas actualizaciones de letra que incendiaron al público, ya el teatro era una fiesta en la que Alaín bajó y bailó merengue con algunas asistentes.

Fue el momento para que los bailarines, Cheo Colmenares, “Cyborg” Sánchez y “El Maestro” Elberth Tobías, ofrecieran una notable exhibición de uno de los aportes criollos a la escena mundial: el Tuki.

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Famasloop tiene un claro sentido de la puesta en escena. Con «Choro dance» ya el teatro estaba en su punto. El cabello de Vanesa no mostraba vestigios de su cuidadoso peinado. Los músicos eran un todo compacto y armónico. Esa presencia escénica y esa sonoridad capaz de desplegarse con la precisión del original, pero contagiadas del furor del público, hace que sus seguidores sean tan fieles a sus presentaciones.

Ese punto de euforia fue el marco propicio para interpretar su Cover de “Luna de Margarita”, del gran Simón Díaz. Para ello llamaron a Eddie Cordero —violín— y a Edgar Romero —maracas—, de la banda militar de «No pasa nada», así como a Luis Jiménez, vocalista de Los Mesoneros.

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En medio de los aplausos y del ambiente de gratitud para con el tío Simón, comenzaron los acordes de “Uno y el universo”, con la cual cerrarían el toque, con su respectivo rito de comunión con el público, a través de un Alaín bajando a agradecer a los asistentes, mientras los demás expresaban ese sentimiento con sus instrumentos y voces.

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Cerrado el telón, las caras de los músicos denotaban cierta contrariedad. No se perdonaban los contratiempos de las primeras piezas. Camino al backstage, Vanessa mostraba una sonrisa apenada. “¿De qué hablas?, la gente estaba eufórica”, le dije cuando se quejó del asunto. Agradeció el comentario con una sonrisa que no dejaba de tener su toque tristón, y bajó al camerino. Las doce horas de trabajo se reflejaban en su rostro.

Del otro lado, el público comenzaba a abandonar la sala. De este, los técnicos invadieron la tarima para desmontar todo en el mínimo tiempo posible. Normas internas del sindicato del teatro exigen que a las diez de la noche, hora en que recién terminaba el show, la sala esté desalojada.

“Los muchachos nunca quedan conformes”, responde María José a mi comentario acerca del ánimo que acababa de percibir. Fue un espectáculo ambicioso y arriesgado, cuyo tropiezo inicial supieron sortear con talento. Obsequiar al público una versión de carne y hueso del video clip de “No pasa nada” exigió una logística muy ardua. Esa inconformidad es muestra de su commitment. Es su oficio y siempre quieren dar más.

Afuera sonaba Blur. La gente seguía de fiesta. Hablaban del concierto. Que fue corto, decían algunos, “pero igual estuvo brutal”. En el camerino cinco, Vanesa y Ricardo cenaban hamburguesa. Arriba, Luis Daniel desmontaba y guardaba sus teclados. Lo mismo hacía Tomás Mena —sustituto de Rafael Urbina, quien se radicó en Estados Unidos— con su batería. Alain escuchaba las explicaciones del director de tarima sobre los contratiempos quien, con unas pilas en la mano, le decía: “Son nuevas y no duran nada, pero es lo que se consigue”, con una mezcla de disculpa con resignación frente a eso que se conoce como “situación-país”.

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Pero no había tiempo para lamentos. Esa rutina que se inició a las nueve de la mañana de ese jueves se repetiría al día siguiente, en Puerto La Cruz. En las redes sociales, el público de esa ciudad ya saboreaba el Cucú Pop que disfrutaría.